El otro día vi un video, muy interesante, donde un tío comentaba que hay una oleada de nostalgia en internet sobre unos videos de instituto, de adolescents, en los primeros dos mil finales de los noventa. El tío dice que, una de las cosas que destacan de esos videos, es que fue la última vez que la gente salía en camara “viviendo, y no actuando”. Es interesante que el video, en inglés, usa la palabra “perform”, que en español se traduce como interpretar. No play, que sería actuar, sino más bien llevar a cabo actitudes y comportamientos que pensamos se esperan de nosotros. No viviendo como adolescentes, sino comportandonos como hemos visto en la tele o como creemos que debemos hacerlo.
Esto es interesante. El autor dice que, la exposición constante a redes sociales, nos obliga a evaluar todo sobre un espejo permanente. Somos muchisimo más conscientes de nuestra existencia digital, ya nadie es inocente ante internet. Mi generación, probablemente, sea la última que creció sin un registro digital de su vida. Ahora mismo, para entrar en EEUU, te piden acceso a tus redes sociales para comprobar que no has emitido opiniones o participado de grupos peligrosos.
No es una dystopia. Ya está aquí.
Y lo curioso es que lo decía David Graeber, que si a estas alturas del siglo esperabamos tener coches voladores, lo que nos impide tener eso es el avance en las tecnologías de control social. Es tremendo. Tenemos compañias compitiendo por nuestra atención ante la pantalla, comercializando no ya anuncios sino posibles plataformas de anuncios.
Por eso quizás sea tan interesante observar el mundo que hemos dejado atrás. Como en la revolución agrícola, hemos cambiado Libertad por seguridad y hemos perdido ambas. Quizás, cuando la gente habla de nostalgia, a lo que se refiere es a eso. A una epoca de nuestra vida en la que podiamos dirigirnos a una chica y decir algo, sin temer que ese comentario aparecería viralizado en internet y visto por millones de personas. La exposición sistemática y masiva está teniendo efectos que no esperabamos… pero que eran bastante lógicos si los pensamos.
Interpretamos y actuamos. Y la gente pide “disponibilidad emocional”, en vez de que no nos comportemos como gilipollas, porque hemos comercializado también el lenguaje y ahora mismo todo es dinero.
Voy a parar. Se está poniendo muy oscuro. Pero supongo que debe er un elemento biologico, echar de menos nuestra juventud.
Cronicas de un hobbit ario
jueves, 17 de septiembre de 2026
martes, 15 de septiembre de 2026
Muerte por un millar de cortes
Vivir en UK no es para los dociles. O para los faltos de coraje. O en general, para gente a la que le guste vivir.
Ayer hice mi primer turno de doce horas de esta semana. Llegué a casa, comí algo y me metí en la cama. La alarma sonaría en 7 horas. Por supuesto, no ha sido así, me he despertado a las cinco. Medio empanado he empezado mi rutina, cosas sencillas. Entrenar, hacer Duolingo, comer algo. Limpiar y recoger, poner la casa medio decente, preparar todo para irme al curro.
Ahora tengo un rato y tengo que arreglar algunas cosas. Y ya empezamos con las pequeñas torturas. La conexión a internet no funciona. La aplicación no abre. Hay que hacer una verificación que no es posible.
Así pasa con todo. Uno va al metro y hay interrupciones. Coge el coche y hay obras. Le viene una factura que no esperaba. Todo, todo, es una constante serie de pequeños problemas que se van acumulando hasta que uno solo quiere salir a romper cosas.
No pasa nada. Tampoco necesito esa aplicación. Ni ese viaje. Ni ese... al final te acabas quedando en casa, simplemente superado por unas circunstancias que no deberían ser así. No es tan difícil. Solo hace falta comer. Dormir. Estar con gente que te quiere. Conectarte un poco a tierra y a las cosas que te hacen feliz. Buscar algo que te haga sonreír, una canción, un momento. Un recuerdo.
Es la primera noche de una semana de siete. Y ya es una noche demasiado. Menos mal que ya va quedando menos.
Ayer hice mi primer turno de doce horas de esta semana. Llegué a casa, comí algo y me metí en la cama. La alarma sonaría en 7 horas. Por supuesto, no ha sido así, me he despertado a las cinco. Medio empanado he empezado mi rutina, cosas sencillas. Entrenar, hacer Duolingo, comer algo. Limpiar y recoger, poner la casa medio decente, preparar todo para irme al curro.
Ahora tengo un rato y tengo que arreglar algunas cosas. Y ya empezamos con las pequeñas torturas. La conexión a internet no funciona. La aplicación no abre. Hay que hacer una verificación que no es posible.
Así pasa con todo. Uno va al metro y hay interrupciones. Coge el coche y hay obras. Le viene una factura que no esperaba. Todo, todo, es una constante serie de pequeños problemas que se van acumulando hasta que uno solo quiere salir a romper cosas.
No pasa nada. Tampoco necesito esa aplicación. Ni ese viaje. Ni ese... al final te acabas quedando en casa, simplemente superado por unas circunstancias que no deberían ser así. No es tan difícil. Solo hace falta comer. Dormir. Estar con gente que te quiere. Conectarte un poco a tierra y a las cosas que te hacen feliz. Buscar algo que te haga sonreír, una canción, un momento. Un recuerdo.
Es la primera noche de una semana de siete. Y ya es una noche demasiado. Menos mal que ya va quedando menos.
viernes, 11 de septiembre de 2026
Indicadores de ansiedad
Hace batante tiempo comenté que, si paso mucho tiempo en el ordenador, malo. Si hago eso es porque no tengo algo mejor que hacer, como ir a hacer deporte, leer algo que me gusta, estar con algún amigo... si tengo un plan "bueno", ignoro totalmente el ordenador. O la tele. O las redes sociales. Siempre voy a preferir estar presente con la persona que tengo al lado que prestarle atención a alguien que está a miles de kilometros. Salvo que sea un familiar que me necesite o alguien a quién quiero mucho de quién me veo momentaneamente separado (he tenido alguna pareja a distancia, sé como va).
Lo que quiero decir, como decía José Carlos Ruiz (si no lo habéis visto, buscadlo), que el mundo virtual no se impone al mundo real.
Salvo, y aquí viene el asunto del tema, que mis necesidades de evasión sean terriblemente altas. Si me paso mirando el móvil cada cinco minutos, si me paso buscando algo que hacer... es un indicador de que estoy muy agobiado. Me pasa en el trabajo, que en cuanto no estoy enfrentando una situación meto mano al bolsillo. Me pasa esperando el metro, que no sé estar mirando al vacío. Tengo que tener algo entre las manos. Y es interesante que seamos consciente de esas cosas, de esas señales que nos damos a nosotros mismos. Y saber que, cuando pasa eso, hay que encontrar como disminuir la tensión, no aumentarla.
Lo que quiero decir, como decía José Carlos Ruiz (si no lo habéis visto, buscadlo), que el mundo virtual no se impone al mundo real.
Salvo, y aquí viene el asunto del tema, que mis necesidades de evasión sean terriblemente altas. Si me paso mirando el móvil cada cinco minutos, si me paso buscando algo que hacer... es un indicador de que estoy muy agobiado. Me pasa en el trabajo, que en cuanto no estoy enfrentando una situación meto mano al bolsillo. Me pasa esperando el metro, que no sé estar mirando al vacío. Tengo que tener algo entre las manos. Y es interesante que seamos consciente de esas cosas, de esas señales que nos damos a nosotros mismos. Y saber que, cuando pasa eso, hay que encontrar como disminuir la tensión, no aumentarla.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
Conciencia y entorno
Ayer tuve una conversación muy interesante, que arrancó por una cita de Jimmy Carr. Preguntado por un consejo para superar una separación, Jimmy Carr dijo que lo sentía mucho. Que nuestra identidad es algo distribuido, porque somos de manera distinta en el trabajo, con nuestra familia, con nuestros amigos... y que ese "reflejo" de quién somos es lo que nos devuelve nuestra identidad. (Luego decía algo muy interesante sobre qué, cuando te separas de alguien, no solo la pierdes a ella sino a quién tu eras con ella, y echas de menos lo que te hacía sentir y como te veías a ti mismo. Pero esto se sale del tema).
Lo que venía a decir es que la identidad viene devuelta, reflejada. Mi interlocutor dijo que eso era la consciencia, nuestra capacidad de identificarnos a nosotros mismos. Este soy yo. Pero decía que hay dos tipos de consciencia, la que se impone sobre el entorno y es permanente y la que viene condicionada por el entorno y es más débil. Me decía que, mi piso en San Fernando, es parte de mi identidad. Tengo un sitio al que volver. No por el piso en sí, sino por lo que supone para mí. Con lo que efectivamente, una parte de nuestra identidad es fija y viene determinada por como nos vemos a nosotros mismos, pero la otra está en cambio constante.
En cierto sentido, es lo que ya he escrito aquí varias veces sobre los personajes del juego de rol "Vampiro La Mascarada", donde tenías una conducta variable y una naturaleza semi permanente. Actuamos de determinada forma en determinados entornos, pero nuestra forma de ser se mantiene constante, nuestros valores y nuestra... ¿esencia?
Es un tema interesante. Que viene muy bien para entender mi actual proceso de sufrimiento, en el cual el entorno me condiciona a actuar de formas que me resultan aberrantes, la falta de referencias (de "reflejos") minan mi autoestima y mi conciencia y la falta de "alimento social" me obliga a pasar demasiado tiempo "entretenido". Distraido, que no ocupado. Falto de proceso, de sistema, de objetivos. Simplemente sobrellevandolo, reaccionando, en una suerte de pasividad infeliz.
¿Lo bueno? Que pasa. Y que, efectivamente, la naturaleza de nuestra identidad nos devuelve a quién y como somos. Pero me pareció algo interesante para compartir.
Lo que venía a decir es que la identidad viene devuelta, reflejada. Mi interlocutor dijo que eso era la consciencia, nuestra capacidad de identificarnos a nosotros mismos. Este soy yo. Pero decía que hay dos tipos de consciencia, la que se impone sobre el entorno y es permanente y la que viene condicionada por el entorno y es más débil. Me decía que, mi piso en San Fernando, es parte de mi identidad. Tengo un sitio al que volver. No por el piso en sí, sino por lo que supone para mí. Con lo que efectivamente, una parte de nuestra identidad es fija y viene determinada por como nos vemos a nosotros mismos, pero la otra está en cambio constante.
En cierto sentido, es lo que ya he escrito aquí varias veces sobre los personajes del juego de rol "Vampiro La Mascarada", donde tenías una conducta variable y una naturaleza semi permanente. Actuamos de determinada forma en determinados entornos, pero nuestra forma de ser se mantiene constante, nuestros valores y nuestra... ¿esencia?
Es un tema interesante. Que viene muy bien para entender mi actual proceso de sufrimiento, en el cual el entorno me condiciona a actuar de formas que me resultan aberrantes, la falta de referencias (de "reflejos") minan mi autoestima y mi conciencia y la falta de "alimento social" me obliga a pasar demasiado tiempo "entretenido". Distraido, que no ocupado. Falto de proceso, de sistema, de objetivos. Simplemente sobrellevandolo, reaccionando, en una suerte de pasividad infeliz.
¿Lo bueno? Que pasa. Y que, efectivamente, la naturaleza de nuestra identidad nos devuelve a quién y como somos. Pero me pareció algo interesante para compartir.
martes, 8 de septiembre de 2026
Viviendo en la ansiedad
La actividad social es un músculo entrenado, como tantísimas actividades. Cuando uno tiene poco, se oxida y cualquier cosa resulta un esfuerzo excesivo.
Sucede lo mismo con la planificación. Hoy tengo dos actividades. No son nada especial ni importante, de hecho son hasta cómodas. Pero todo el día gira en torno a ellas; hay que entrenar, comer y organizarse de forma que no fallemos. Así mismo, ya está en el horizonte la semana que viene de noches, cuando no dispondré de ningún minuto del día para mí. Así que hay que planear y organizar todo esta semana para que la que viene no me quede nada pendiente o que tenga que resolver.
Es terrible. Vivo ansioso por la ansiedad que llegará. Me preocupa lo que me tiene que preocupar en el futuro. Es absurdo y ridículo, pero en cierto sentido no puedo evitarlo, como un placebo que uno sabe que lo es, pero no por ello deja de hacer efecto.
El elemento principal es la falta de perspectiva. El musculo, poco entrenado, de estar en control de la vida propia aquí. Todo es reactivo, todo es miedo, todo me viene dado. Yo no decido, no dirijo, no actuo, no avanzo. Estoy coordinando alquilar un sitio. Hasta eso resulta una aventura, porque mi capacidad para desplazarme aquí no depende de mí; depende del metro, del taxi, de lo que yo pague y de que el entorno me lo permita. La conciencia, siendo dominada por el entorno. No me proyecto yo sobre mi situación; mi situación me empuja por todos lados, como una cascara de nuez en el mar.
Y así me siento. El pajaro no confía en la rama; confía en sus alas. Pero cuando tus alas no te permiten confiar... cada ráfaga de viento te hace clavar las garras en la rama, porque si se suelta te caes.
Sobreviviendo. No viviendo, sobreviviendo.
Sucede lo mismo con la planificación. Hoy tengo dos actividades. No son nada especial ni importante, de hecho son hasta cómodas. Pero todo el día gira en torno a ellas; hay que entrenar, comer y organizarse de forma que no fallemos. Así mismo, ya está en el horizonte la semana que viene de noches, cuando no dispondré de ningún minuto del día para mí. Así que hay que planear y organizar todo esta semana para que la que viene no me quede nada pendiente o que tenga que resolver.
Es terrible. Vivo ansioso por la ansiedad que llegará. Me preocupa lo que me tiene que preocupar en el futuro. Es absurdo y ridículo, pero en cierto sentido no puedo evitarlo, como un placebo que uno sabe que lo es, pero no por ello deja de hacer efecto.
El elemento principal es la falta de perspectiva. El musculo, poco entrenado, de estar en control de la vida propia aquí. Todo es reactivo, todo es miedo, todo me viene dado. Yo no decido, no dirijo, no actuo, no avanzo. Estoy coordinando alquilar un sitio. Hasta eso resulta una aventura, porque mi capacidad para desplazarme aquí no depende de mí; depende del metro, del taxi, de lo que yo pague y de que el entorno me lo permita. La conciencia, siendo dominada por el entorno. No me proyecto yo sobre mi situación; mi situación me empuja por todos lados, como una cascara de nuez en el mar.
Y así me siento. El pajaro no confía en la rama; confía en sus alas. Pero cuando tus alas no te permiten confiar... cada ráfaga de viento te hace clavar las garras en la rama, porque si se suelta te caes.
Sobreviviendo. No viviendo, sobreviviendo.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Normas sociales
El otro día hablaba con una amiga que existen tres niveles de control social. La primera es la incomodidad social, lo que haces y la gente te mira mal, critica, les molesta. Son infracciones menores, como tirar la basura fuera de horario o aparcar el coche en doble fila un momento.
La segunda es la censura social. Son las cosas que no quieres que se enteren tus padres que has hecho. Aún no conllevan una acción legal, pero son cosas que ponen en peligro tu estatus y tus relaciones dentro de la comunidad. Relacionarse con una chica con una gran diferencia de edad, robar en el trabajo... seguro que se os ocurre algo que, si un amigo vuestro lo hiciera, os plantearíais si de verdad es el tipo de persona con la que queréis mantener una amistad.
La tercera son las consecuencias legales. Son acciones tan graves, que la sociedad considera que debe establecerse un procedimiento para castigar a cualquiera que las realice, con un castigo ejemplar que desincentive su ejecución. Y esto no es poca cosa. Incluso las dictaduras más bananeras tienen jueces y cortes, registros y procesos. La justicia como tal es una parte importante de toda sociedad, porque si no hay una secuencia lógica de acción y castigo, la lección que relaciona acción censurable y castigo no se percibe.
A proposito de esto, recuerdo comentar que uno entiende como de cohesionada internamente está una sociedad en base a como se alinean estos tres grados. A su vez, uno entiende la dinámica interna de una sociedad viendo como se aplican. Alguien que sea observador se habrá dado cuenta de que, en los tres niveles, existe un elemento más; el margen de interpretación. Una acción sujeta a consecuencias legales debe ser una acción absoluta, evidente e irrebatible. Es blanco y negro. Mientras que, a medida que vamos bajando la escala, el margen de interpretación aumenta. La censura social puede ser ejercida o no y está sujeta a criterios muy variables. Hace veinte años ser gay te condenaba al ostracismo social más absoluto, mientras que ahora está tolerado. E incluso acciones totalmente reprensibles en una comunidad pueden ser aceptadas en otra, siendo un caso totalmente extremo el de las familias de los violadores de Rotherham, que consideraban que los hombres de su familia no habían hecho nada malo.
Y este es el siguiente elemento del que quería hablar. Las sociedades construyen sus normas de abajo arriba y de arriba abajo, principalmente por cuestiones de necesidad. Una sociedad de pastores nomadas en el desierto impondrá castigos absolutamente draconianos a aquellos que envenenen los pozos, poniendo en peligro a la comunidad presente y futura, mientras que puede ser más tolerante en cuestiones que a nosotros nos parecerían aberrantes. Nada existe en el vacío, todo es un equilibrio de necesidades y deseos. Pero es importante, para que vivamos con una cierta percepción de justicia, que nuestra visión cultural y la de aquellos de nuestro entorno estén alineadas con los de la comunidad en la que vivimos. En caso contrario, siempre surgirá una cuestión de legitimidad, que pondrá en riesgo toda capacidad de convivencia.
La segunda es la censura social. Son las cosas que no quieres que se enteren tus padres que has hecho. Aún no conllevan una acción legal, pero son cosas que ponen en peligro tu estatus y tus relaciones dentro de la comunidad. Relacionarse con una chica con una gran diferencia de edad, robar en el trabajo... seguro que se os ocurre algo que, si un amigo vuestro lo hiciera, os plantearíais si de verdad es el tipo de persona con la que queréis mantener una amistad.
La tercera son las consecuencias legales. Son acciones tan graves, que la sociedad considera que debe establecerse un procedimiento para castigar a cualquiera que las realice, con un castigo ejemplar que desincentive su ejecución. Y esto no es poca cosa. Incluso las dictaduras más bananeras tienen jueces y cortes, registros y procesos. La justicia como tal es una parte importante de toda sociedad, porque si no hay una secuencia lógica de acción y castigo, la lección que relaciona acción censurable y castigo no se percibe.
A proposito de esto, recuerdo comentar que uno entiende como de cohesionada internamente está una sociedad en base a como se alinean estos tres grados. A su vez, uno entiende la dinámica interna de una sociedad viendo como se aplican. Alguien que sea observador se habrá dado cuenta de que, en los tres niveles, existe un elemento más; el margen de interpretación. Una acción sujeta a consecuencias legales debe ser una acción absoluta, evidente e irrebatible. Es blanco y negro. Mientras que, a medida que vamos bajando la escala, el margen de interpretación aumenta. La censura social puede ser ejercida o no y está sujeta a criterios muy variables. Hace veinte años ser gay te condenaba al ostracismo social más absoluto, mientras que ahora está tolerado. E incluso acciones totalmente reprensibles en una comunidad pueden ser aceptadas en otra, siendo un caso totalmente extremo el de las familias de los violadores de Rotherham, que consideraban que los hombres de su familia no habían hecho nada malo.
Y este es el siguiente elemento del que quería hablar. Las sociedades construyen sus normas de abajo arriba y de arriba abajo, principalmente por cuestiones de necesidad. Una sociedad de pastores nomadas en el desierto impondrá castigos absolutamente draconianos a aquellos que envenenen los pozos, poniendo en peligro a la comunidad presente y futura, mientras que puede ser más tolerante en cuestiones que a nosotros nos parecerían aberrantes. Nada existe en el vacío, todo es un equilibrio de necesidades y deseos. Pero es importante, para que vivamos con una cierta percepción de justicia, que nuestra visión cultural y la de aquellos de nuestro entorno estén alineadas con los de la comunidad en la que vivimos. En caso contrario, siempre surgirá una cuestión de legitimidad, que pondrá en riesgo toda capacidad de convivencia.
Vuelta a la oscuridad
Hoy fui de vueltecita a mi trabajo a arreglar algunas cosas y, lo primero que pensé, fue que feas son las calles. Es curioso. No solemos pensar mucho en como el entorno nos afecta moralmente, más allá del clima o el ruido o cosas así como muy extremas. Pero por debajo de eso existe una sensibilidad de fondo, de lo que vemos y como lo vemos. En mi caso, que aún estoy medio fino y no tengo el cerebro totalmente embotado de estrés, hoy me permitió darme cuenta de algo que Javi Franco explica muy bien.
El metro quita años de vida.
Al principio de moverme a ciudades grandes me sentí fascinado por el metro. Wow. Transporte público barato, masivo, rápido. En un entorno cerrado y oscuro, como de película. Pero enseguida perdió la novedad, claro. El metro es muy buen ejemplo de las ciudades grandes y de como se perciben. Y a su vez, de diferencias sociales. Cualquiera que puede permitirselo evita el metro, eligiendo el coche, lo que conlleva atascos y tráfico infernal. Los que no tenemos más remedio que ir bajo tierra, nos reunimos en cábalas oscuras, deprimentes, de gente enganchada a su móvil evitando mirarse los unos a los otros. Estudiantes y jubilados, gente de bajos ingresos, el metro es un lugar cuando menos curioso. Y efectivamente el estar a la defensiva, el ruido... es una fuente más de estrés en un entorno de por sí bastante estresante.
Pero no es solo eso. Hace unos meses me di cuenta de que aquí las calles no están empedradas. Son de una película de asfalto, igual a la carretera, y se rompen bastante a menudo. Tampoco están lisas, con lo que toda el mero hecho de andar implica una cierta dificultad. No que tengamos ochenta años, pero hace una semana yo iba al centro de la ciudad paseando, sin tener coches a treinta centimetros, por espacios amplios donde podía ver a mi alrededor y entre gente que no percibía como una amenaza, y eso se acabó. Es un buen recuerdo y, quizás en unos meses, vuelva a vivirlo.
Ahora toca otra situación. A la vuelta del trabajo pasé por el supermercado, donde muchísima gente paga en metálico porque tienen actividades económicas dificiles de declarar. Embozados y embozadas, adolescentes inquietantes, una de cada tres personas que te cruzas es una amenaza potencial. Sales a la calle y esquivas al loco, al borracho, al inquietante. Y una vez sales de allí llegas a tu calle, deseando entrar en casa, quitarte los zapatos y descansar un poco, antes de salir otra vez.
Semanas y meses de esto me esperan. Porque cuando llego al trabajo está un poco mejor.. hasta que la gente empieza a meterse en tu vida y querer arreglarte cosas que nadie le ha pedido que te arreglen. O a pasarte por la cara cosas que tu no tienes y que te gustaría tener.
En general, esto ha sido un guantazo de realidad. Y ahora que aún tengo el cerebro medio fino, antes de que las capas de estrés y las noches sin dormir me vuelvan a enterrar, aprovecho y escribo, reflexiono, pienso, vivo. El otro día decía un amigo mío que, dejar de leer, es algo que nos está pudriendo el alma. No le falta razón. Estas semanas que he podido descansar y encontrarme bien he sido más yo mismo; he cuidado de mi gente, he hecho cosas, hasta he tenido energía para algún proyecto futuro. No va a durar. Pero ha estado genial y lo celebro. Gracias a Carlos, gracias a Hanae, gracias a Sergio, Paco, David, Yoli y tantos y tantos que me han hecho sentir querido, valorado y especial. Gracias. Decía ayer Ira que me veo más alto, y es porque he dejado de andar encogido. Gracias.
El metro quita años de vida.
Al principio de moverme a ciudades grandes me sentí fascinado por el metro. Wow. Transporte público barato, masivo, rápido. En un entorno cerrado y oscuro, como de película. Pero enseguida perdió la novedad, claro. El metro es muy buen ejemplo de las ciudades grandes y de como se perciben. Y a su vez, de diferencias sociales. Cualquiera que puede permitirselo evita el metro, eligiendo el coche, lo que conlleva atascos y tráfico infernal. Los que no tenemos más remedio que ir bajo tierra, nos reunimos en cábalas oscuras, deprimentes, de gente enganchada a su móvil evitando mirarse los unos a los otros. Estudiantes y jubilados, gente de bajos ingresos, el metro es un lugar cuando menos curioso. Y efectivamente el estar a la defensiva, el ruido... es una fuente más de estrés en un entorno de por sí bastante estresante.
Pero no es solo eso. Hace unos meses me di cuenta de que aquí las calles no están empedradas. Son de una película de asfalto, igual a la carretera, y se rompen bastante a menudo. Tampoco están lisas, con lo que toda el mero hecho de andar implica una cierta dificultad. No que tengamos ochenta años, pero hace una semana yo iba al centro de la ciudad paseando, sin tener coches a treinta centimetros, por espacios amplios donde podía ver a mi alrededor y entre gente que no percibía como una amenaza, y eso se acabó. Es un buen recuerdo y, quizás en unos meses, vuelva a vivirlo.
Ahora toca otra situación. A la vuelta del trabajo pasé por el supermercado, donde muchísima gente paga en metálico porque tienen actividades económicas dificiles de declarar. Embozados y embozadas, adolescentes inquietantes, una de cada tres personas que te cruzas es una amenaza potencial. Sales a la calle y esquivas al loco, al borracho, al inquietante. Y una vez sales de allí llegas a tu calle, deseando entrar en casa, quitarte los zapatos y descansar un poco, antes de salir otra vez.
Semanas y meses de esto me esperan. Porque cuando llego al trabajo está un poco mejor.. hasta que la gente empieza a meterse en tu vida y querer arreglarte cosas que nadie le ha pedido que te arreglen. O a pasarte por la cara cosas que tu no tienes y que te gustaría tener.
En general, esto ha sido un guantazo de realidad. Y ahora que aún tengo el cerebro medio fino, antes de que las capas de estrés y las noches sin dormir me vuelvan a enterrar, aprovecho y escribo, reflexiono, pienso, vivo. El otro día decía un amigo mío que, dejar de leer, es algo que nos está pudriendo el alma. No le falta razón. Estas semanas que he podido descansar y encontrarme bien he sido más yo mismo; he cuidado de mi gente, he hecho cosas, hasta he tenido energía para algún proyecto futuro. No va a durar. Pero ha estado genial y lo celebro. Gracias a Carlos, gracias a Hanae, gracias a Sergio, Paco, David, Yoli y tantos y tantos que me han hecho sentir querido, valorado y especial. Gracias. Decía ayer Ira que me veo más alto, y es porque he dejado de andar encogido. Gracias.
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