Disclaimer: "La insoportable ansia de victoria" es una cita de Hitler. Cualquiera que lea este blog (sí, vosotros tres), debería conocerme para saber que, el hecho de adoptar un elemento concreto de una filosofía, religión o creencia política no me convierte en fanático y adscribiente de todos y cada uno de sus preceptos. Por favor, no caigamos en el Secundum Quid (grande el decalogo de la lógica).
Ok, superado el disclaimer y a raiz de mi último artículo, voy a escribir sobre una cuestión que me viene inquietando ultimamente. Es algo que nos ha pasado a todos en la vida y que, seguro, nos seguirá pasando y es la pregunta siguiente.
¿ Cuando hay que soltar ?
Seguro que, en algún momento, habéis estado estudiando algo... trabajando en algo... en una relación... viviendo en algún sitio... y habéis pensado, ¨Ok, ahora estoy fatal, pero si sigo un poco más, mejorará". Y no mejora. Y seguís. Y no mejora. Llega un momento en que no está casi obligado a preguntarse, ¿merece la pena? ¿estoy sacrificando mi felicidad presente por una posible felicidad futura?
Yo siempre he sido muy testarudo. Me cuesta comprometerme a algo, pero una vez lo hago es muy difícil hacerme cambiar de opinión. Y con el tiempo, estoy dandome cuenta de que esto puede ser más un defecto que una virtud, o quizás es que con la edad la percepción del éxito varía.
Me explico. En otros momentos de mi vida he soportado mucho sufrimiento, soledad y esfuerzo porque luego merecía la pena. Y efectivamente, lo ha hecho. Gracías a mi abnegación y compromiso he conseguido cosas que, honestamente, no podría haberlo hecho de otra manera. No soy un deportista, pero conseguí superar mis pruebas físicas. No soy brillante, pero he estudiado y superado examenes. Hay buena parte del éxito de mi vida que se basa, principalmente, en que una vez muerdo algo no lo suelto. Esa es mi ¨insoportable ansia de victoria¨. Si algo merece la pena de verdad, entonces merece la pena a tope y no vale andarse con excusitas como que tengo una pierna rota o algo así. (Ok ok, bajate una Juana de Arco).
Pero efectivamente, llega un momento en el que uno entiende que está haciendo el idiota. El caso de Charlie, en mi anterior artículo, es un buen ejemplo de ello. Si uno está invirtiendo en una empresa que no da beneficios, llega un momento en que deja de ser una inversión y empieza a ser simplemente un gasto. Y ese es el momento de dar un paso atrás y plantearse si merece la pena.
Ahora viene la parte de registro personal, para que dentro de X meses o años yo lea esto y diga ¨mi má, como estabas macho¨. Os la podéis saltar si queréis.
Yo llegué a Reino Unido con la idea de ponerme en forma y estudiar. Pensé trabajar con menos estrés, soportar algunas cosas y reconstruir mi vida. Las relaciones sociales era algo que iría saliendo, sin mucha presión, una vez me hubiera asentado en el trabajo y en la vida. Por supuesto, pensaba viajar, seguir con mis hobbies y mi vida de pareja. Y, como he hecho toda mi vida, pensé que a base de buena voluntad, esfuerzo y actitud las cosas irían saliendo bien.
Spoiler alert: no fue así.
Hay cosas que no dependen de uno. En la piramide de Marslow, los primeros elementos están directamente implicados en la supervivencia. O como dijera yo en aquella conferencia, comer, dormir y que te dejen un poquito en paz. Dado que ese escenario no ha sido así, ha habido que ir reduciendo cosas de la lista de objetivos. Quitamos los planes a medio plazo. Quitamos el objetivo deportivo. Quitamos el estudio. Nos planteamos los hobbies, como equilibrio al trabajo y a las obligaciones familiares y de pareja. Los hobbies no funcionan, pero insisto. Insisto. Saldrá algo, se tiene que poder. Otra mudanza. Otro reinicio. Otra inestabilidad, otro volver a empezar. Y finalmente, tal y como me pasó anteriormente, me veo obligado a soltar. Igual que he tenido que renunciar a intentar tener algún control sobre mi agenda, igual que aprendí en el trabajo a esforzarme y dar lo mejor de mí simplemente para no enfermarme (o para que la enfermedad no se vuelva crítica), he tenido que reestructurar mi vida familiar y personal en estos terminos. El 2025 acabó y, me di cuenta, de que mi objetivo para 2026 es no morirme ni acabar divorciado. Y que eso, que para muchísima gente se da por hecho, yo tengo que esforzarme muchísimo para conseguirlo.
A veces, no se pelea para ganar. A veces se pelea para no perder, o para perder despacito, poco a poco. Como decía Pedro el otro día, vivir para recuperarse. Porque recuperarse para vivir, eso no funciona cuando los requisitos para recuperarse están a meses y años vista. Hay que vivir ahora. ¿ Mañana ? Quizás llegará. Quizás no. Si hoy tenemos suerte y hay un día bueno, lo celebramos. Si no, pues otra vez será. Y así, día a día, tachando días del calendario. Esto es como la escuela, hay que pasarlo y que deje las menos secuelas posibles.
Cuidaros. Hace mucho frío ahí fuera.
lunes, 9 de marzo de 2026
La amistad busca reciprocidad
Hace muchísimo tiempo me tocó dar una conferencia sobre esta frase. Es algo en lo que nunca había pensado demasiado, pero al tener que prepararla, en cierto sentido, se convirtió en uno de los lemas de mi vida. Quién me iba a decir que, diez años después, me iba a volver para morder en el culo.
Decimos que la amistad busca reciprocidad, y eso implica que la amistad solo se puede dar entre iguales. En una peli que vi este fin de semana, decían que los reyes no tienen amigos; solo subditos o enemigos. Y eso es así, porque para poder tener amigos el rey tiene que estar en las mismas condiciones que la otra persona y eso es imposible. El grado de confianza, de intimidad, que exige una amistad implica que uno tiene que tener capacidad de hablar libremente sin temer las consecuencias y sentirse escuchado. Ese es el mínimo. A partir de ahí, pues lo importante no es tanto la equidad como la reciprocidad. No que demos y recibamos lo mismo, sino que sintamos que existe correspondencia. Hay amistades, sumamente fuertes, en las cuales el desequilibrio de poder interno es enorme, pero eso no es un problema siempre y cuando ambas personas se sientan comodas dentro de la relación. Por ejemplo, cuando yo era amigo de Charlie la relación era totalmente unidireccional, pero yo estaba muy cómodo porque sentía que me compensaba. Creo que esa frase, ¨me compensa¨, es la clave de una amistad. Cuando deja de merecer la pena, entonces se acaba.
Me ha costado mucho tiempo entender esto. Yo siempre he partido de la base de que, la mejor forma de recibir, es dar. Uno establece una dinámica buena, cómoda, en la que la otra persona puede ser ella misma mediante una combinación de bajas expectativas, alta atención y empatía. Basicamente, yo he hecho amigos con facilidad porque me gusta escuchar (no lo finjo, realmente me gusta), no espero casi nada de la gente y me considero una persona bastante agradable. Pero a veces no depende de uno. Y hay gente que, por su carácter o su forma de ser, solo van a recibir. Hace tiempo leí que hay gente que son como unas gigantescas fauces; todo lo que el mundo tiene es para que ellos lo consuman, y ni se les ocurre tener que devolver algo. Y, de igual forma que me pasó con Charlie en su momento, uno tiene que aceptar esta situación y actuar en consecuencia. Porque si no, el desequilibrio y la falta de reciprocidad va a dar pie a la frustración y de ahí no puede salir nada bueno.
Y por cierto, a continuación voy a escribir algo sobre eso.
Decimos que la amistad busca reciprocidad, y eso implica que la amistad solo se puede dar entre iguales. En una peli que vi este fin de semana, decían que los reyes no tienen amigos; solo subditos o enemigos. Y eso es así, porque para poder tener amigos el rey tiene que estar en las mismas condiciones que la otra persona y eso es imposible. El grado de confianza, de intimidad, que exige una amistad implica que uno tiene que tener capacidad de hablar libremente sin temer las consecuencias y sentirse escuchado. Ese es el mínimo. A partir de ahí, pues lo importante no es tanto la equidad como la reciprocidad. No que demos y recibamos lo mismo, sino que sintamos que existe correspondencia. Hay amistades, sumamente fuertes, en las cuales el desequilibrio de poder interno es enorme, pero eso no es un problema siempre y cuando ambas personas se sientan comodas dentro de la relación. Por ejemplo, cuando yo era amigo de Charlie la relación era totalmente unidireccional, pero yo estaba muy cómodo porque sentía que me compensaba. Creo que esa frase, ¨me compensa¨, es la clave de una amistad. Cuando deja de merecer la pena, entonces se acaba.
Me ha costado mucho tiempo entender esto. Yo siempre he partido de la base de que, la mejor forma de recibir, es dar. Uno establece una dinámica buena, cómoda, en la que la otra persona puede ser ella misma mediante una combinación de bajas expectativas, alta atención y empatía. Basicamente, yo he hecho amigos con facilidad porque me gusta escuchar (no lo finjo, realmente me gusta), no espero casi nada de la gente y me considero una persona bastante agradable. Pero a veces no depende de uno. Y hay gente que, por su carácter o su forma de ser, solo van a recibir. Hace tiempo leí que hay gente que son como unas gigantescas fauces; todo lo que el mundo tiene es para que ellos lo consuman, y ni se les ocurre tener que devolver algo. Y, de igual forma que me pasó con Charlie en su momento, uno tiene que aceptar esta situación y actuar en consecuencia. Porque si no, el desequilibrio y la falta de reciprocidad va a dar pie a la frustración y de ahí no puede salir nada bueno.
Y por cierto, a continuación voy a escribir algo sobre eso.
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