Hoy estoy en otra fase de mi reinicio. Ya pasé mi periodo de noches, después la carrerilla de "tengo qeu hacer cosas y aprovechar lo que compré hace tres semanas y hasta ahora no he podido disfrutar", y hoy ya, por fin, parece que paro. De hecho, hoy espero dormir. Aunque, ¿quién sabe? Hace más de diez días que no duermo más de cinco horas, está siendo otro mes de dormir cuatro-cinco días con suerte. Me queda un año y pico así, veremos si soy capaz de resistirlo.
El caso es que, en plena ola de calor, me doy cuenta de que para poder reiniciar mentalmente necesito jugar. Igual que otra gente necesita hacer deporte, comer algo, irse al jardín o tocar hierba, yo necesito jugar a algo. Cambiarme de ropa. Hacer una serie de rituales que le expliquen a mi cabeza y a mi cuerpo que, no, ya no estoy en el trabajo. He salido. Aunque cada vez me cuesta más.
Y eso es natural. Donde estoy no hay nada. Lo decía mi parienta ayer, que me fuera a España porque aquí "no hay nada que hacer". Y suena muy triste, pero en cierto sentido es verdad. Colecciono y pinto cientos de muñequitos para... para distraerme y pensar que no estoy donde estoy, que no hago lo que hago.
Necesito otra cosa. Necesito algo que haga que merezca la pena, algo que esperar con ganas. Esperemos que, si Dios quiere, en otoño la cosa se normalice un poco y podamos tener algo de tregua y de control sobre mi vida. Porque insisto, es uan carrera de fondo. Hay que llegar.
Cronicas de un hobbit ario
miércoles, 24 de junio de 2026
Una sociedad se construye sobre valores
Últimamente me está apareciendo mucho en redes sociales discursos y entrevistas de Lee Kuan Yew. Para los que no lo conozcan, fue el "dictador" de Singapur durante 30 años, y su ideología política, en palabras de Drukpa Kunley (una cuenta de Twitter), sería algo así como sentido común y una clara visión. Si no recuerdo mal, era algo así como "basically nice", un sistema político en el cual los delincuentes van a la carcel, la gente paga impuestos pero sin volverse loco y el Estado arbitra.
Hoy veía una entrevista en el cual hablaba de como no cree en la democracia, porque le parece que es algo que surge de una serie de factores muy especiales, y que no cree que pueda repetirse facilmente. También habla de como, después de la segunda guerra mundial, Londres es una ciudad destruida pero orgullosa, llena de gente segura de si misma y educada. Y como, cuarenta años después, Londres es un lugar multicultural, multietnico, donde nadie confía en nadie y donde todo está sucio y oscuro. También decía, sobre Japón, que el no traer inmigrantes los condena a envejecer. Pero si los emigrantes que trae son los que recogen fruta, entonces tampoco es mucho progreso. Lo decía medio riendose, pero parece que el tiempo le ha dado la razón.
A lo que iba. Que el hombre enunciaba el cambio en Londres por la desaparición de valores y de uniformidad cultural. Y alguien me dirá, que eso es una tonteria romantica. Pero no lo creo. Los valores son el lenguaje no escrito de una sociedad, son los codigos en torno a los que se construyen el siguiente escalón. Existe una ley que dice que el parricidio es horrible, pero esa ley existe porque hay una cultura que aborrece ese crimen. Lo primero, el fundamente de una sociedad, es como nos entendemos entre nosotros. En nuestras casas y en nuestras familias. Y eso es lo que, posteriormente, llevamos a la calle.
Creo que, en el momento en que dejamos de hablar en casa y dejamos de enseñar y compartir, eso se transmite afuera. Y la soledad en la que vivimos afuera, el egoismo, la tristeza... viene de que, adentro, no hablamos. Hemos dejado de compartir cenas, de mirarnos los unos a los otros, de estar juntos. Y al desaparecer esa convivencia han desaparecido los valores y, al desaparecer los valores, deja de tener sentido existir. No tenemos confianza en nosotros mismos ni vemos al futuro... porque hemos dejado de mirar al presente.
Hoy veía una entrevista en el cual hablaba de como no cree en la democracia, porque le parece que es algo que surge de una serie de factores muy especiales, y que no cree que pueda repetirse facilmente. También habla de como, después de la segunda guerra mundial, Londres es una ciudad destruida pero orgullosa, llena de gente segura de si misma y educada. Y como, cuarenta años después, Londres es un lugar multicultural, multietnico, donde nadie confía en nadie y donde todo está sucio y oscuro. También decía, sobre Japón, que el no traer inmigrantes los condena a envejecer. Pero si los emigrantes que trae son los que recogen fruta, entonces tampoco es mucho progreso. Lo decía medio riendose, pero parece que el tiempo le ha dado la razón.
A lo que iba. Que el hombre enunciaba el cambio en Londres por la desaparición de valores y de uniformidad cultural. Y alguien me dirá, que eso es una tonteria romantica. Pero no lo creo. Los valores son el lenguaje no escrito de una sociedad, son los codigos en torno a los que se construyen el siguiente escalón. Existe una ley que dice que el parricidio es horrible, pero esa ley existe porque hay una cultura que aborrece ese crimen. Lo primero, el fundamente de una sociedad, es como nos entendemos entre nosotros. En nuestras casas y en nuestras familias. Y eso es lo que, posteriormente, llevamos a la calle.
Creo que, en el momento en que dejamos de hablar en casa y dejamos de enseñar y compartir, eso se transmite afuera. Y la soledad en la que vivimos afuera, el egoismo, la tristeza... viene de que, adentro, no hablamos. Hemos dejado de compartir cenas, de mirarnos los unos a los otros, de estar juntos. Y al desaparecer esa convivencia han desaparecido los valores y, al desaparecer los valores, deja de tener sentido existir. No tenemos confianza en nosotros mismos ni vemos al futuro... porque hemos dejado de mirar al presente.
jueves, 11 de junio de 2026
La paradoja de la utilidad
Hoy no podía dormir. Es algo que me pasa bastante a menudo; en Mayo dormí "bien" tres noches de de treinta y una posibles. Y dandole vueltas en la cama, dialogando conmigo mismo, caí en la cuenta de lo que viene a ser el título de este artículo.
Necesitamos servir. Necesitamos hacer algo que tenga sentido. El otro día me decía mi psicologo que, en la mayoría de estudios sobre motivación en el trabajo, aparece que el principal factor de felicidad o infelicidad en el mismo es como de útil su labor es percibida. Un poco como explicaba Graeber, que en el gulag una de las cosas que más mataba a la gente era la absoluta futilidad de su esfuerzo. Poner a alguien a cavar un agujero durante dos horas, para luego hacerle taparlo. Cosas así, que durante el tiempo suficiente acaban siendo una tortura, al privar al ser humano de la mínima dignidad de su esfuerzo. Que sirva para algo.
Quizás por eso me chocó tanto acercarme a mi anterior trabajo y sentir la valoración de lo que yo hacía. De por sí, yo tiendo a valorar poco mi esfuerzo. Si algo es difícil y lo hago, es porque debo hacerlo. Si algo es facil y lo hago, es porque era fácil. Pero no suelo felicitarme ni darme mérito a mí mismo. Cuando aprobé el examen de conducir, mi emoción fue de vacío, de "ajá, otra tarea completada". Me obligo a mí mismo a celebrar mis éxitos porque, honestamente, no me producen alegria. Tengo demasiado interiorizado el "es lo que se debe hacer".
Así pues, no soy muy consciente de como de positivo puede ser mi impacto en los demás. Por eso, como cuando el otro día animé a un chico que estaba pasandolo muy mal, recibo una reacción sumamente positiva me siento confundido. No percibo emocionalmente (no siento), que haya hecho nada especial. Simplemente he sido yo mismo y he actuado como creo que se debe actuar. Aunque quizás, para la persona a la que apoyamos, ese simple acto puede suponer un cambio enorme en su vida. Quizás como ayer con Scotty, que me impactó bastante su situación y su reacción. Vaya movida.
Todo esto para decir que, uno de los elementos de la felicidad, es encontrarle sentido a lo que hacemos. Y que resulta paradojico que, para poder ser felices, debamos ocuparnos con cosas que no solo nos aporten algo, sino que aporten a los demás. Que sean utiles. Quizás por eso decían que, si bien la gente de izquierdas suele deprimirse más que la de derechas, la gnnte de izquierdas que participa de voluntariados o actividades comunitarias es todo lo contrario. Porque no sirve con decirlo, hay que hacerlo. Y una vez lo hacemos, percibimos la mejoría de forma casi automática.
Yo me levanto, hago ejercicio, duolingo, me ducho, desayuno. Y me siento delante de mi lista de tareas pendientes, a ir tachando cosas. Pero a la hora de la verdad, tres meses más adelante, miro lo que he hecho y nada sirve. Lo mismo con mi trabajo, dedico infinitas horas a... nada. Y, si durante un periodo de tiempo largo, de semanas y meses, privas a alguien de un sentido colectivo, de que su trabajo mejore el mundo a su alrededor, o aunque sea sienta que su esfuerzo va en alguna dirección... es muy pero muy difícil que eso no destruya la autoestima de esa persona.
Quiero quererme. Pero para quererme, necesito hacer cosas que sirvan. Quizás esa es la paradoja, que nos queremos a través de los demás, o de nuestra percepción de lo que debemos ser. Cuando alineamos la persona que somos, con la persona que queremos ser a través del proceso de convertirnos en ella.
Necesitamos servir. Necesitamos hacer algo que tenga sentido. El otro día me decía mi psicologo que, en la mayoría de estudios sobre motivación en el trabajo, aparece que el principal factor de felicidad o infelicidad en el mismo es como de útil su labor es percibida. Un poco como explicaba Graeber, que en el gulag una de las cosas que más mataba a la gente era la absoluta futilidad de su esfuerzo. Poner a alguien a cavar un agujero durante dos horas, para luego hacerle taparlo. Cosas así, que durante el tiempo suficiente acaban siendo una tortura, al privar al ser humano de la mínima dignidad de su esfuerzo. Que sirva para algo.
Quizás por eso me chocó tanto acercarme a mi anterior trabajo y sentir la valoración de lo que yo hacía. De por sí, yo tiendo a valorar poco mi esfuerzo. Si algo es difícil y lo hago, es porque debo hacerlo. Si algo es facil y lo hago, es porque era fácil. Pero no suelo felicitarme ni darme mérito a mí mismo. Cuando aprobé el examen de conducir, mi emoción fue de vacío, de "ajá, otra tarea completada". Me obligo a mí mismo a celebrar mis éxitos porque, honestamente, no me producen alegria. Tengo demasiado interiorizado el "es lo que se debe hacer".
Así pues, no soy muy consciente de como de positivo puede ser mi impacto en los demás. Por eso, como cuando el otro día animé a un chico que estaba pasandolo muy mal, recibo una reacción sumamente positiva me siento confundido. No percibo emocionalmente (no siento), que haya hecho nada especial. Simplemente he sido yo mismo y he actuado como creo que se debe actuar. Aunque quizás, para la persona a la que apoyamos, ese simple acto puede suponer un cambio enorme en su vida. Quizás como ayer con Scotty, que me impactó bastante su situación y su reacción. Vaya movida.
Todo esto para decir que, uno de los elementos de la felicidad, es encontrarle sentido a lo que hacemos. Y que resulta paradojico que, para poder ser felices, debamos ocuparnos con cosas que no solo nos aporten algo, sino que aporten a los demás. Que sean utiles. Quizás por eso decían que, si bien la gente de izquierdas suele deprimirse más que la de derechas, la gnnte de izquierdas que participa de voluntariados o actividades comunitarias es todo lo contrario. Porque no sirve con decirlo, hay que hacerlo. Y una vez lo hacemos, percibimos la mejoría de forma casi automática.
Yo me levanto, hago ejercicio, duolingo, me ducho, desayuno. Y me siento delante de mi lista de tareas pendientes, a ir tachando cosas. Pero a la hora de la verdad, tres meses más adelante, miro lo que he hecho y nada sirve. Lo mismo con mi trabajo, dedico infinitas horas a... nada. Y, si durante un periodo de tiempo largo, de semanas y meses, privas a alguien de un sentido colectivo, de que su trabajo mejore el mundo a su alrededor, o aunque sea sienta que su esfuerzo va en alguna dirección... es muy pero muy difícil que eso no destruya la autoestima de esa persona.
Quiero quererme. Pero para quererme, necesito hacer cosas que sirvan. Quizás esa es la paradoja, que nos queremos a través de los demás, o de nuestra percepción de lo que debemos ser. Cuando alineamos la persona que somos, con la persona que queremos ser a través del proceso de convertirnos en ella.
martes, 9 de junio de 2026
Una boda en España
No pensaba escribir sobre esto, pero parece que una cosa lleva a la otra y la cabeza casi me pide hacerlo. Este fin de semana fuimos a Madrid, a la boda de un buen amigo mío al que quiero mucho. Fui un poco a regañadientes, en parte porque no me gustan las bodas, y en parte porque en esta fase de mi vida cualquier cosa me supone un esfuerzo atroz. Y me vino increíble. Sabía que me iba a venir bien, porque salir de aquí e ir a España siempre me calma, me da un poco de aire. Y ver amigos y salir y estar cómodo... eso ayuda.
Ha sido un tiempo maravilloso. El jueves, donde fui a mi antiguo trabajo y me encontré a tantos compañeros y tanto cariño que me sentí abrumado. Gracias. No era consciente de que podía dejar una huella tan positiva y tan buena. Había olvidado como era sentirse útil y productivo, hacer cosas. Hubo un par de interacciones, como cuando me presentaron, en las que me sentí sinceramente abrumado. Gente que no es nada dada a piropear de gratis, hablando maravillas de mí. Incluso alguien se me acercó y me dijo "el famoso don...", lo cual me confundió bastante. Yo soy famoso en casa de mi madre para comer, y porque como fatal. En general, me sentí super especial. Luego por la tarde fui a la tienda de muñequitos donde solía ir y me encontré con amigos, gente a la que quiero mucho y me alegró un montón verlos bien.
Y luego la boda. Fuimos con un amigo, una de los mejores seres humanos que he conocido nunca (porque le sale muy natural, es de esa gente que no le duele ayudar a los demás o ser bueno. Es su naturaleza), después de visitar su enorme casa, ver su familia y su mundo y alegrarnos, sinceramente, de su éxito. Una vez llegamos a la boda nos encontramos con otro montón de gente, todos jovenes, guapos, exitosos. Y me dio mucha alegria verlos, me dio mucha alegria asomarme a sus mundos y compartir ese momento, en el que la gente toca tu espíritu y sabes que, al otro lado, hay gente buena.
En general, estoy muy agradecido por este fin de semana. Por los momentos compartidos, por las historias y los momentos, y por haberme sacado de mi realidad y haberme asomado a otra, que me recuerda que todo es temporal. Que me enseña lo que fui y lo que puedo ser, y que me llena el corazón.
Gracías. Con fines de semana como este, uno puede coger fuerzas para aguantar y entender que, esto, es temporal. Que lo es de verdad, que no es una frase que nos decimos. Gracías.
Ha sido un tiempo maravilloso. El jueves, donde fui a mi antiguo trabajo y me encontré a tantos compañeros y tanto cariño que me sentí abrumado. Gracias. No era consciente de que podía dejar una huella tan positiva y tan buena. Había olvidado como era sentirse útil y productivo, hacer cosas. Hubo un par de interacciones, como cuando me presentaron, en las que me sentí sinceramente abrumado. Gente que no es nada dada a piropear de gratis, hablando maravillas de mí. Incluso alguien se me acercó y me dijo "el famoso don...", lo cual me confundió bastante. Yo soy famoso en casa de mi madre para comer, y porque como fatal. En general, me sentí super especial. Luego por la tarde fui a la tienda de muñequitos donde solía ir y me encontré con amigos, gente a la que quiero mucho y me alegró un montón verlos bien.
Y luego la boda. Fuimos con un amigo, una de los mejores seres humanos que he conocido nunca (porque le sale muy natural, es de esa gente que no le duele ayudar a los demás o ser bueno. Es su naturaleza), después de visitar su enorme casa, ver su familia y su mundo y alegrarnos, sinceramente, de su éxito. Una vez llegamos a la boda nos encontramos con otro montón de gente, todos jovenes, guapos, exitosos. Y me dio mucha alegria verlos, me dio mucha alegria asomarme a sus mundos y compartir ese momento, en el que la gente toca tu espíritu y sabes que, al otro lado, hay gente buena.
En general, estoy muy agradecido por este fin de semana. Por los momentos compartidos, por las historias y los momentos, y por haberme sacado de mi realidad y haberme asomado a otra, que me recuerda que todo es temporal. Que me enseña lo que fui y lo que puedo ser, y que me llena el corazón.
Gracías. Con fines de semana como este, uno puede coger fuerzas para aguantar y entender que, esto, es temporal. Que lo es de verdad, que no es una frase que nos decimos. Gracías.
Ediciones de Warhammer 40.000 y consumo
Esta semana salió la nueva edición de Warhammer 40.000. Para los que no sepáis lo que es (si alguien lee este blog y no lo sabe, que me lo diga para sorprenderme), es un juego de mesa, donde unas miniaturas que representan soldados espaciales se dan de tortas con otras miniaturas, representando un conflicto de ciencia ficción. El juego surge en los años ochenta y ya lleva once ediciones, tiene millones de jugadores a nivel mundial y es una franquicia de ocio con videojuegos, libros y, en teoría, una serie que se está preparando. El hobby, como tal, tiene un grupo de aficionados que, sin ser tan intensos como los de Star Wars, no les falta pasión y entusiasmo y opiniones, bastante intensas, sobre como es y como debería ser dicho hobby.
Quizás es por eso, que me ha sorprendido la facilidad con que este cambio de edición tiene lugar. En Blood Bowl, otro juego de la misma compañia, ha sucedido igual. Salió una nueva edición bastante disruptiva con la anterior, cambiaron reglas, perfiles, miniaturas... se hizo necesario un desembolso para poder volver a jugar o mantenerse en el competitivo. Y de alguna forma, la gente lo aceptó con toda naturalidad.
Eso me sorprende. Quizás es porque todos nos hacemos mayores y la gente con la que me relaciono vé la vida de otra manera (tener hijos hace que relativices mucho la importancia de la alineación de tu equipo favorito), o quizás es que el capitalismo ha entrado en una fase en que todos asumimos, de forma más o menos natural, que las cosas valen dinero y que las empresas tienen que vivir de algo. Y que para ello necesitan modificar los juegos y vender, quizás, otra vez lo mismo a la gente. La Stacy Malibú con un sombrero nuevo.
Aún así visto desde fuera, me sorprende. Recuerdo "rebeliones" hace años ante cambios mucho menores que este, con mucho menos dinero invertido (Warhammer nunca fue barato, pero últimamente me parece exagerado). Quizás también ha tenido lugar una suerte de "purga", aquellos que no estaban tan comprometidos ya se fueron. A mí me parece absurdo lo que vale una camiseta de fútbol, pero nadie me ha preguntado mi opinión, porque obviamente yo no soy el público al que va dirigido ese producto.
Y esta es la reflexión que quiero largar. En este mundo tan fragmentado, de redes sociales, youtubers e influencers, donde todo el mundo piensa igual y el que no lo hace, lo mejor que puede hacer es callarse e irse, de alguna forma el debate se ha reducido. Ya no hay tantas opiniones, tanto compartir y escucharse a sí mismo. Las compañias han conseguido que la gente acepte sus productos y políticas, "Palabra de Dios, te adoramos oyenos". Y no lo digo como algo negativo... siempre me pareció bastante inmaduras las criticas a los cambios de edición. Como todo producto, si no estás conforme con él, no lo adquieras. Pero, como diría Marc británico, el hobby está evolucionando en una dirección bastante distinta a la que conociamos. Lo cual no está mal, simplemente es curioso.
Me gusta que haya menos críticas, que no aportan nada más allá del ruido. Pero no puedo evitar reflexionar sobre como, con la perdida de las criticas, perdemos protagonismo también. La gente asume que el hobby, donde uno creaba reglas, perfiles, campañas... y era sumamente activo, es ahora un producto finalizado, como cuando compras un videojuego, y que hace falta expertos que programen para hacerles DLCs.
Es otro mundo. Y no está mal, pero es curioso.
Quizás es por eso, que me ha sorprendido la facilidad con que este cambio de edición tiene lugar. En Blood Bowl, otro juego de la misma compañia, ha sucedido igual. Salió una nueva edición bastante disruptiva con la anterior, cambiaron reglas, perfiles, miniaturas... se hizo necesario un desembolso para poder volver a jugar o mantenerse en el competitivo. Y de alguna forma, la gente lo aceptó con toda naturalidad.
Eso me sorprende. Quizás es porque todos nos hacemos mayores y la gente con la que me relaciono vé la vida de otra manera (tener hijos hace que relativices mucho la importancia de la alineación de tu equipo favorito), o quizás es que el capitalismo ha entrado en una fase en que todos asumimos, de forma más o menos natural, que las cosas valen dinero y que las empresas tienen que vivir de algo. Y que para ello necesitan modificar los juegos y vender, quizás, otra vez lo mismo a la gente. La Stacy Malibú con un sombrero nuevo.
Aún así visto desde fuera, me sorprende. Recuerdo "rebeliones" hace años ante cambios mucho menores que este, con mucho menos dinero invertido (Warhammer nunca fue barato, pero últimamente me parece exagerado). Quizás también ha tenido lugar una suerte de "purga", aquellos que no estaban tan comprometidos ya se fueron. A mí me parece absurdo lo que vale una camiseta de fútbol, pero nadie me ha preguntado mi opinión, porque obviamente yo no soy el público al que va dirigido ese producto.
Y esta es la reflexión que quiero largar. En este mundo tan fragmentado, de redes sociales, youtubers e influencers, donde todo el mundo piensa igual y el que no lo hace, lo mejor que puede hacer es callarse e irse, de alguna forma el debate se ha reducido. Ya no hay tantas opiniones, tanto compartir y escucharse a sí mismo. Las compañias han conseguido que la gente acepte sus productos y políticas, "Palabra de Dios, te adoramos oyenos". Y no lo digo como algo negativo... siempre me pareció bastante inmaduras las criticas a los cambios de edición. Como todo producto, si no estás conforme con él, no lo adquieras. Pero, como diría Marc británico, el hobby está evolucionando en una dirección bastante distinta a la que conociamos. Lo cual no está mal, simplemente es curioso.
Me gusta que haya menos críticas, que no aportan nada más allá del ruido. Pero no puedo evitar reflexionar sobre como, con la perdida de las criticas, perdemos protagonismo también. La gente asume que el hobby, donde uno creaba reglas, perfiles, campañas... y era sumamente activo, es ahora un producto finalizado, como cuando compras un videojuego, y que hace falta expertos que programen para hacerles DLCs.
Es otro mundo. Y no está mal, pero es curioso.
La superioridad moral de lo negativo
Esta mañana reflexionaba sobre algo que he visto varias ocasiones, gente que viene de países en vías de desarrollo, explicandome lo mal que se está en otros países. En general, países donde yo he vivido o conozco bastante, por haber pasado mucho tiempo allí, conocer gente del sitio, hablar el idioma, etc etc. Lo curioso es que lo hacen con una cierta alegria, como si el malestar de otra gente les produjera regocijo.
Schadenfreude es una palabra alemana, cuya acepción más extendida es sentir alegría por el sufrimiento de otra persona. Yo la descubrí leyendo "Generación X" de Douglas Coupland (bastante recomendado ese libro, aunque ha envejecido regular). Ahí la empleaban directamente para referirse a lo bien que nos hace sentir que a algún famoso le vaya mal, pero esa no es la única acepción.
En general, el schadenfreude es una emoción de gente pequeña y triste, que necesita que otra gente lo pase mal. Que pretende arrastrarnos al barro de su miseria moral, para justificar sus conductas, actitudes, entorno. Como todo el mundo roba, yo también robo. Lo mejor es que son plenamente conscientes de lo reprobable de su conducta y actitud pero, como casi todo el Mal, está enfermo y no posee la energía para curarse, prefiriendo proyectar afuera lo que, obviamente, está dentro.
Es un proceso complicado, descubrir en primer lugar el origen del miedo, la tristeza, la soledad, la rabia. Y una vez lo has descubierto enfrentarlo, mirarlo a los ojos, crecer. Es necesario salir del ego absoluto, de la idea de que el Universo gira en torno a nosotros y entender, como me dijera Toño, que "a Madrid tu le das igual". Si tu, persona de X, te sientes feliz de que en Y todo sea un desastre y no haces más que hablar de la caída de occidente y de la decadencia moral y...
Tengo una noticia para ti. A Occidente le das igual. Hundidos en la miseria más reprobable, los alemanes siguen teniendo acceso a una educación de mayor calidad de la que tuve yo. Y eso no es bueno ni malo, es un hecho, al igual que el que llueva en Galicia no tiene nada que ver con mis opiniones, carácter, reflexiones o inquietudes. El mundo, por increíble que nos parezca, estaba girando antes de que vinieramos y, muy probablemente, seguirá haciendolo después de que nos hayamos ido.
Hay que desconectar. Salir de las redes sociales, salir del sesgo de confirmación, salir de la necesidad de tener razón siempre y mirar por encima del hombro al resto del mundo. Y simplemente, aprender. Acercarnos con curiosidad y respeto, dejar de analizar el mundo en terminos binarios (bueno y malo, blanco y negro) y aceptar que, en esa escala de grises, hay cosas que vibran más con nosotros y cosas que menos. Y en ese espacio de vibración, encontrar nuestra propia voz y compartir, aprender, enseñar, descubrir. Ser. De una forma positiva y optimista, creciente, Lo contrario solo nos hará daño a nosotros mismos y a los demás.
Cuidaros. Se nota que tuve un buen fin de semana.
Schadenfreude es una palabra alemana, cuya acepción más extendida es sentir alegría por el sufrimiento de otra persona. Yo la descubrí leyendo "Generación X" de Douglas Coupland (bastante recomendado ese libro, aunque ha envejecido regular). Ahí la empleaban directamente para referirse a lo bien que nos hace sentir que a algún famoso le vaya mal, pero esa no es la única acepción.
En general, el schadenfreude es una emoción de gente pequeña y triste, que necesita que otra gente lo pase mal. Que pretende arrastrarnos al barro de su miseria moral, para justificar sus conductas, actitudes, entorno. Como todo el mundo roba, yo también robo. Lo mejor es que son plenamente conscientes de lo reprobable de su conducta y actitud pero, como casi todo el Mal, está enfermo y no posee la energía para curarse, prefiriendo proyectar afuera lo que, obviamente, está dentro.
Es un proceso complicado, descubrir en primer lugar el origen del miedo, la tristeza, la soledad, la rabia. Y una vez lo has descubierto enfrentarlo, mirarlo a los ojos, crecer. Es necesario salir del ego absoluto, de la idea de que el Universo gira en torno a nosotros y entender, como me dijera Toño, que "a Madrid tu le das igual". Si tu, persona de X, te sientes feliz de que en Y todo sea un desastre y no haces más que hablar de la caída de occidente y de la decadencia moral y...
Tengo una noticia para ti. A Occidente le das igual. Hundidos en la miseria más reprobable, los alemanes siguen teniendo acceso a una educación de mayor calidad de la que tuve yo. Y eso no es bueno ni malo, es un hecho, al igual que el que llueva en Galicia no tiene nada que ver con mis opiniones, carácter, reflexiones o inquietudes. El mundo, por increíble que nos parezca, estaba girando antes de que vinieramos y, muy probablemente, seguirá haciendolo después de que nos hayamos ido.
Hay que desconectar. Salir de las redes sociales, salir del sesgo de confirmación, salir de la necesidad de tener razón siempre y mirar por encima del hombro al resto del mundo. Y simplemente, aprender. Acercarnos con curiosidad y respeto, dejar de analizar el mundo en terminos binarios (bueno y malo, blanco y negro) y aceptar que, en esa escala de grises, hay cosas que vibran más con nosotros y cosas que menos. Y en ese espacio de vibración, encontrar nuestra propia voz y compartir, aprender, enseñar, descubrir. Ser. De una forma positiva y optimista, creciente, Lo contrario solo nos hará daño a nosotros mismos y a los demás.
Cuidaros. Se nota que tuve un buen fin de semana.
jueves, 28 de mayo de 2026
El poder de decir NO
Es muy curioso, entender en que momento la responsabilidad se convierte en una debilidad. En que momento de tu vida entiendes que, tu solo, te estás poniendo en una posición en la que permites que abusen de ti. Basicamente, por no saber decir que no. Por querer ser buen compañero, por ayudar a los demás, por ser paciente... porque realmente nos gusta. Tanto la sensación de ser útiles como ayudar a los demás, como pensar que somos "esa persona". Lo que pasa que el tiempo es un recurso finito, limitado, y lo empleamos en una cosa para no emplearlo en otra. Y a veces, en determinadas circunstancias, no nos da.
Leía algo super interesante el otro día sobre la teoría de la carencia. Y sobre como, al igual que decía Marco Aurelio, todo lo que vivimos es una percepción. Mi carencia o abundancia de tiempo es una percepción mía, experimentada por mi. Otra pesona, sentada a mi izquierda, puede pensar que me sobra o que me falta. El respeto a la experiencia de los demás, a sus percepciones, es algo que tenemos muy olvidado en esta sociedad. Todos creemos que sabemos muchísimo y que, el de al lado, no tiene ni puñetera idea. Y claro, eso obliga a poner límites.
Existe un punto en que ambas emociones chocan. La necesidad de ser buen compañero, buen amigo, buena persona, y la necesidad de ser escuchado y respetado. En ese espacio surge el conflicto. Durante mucho tiempo he optado por la generosidad; si total, a mí tampoco me cuesta tanto.
Me está costando. Me está costando mi imagen de mi mismo, al percibirme como abusado e indefenso. Me está costando mi respeto y mi aprecio y me está generando una rabia infinita. Yo doy mucho. No es justo que, cuando pido poco, se me deniegue. Y se me deniegue sistematicamente, sin ni siquiera considerarlo.
Ayer le explicabaa a un amigo que, en mi situación, tengo mucho apoyo ¨token¨. Gente que viene y me dice ¨te apoyo a tope, cuenta conmigo, pideme lo que necesites¨. Pido algo. ¨No no, eso no es posible, no depende de mí, tienes que entenderlo...¨.
Yo lo que tengo que entender, querido compañero, es que tu ayuda no vale una mierda. Así que la tomo como lo que es, un gesto, una señal. Que sirve para que tu te sientas bien contigo mismo, pero que a mí, personalmente, me es tan útil como el cenicero de una moto.
Y recuerdo. La rabia se junta con la memoria y se crea un agravio, y ese agravio viene para quedarse. Pero también es una lección. Porque el compañerismo no precisa de reciprocidad, pero se basa en el respeto. Y el respeto se construye sobre la honestidad.
Yo no puedo respetar a alguien que no cumple lo que dice. Es tan simple como eso. Si dices que vas a hacer algo, hazlo. Y si no, no digas nada. Esa hipocresía sureña, que es parte del choque cultural sobre el que se construyen todos estos problemas, es un elemento que debo aprender y procesar. Esto es una lección. Como decía Schwarzenegger, ¨a teaching oportunity¨, una oportunidad de enseñar. Pero maldita sea, me está erosionando un poco demasiado. Me hace falta salir, que me dé el aire, ver a otra gente.
Lo mejor que me enseñó un compañero, es que a periodos de mucha compresión deben suceder periodos de mucha liberación. Si paso de estar encerrado a seguir encerrado, mi cabeza, mi cuerpo, mi alma se hacen cada vez más pequeños. Hay que desahogar. Y esa es una necesidad que hay que transmitir a mi entorno, que tienen que entender.
Necesito decir NO a muchas cosas. Y hay que empezar ya.
Leía algo super interesante el otro día sobre la teoría de la carencia. Y sobre como, al igual que decía Marco Aurelio, todo lo que vivimos es una percepción. Mi carencia o abundancia de tiempo es una percepción mía, experimentada por mi. Otra pesona, sentada a mi izquierda, puede pensar que me sobra o que me falta. El respeto a la experiencia de los demás, a sus percepciones, es algo que tenemos muy olvidado en esta sociedad. Todos creemos que sabemos muchísimo y que, el de al lado, no tiene ni puñetera idea. Y claro, eso obliga a poner límites.
Existe un punto en que ambas emociones chocan. La necesidad de ser buen compañero, buen amigo, buena persona, y la necesidad de ser escuchado y respetado. En ese espacio surge el conflicto. Durante mucho tiempo he optado por la generosidad; si total, a mí tampoco me cuesta tanto.
Me está costando. Me está costando mi imagen de mi mismo, al percibirme como abusado e indefenso. Me está costando mi respeto y mi aprecio y me está generando una rabia infinita. Yo doy mucho. No es justo que, cuando pido poco, se me deniegue. Y se me deniegue sistematicamente, sin ni siquiera considerarlo.
Ayer le explicabaa a un amigo que, en mi situación, tengo mucho apoyo ¨token¨. Gente que viene y me dice ¨te apoyo a tope, cuenta conmigo, pideme lo que necesites¨. Pido algo. ¨No no, eso no es posible, no depende de mí, tienes que entenderlo...¨.
Yo lo que tengo que entender, querido compañero, es que tu ayuda no vale una mierda. Así que la tomo como lo que es, un gesto, una señal. Que sirve para que tu te sientas bien contigo mismo, pero que a mí, personalmente, me es tan útil como el cenicero de una moto.
Y recuerdo. La rabia se junta con la memoria y se crea un agravio, y ese agravio viene para quedarse. Pero también es una lección. Porque el compañerismo no precisa de reciprocidad, pero se basa en el respeto. Y el respeto se construye sobre la honestidad.
Yo no puedo respetar a alguien que no cumple lo que dice. Es tan simple como eso. Si dices que vas a hacer algo, hazlo. Y si no, no digas nada. Esa hipocresía sureña, que es parte del choque cultural sobre el que se construyen todos estos problemas, es un elemento que debo aprender y procesar. Esto es una lección. Como decía Schwarzenegger, ¨a teaching oportunity¨, una oportunidad de enseñar. Pero maldita sea, me está erosionando un poco demasiado. Me hace falta salir, que me dé el aire, ver a otra gente.
Lo mejor que me enseñó un compañero, es que a periodos de mucha compresión deben suceder periodos de mucha liberación. Si paso de estar encerrado a seguir encerrado, mi cabeza, mi cuerpo, mi alma se hacen cada vez más pequeños. Hay que desahogar. Y esa es una necesidad que hay que transmitir a mi entorno, que tienen que entender.
Necesito decir NO a muchas cosas. Y hay que empezar ya.
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