La actividad social es un músculo entrenado, como tantísimas actividades. Cuando uno tiene poco, se oxida y cualquier cosa resulta un esfuerzo excesivo.
Sucede lo mismo con la planificación. Hoy tengo dos actividades. No son nada especial ni importante, de hecho son hasta cómodas. Pero todo el día gira en torno a ellas; hay que entrenar, comer y organizarse de forma que no fallemos. Así mismo, ya está en el horizonte la semana que viene de noches, cuando no dispondré de ningún minuto del día para mí. Así que hay que planear y organizar todo esta semana para que la que viene no me quede nada pendiente o que tenga que resolver.
Es terrible. Vivo ansioso por la ansiedad que llegará. Me preocupa lo que me tiene que preocupar en el futuro. Es absurdo y ridículo, pero en cierto sentido no puedo evitarlo, como un placebo que uno sabe que lo es, pero no por ello deja de hacer efecto.
El elemento principal es la falta de perspectiva. El musculo, poco entrenado, de estar en control de la vida propia aquí. Todo es reactivo, todo es miedo, todo me viene dado. Yo no decido, no dirijo, no actuo, no avanzo. Estoy coordinando alquilar un sitio. Hasta eso resulta una aventura, porque mi capacidad para desplazarme aquí no depende de mí; depende del metro, del taxi, de lo que yo pague y de que el entorno me lo permita. La conciencia, siendo dominada por el entorno. No me proyecto yo sobre mi situación; mi situación me empuja por todos lados, como una cascara de nuez en el mar.
Y así me siento. El pajaro no confía en la rama; confía en sus alas. Pero cuando tus alas no te permiten confiar... cada ráfaga de viento te hace clavar las garras en la rama, porque si se suelta te caes.
Sobreviviendo. No viviendo, sobreviviendo.
Cronicas de un hobbit ario
martes, 8 de septiembre de 2026
lunes, 7 de septiembre de 2026
Normas sociales
El otro día hablaba con una amiga que existen tres niveles de control social. La primera es la incomodidad social, lo que haces y la gente te mira mal, critica, les molesta. Son infracciones menores, como tirar la basura fuera de horario o aparcar el coche en doble fila un momento.
La segunda es la censura social. Son las cosas que no quieres que se enteren tus padres que has hecho. Aún no conllevan una acción legal, pero son cosas que ponen en peligro tu estatus y tus relaciones dentro de la comunidad. Relacionarse con una chica con una gran diferencia de edad, robar en el trabajo... seguro que se os ocurre algo que, si un amigo vuestro lo hiciera, os plantearíais si de verdad es el tipo de persona con la que queréis mantener una amistad.
La tercera son las consecuencias legales. Son acciones tan graves, que la sociedad considera que debe establecerse un procedimiento para castigar a cualquiera que las realice, con un castigo ejemplar que desincentive su ejecución. Y esto no es poca cosa. Incluso las dictaduras más bananeras tienen jueces y cortes, registros y procesos. La justicia como tal es una parte importante de toda sociedad, porque si no hay una secuencia lógica de acción y castigo, la lección que relaciona acción censurable y castigo no se percibe.
A proposito de esto, recuerdo comentar que uno entiende como de cohesionada internamente está una sociedad en base a como se alinean estos tres grados. A su vez, uno entiende la dinámica interna de una sociedad viendo como se aplican. Alguien que sea observador se habrá dado cuenta de que, en los tres niveles, existe un elemento más; el margen de interpretación. Una acción sujeta a consecuencias legales debe ser una acción absoluta, evidente e irrebatible. Es blanco y negro. Mientras que, a medida que vamos bajando la escala, el margen de interpretación aumenta. La censura social puede ser ejercida o no y está sujeta a criterios muy variables. Hace veinte años ser gay te condenaba al ostracismo social más absoluto, mientras que ahora está tolerado. E incluso acciones totalmente reprensibles en una comunidad pueden ser aceptadas en otra, siendo un caso totalmente extremo el de las familias de los violadores de Rotherham, que consideraban que los hombres de su familia no habían hecho nada malo.
Y este es el siguiente elemento del que quería hablar. Las sociedades construyen sus normas de abajo arriba y de arriba abajo, principalmente por cuestiones de necesidad. Una sociedad de pastores nomadas en el desierto impondrá castigos absolutamente draconianos a aquellos que envenenen los pozos, poniendo en peligro a la comunidad presente y futura, mientras que puede ser más tolerante en cuestiones que a nosotros nos parecerían aberrantes. Nada existe en el vacío, todo es un equilibrio de necesidades y deseos. Pero es importante, para que vivamos con una cierta percepción de justicia, que nuestra visión cultural y la de aquellos de nuestro entorno estén alineadas con los de la comunidad en la que vivimos. En caso contrario, siempre surgirá una cuestión de legitimidad, que pondrá en riesgo toda capacidad de convivencia.
La segunda es la censura social. Son las cosas que no quieres que se enteren tus padres que has hecho. Aún no conllevan una acción legal, pero son cosas que ponen en peligro tu estatus y tus relaciones dentro de la comunidad. Relacionarse con una chica con una gran diferencia de edad, robar en el trabajo... seguro que se os ocurre algo que, si un amigo vuestro lo hiciera, os plantearíais si de verdad es el tipo de persona con la que queréis mantener una amistad.
La tercera son las consecuencias legales. Son acciones tan graves, que la sociedad considera que debe establecerse un procedimiento para castigar a cualquiera que las realice, con un castigo ejemplar que desincentive su ejecución. Y esto no es poca cosa. Incluso las dictaduras más bananeras tienen jueces y cortes, registros y procesos. La justicia como tal es una parte importante de toda sociedad, porque si no hay una secuencia lógica de acción y castigo, la lección que relaciona acción censurable y castigo no se percibe.
A proposito de esto, recuerdo comentar que uno entiende como de cohesionada internamente está una sociedad en base a como se alinean estos tres grados. A su vez, uno entiende la dinámica interna de una sociedad viendo como se aplican. Alguien que sea observador se habrá dado cuenta de que, en los tres niveles, existe un elemento más; el margen de interpretación. Una acción sujeta a consecuencias legales debe ser una acción absoluta, evidente e irrebatible. Es blanco y negro. Mientras que, a medida que vamos bajando la escala, el margen de interpretación aumenta. La censura social puede ser ejercida o no y está sujeta a criterios muy variables. Hace veinte años ser gay te condenaba al ostracismo social más absoluto, mientras que ahora está tolerado. E incluso acciones totalmente reprensibles en una comunidad pueden ser aceptadas en otra, siendo un caso totalmente extremo el de las familias de los violadores de Rotherham, que consideraban que los hombres de su familia no habían hecho nada malo.
Y este es el siguiente elemento del que quería hablar. Las sociedades construyen sus normas de abajo arriba y de arriba abajo, principalmente por cuestiones de necesidad. Una sociedad de pastores nomadas en el desierto impondrá castigos absolutamente draconianos a aquellos que envenenen los pozos, poniendo en peligro a la comunidad presente y futura, mientras que puede ser más tolerante en cuestiones que a nosotros nos parecerían aberrantes. Nada existe en el vacío, todo es un equilibrio de necesidades y deseos. Pero es importante, para que vivamos con una cierta percepción de justicia, que nuestra visión cultural y la de aquellos de nuestro entorno estén alineadas con los de la comunidad en la que vivimos. En caso contrario, siempre surgirá una cuestión de legitimidad, que pondrá en riesgo toda capacidad de convivencia.
Vuelta a la oscuridad
Hoy fui de vueltecita a mi trabajo a arreglar algunas cosas y, lo primero que pensé, fue que feas son las calles. Es curioso. No solemos pensar mucho en como el entorno nos afecta moralmente, más allá del clima o el ruido o cosas así como muy extremas. Pero por debajo de eso existe una sensibilidad de fondo, de lo que vemos y como lo vemos. En mi caso, que aún estoy medio fino y no tengo el cerebro totalmente embotado de estrés, hoy me permitió darme cuenta de algo que Javi Franco explica muy bien.
El metro quita años de vida.
Al principio de moverme a ciudades grandes me sentí fascinado por el metro. Wow. Transporte público barato, masivo, rápido. En un entorno cerrado y oscuro, como de película. Pero enseguida perdió la novedad, claro. El metro es muy buen ejemplo de las ciudades grandes y de como se perciben. Y a su vez, de diferencias sociales. Cualquiera que puede permitirselo evita el metro, eligiendo el coche, lo que conlleva atascos y tráfico infernal. Los que no tenemos más remedio que ir bajo tierra, nos reunimos en cábalas oscuras, deprimentes, de gente enganchada a su móvil evitando mirarse los unos a los otros. Estudiantes y jubilados, gente de bajos ingresos, el metro es un lugar cuando menos curioso. Y efectivamente el estar a la defensiva, el ruido... es una fuente más de estrés en un entorno de por sí bastante estresante.
Pero no es solo eso. Hace unos meses me di cuenta de que aquí las calles no están empedradas. Son de una película de asfalto, igual a la carretera, y se rompen bastante a menudo. Tampoco están lisas, con lo que toda el mero hecho de andar implica una cierta dificultad. No que tengamos ochenta años, pero hace una semana yo iba al centro de la ciudad paseando, sin tener coches a treinta centimetros, por espacios amplios donde podía ver a mi alrededor y entre gente que no percibía como una amenaza, y eso se acabó. Es un buen recuerdo y, quizás en unos meses, vuelva a vivirlo.
Ahora toca otra situación. A la vuelta del trabajo pasé por el supermercado, donde muchísima gente paga en metálico porque tienen actividades económicas dificiles de declarar. Embozados y embozadas, adolescentes inquietantes, una de cada tres personas que te cruzas es una amenaza potencial. Sales a la calle y esquivas al loco, al borracho, al inquietante. Y una vez sales de allí llegas a tu calle, deseando entrar en casa, quitarte los zapatos y descansar un poco, antes de salir otra vez.
Semanas y meses de esto me esperan. Porque cuando llego al trabajo está un poco mejor.. hasta que la gente empieza a meterse en tu vida y querer arreglarte cosas que nadie le ha pedido que te arreglen. O a pasarte por la cara cosas que tu no tienes y que te gustaría tener.
En general, esto ha sido un guantazo de realidad. Y ahora que aún tengo el cerebro medio fino, antes de que las capas de estrés y las noches sin dormir me vuelvan a enterrar, aprovecho y escribo, reflexiono, pienso, vivo. El otro día decía un amigo mío que, dejar de leer, es algo que nos está pudriendo el alma. No le falta razón. Estas semanas que he podido descansar y encontrarme bien he sido más yo mismo; he cuidado de mi gente, he hecho cosas, hasta he tenido energía para algún proyecto futuro. No va a durar. Pero ha estado genial y lo celebro. Gracias a Carlos, gracias a Hanae, gracias a Sergio, Paco, David, Yoli y tantos y tantos que me han hecho sentir querido, valorado y especial. Gracias. Decía ayer Ira que me veo más alto, y es porque he dejado de andar encogido. Gracias.
El metro quita años de vida.
Al principio de moverme a ciudades grandes me sentí fascinado por el metro. Wow. Transporte público barato, masivo, rápido. En un entorno cerrado y oscuro, como de película. Pero enseguida perdió la novedad, claro. El metro es muy buen ejemplo de las ciudades grandes y de como se perciben. Y a su vez, de diferencias sociales. Cualquiera que puede permitirselo evita el metro, eligiendo el coche, lo que conlleva atascos y tráfico infernal. Los que no tenemos más remedio que ir bajo tierra, nos reunimos en cábalas oscuras, deprimentes, de gente enganchada a su móvil evitando mirarse los unos a los otros. Estudiantes y jubilados, gente de bajos ingresos, el metro es un lugar cuando menos curioso. Y efectivamente el estar a la defensiva, el ruido... es una fuente más de estrés en un entorno de por sí bastante estresante.
Pero no es solo eso. Hace unos meses me di cuenta de que aquí las calles no están empedradas. Son de una película de asfalto, igual a la carretera, y se rompen bastante a menudo. Tampoco están lisas, con lo que toda el mero hecho de andar implica una cierta dificultad. No que tengamos ochenta años, pero hace una semana yo iba al centro de la ciudad paseando, sin tener coches a treinta centimetros, por espacios amplios donde podía ver a mi alrededor y entre gente que no percibía como una amenaza, y eso se acabó. Es un buen recuerdo y, quizás en unos meses, vuelva a vivirlo.
Ahora toca otra situación. A la vuelta del trabajo pasé por el supermercado, donde muchísima gente paga en metálico porque tienen actividades económicas dificiles de declarar. Embozados y embozadas, adolescentes inquietantes, una de cada tres personas que te cruzas es una amenaza potencial. Sales a la calle y esquivas al loco, al borracho, al inquietante. Y una vez sales de allí llegas a tu calle, deseando entrar en casa, quitarte los zapatos y descansar un poco, antes de salir otra vez.
Semanas y meses de esto me esperan. Porque cuando llego al trabajo está un poco mejor.. hasta que la gente empieza a meterse en tu vida y querer arreglarte cosas que nadie le ha pedido que te arreglen. O a pasarte por la cara cosas que tu no tienes y que te gustaría tener.
En general, esto ha sido un guantazo de realidad. Y ahora que aún tengo el cerebro medio fino, antes de que las capas de estrés y las noches sin dormir me vuelvan a enterrar, aprovecho y escribo, reflexiono, pienso, vivo. El otro día decía un amigo mío que, dejar de leer, es algo que nos está pudriendo el alma. No le falta razón. Estas semanas que he podido descansar y encontrarme bien he sido más yo mismo; he cuidado de mi gente, he hecho cosas, hasta he tenido energía para algún proyecto futuro. No va a durar. Pero ha estado genial y lo celebro. Gracias a Carlos, gracias a Hanae, gracias a Sergio, Paco, David, Yoli y tantos y tantos que me han hecho sentir querido, valorado y especial. Gracias. Decía ayer Ira que me veo más alto, y es porque he dejado de andar encogido. Gracias.
La necesidad de explicarles a los demás como vivir
Hace un rato estaba viendo un video sobre una entrevista a una mujer, cuyas dos hijas hacen Onlyfans. ¿Hacen? ¿Trabajan? No tengo claro que verbo usar para referirse a dicha actividad. El caso es que, viendo los comentarios, había algunos indicando "estoy viendo la decadencia de Occidente" o "que miseria humana".
Señores, ¿son conscientes de que, sin demanda, no existe oferta? Si esa mujer plantea ese modelo de negocio, es porque entiende que es interesante. Si su afición es, no sé, hacer origami, no le van a entrevistar en la televisión porque Ud y sus hijos hagan origami y lo comercialicen. Que por cierto, la palabra española es "papiroflexia", y no tengo muy claro cual me gusta más. Probablemente ambas. Pero que me despisto.
Lo que quería decir. Dejando de lado que todo lo relacionado con la sexualidad ejerce un atractivo morboso importante, quizás deberiamos de plantearnos varias cosas ante la exposición en redes sociales.
Punto uno. La opinión de Alguien Alguienez_22 no le importa a nadie. O citando a un sabio "si lo que vas a decir no es mejor que el silencio que vas a romper, callate". Entiendo que todos nos sentimos protagonistas de nuestras historias y consideramos que, obviamente, nuestro punto de vista sobre cualquier tema es de una importancia capital. Para nosotros mismos. Quizás para nuestra familia y amigos. Pero a mí, que lo leo intentando aprender o descubrir algo, pues su opinión no me aporta nada.
Punto dos. Policia moral. Toda sociedad define reglas, y el mantenimiento de dichas reglas es responsabilidad de todos. Una sociedad sana es aquella que cuida y protege a sus miembros más débiles, que cuida los espacios comunes y cuyos miembros se preocupan los unos por los otros. Todo esto es sano y parece que contradice el punto uno, excepto en un pequeño detalle. ¿Quién define y protege esas reglas? Porque, si bien en terminos generales todos podemos estar de acuerdo, los particulares ya se ponen un poco más complicados y, en muchas ocasiones, no agradecen esas demostraciones de celo justiciero por parte de Alguien Alguienez_22. Es decir, que seguro que si Ud está en el salón de su casa y su madre, que piensa igual que Ud, lo vé indignarse dirá "qué bien educado está Alguien, he hecho bien mi trabajo", con lo que su compromiso moral con los valores de su sociedad se vé reforzado. Pero tengo una mala noticia para Ud, caballero. Internet no es el salón de su casa, aunque muchas veces Ud piense que es así.
Punto tres. Enfoque holístico. Esta es una palabra que, al igual que resiliencia, se puso de moda y se usa para todo. Pero en este caso, viene a decir que cuando uno enfoca un tema, es importante hacerlo desde varios puntos de vista y con diferentes perspectivas. La situación original habla de un modelo de negocio, de una situación familiar y de una visión de la intimidad y la sensualidad. Todos esos temas contienen diferentes elementos y deberían ser analizados en grupo y por separado. Si quiere, por así decirlo, descomponerlo por una parte y analizar solo una sección (no sé, ¿qué opino de que los padres orienten la carrera de los hijos?), es interesante. Pero intentar enfocar un asunto con tantas facetas desde un punto de vista solo, o simplificandolo hasta el extremo de que convertirlo en una carícatura, lo único que hace es desmerecer al autor del análisis/comentario. De la misma forma que hoy en día observamos noticias analizadas, no ya desde un sesgo cognitivo, sino directamente dirigidos a una narrativa concreta, esa suerte de buenos y malos, blancos y negros del que hablo en el punto dos se confirma aquí. De tal forma que un tema no da pie a un debate, sino una narrativa concreta da pie a un debate que da pie a una noticia. Hemos invertido el orden de los hechos, de forma que vivimos en camaras de eco donde, más que observar la realidad, la filtramos a nuestra visión del mundo. No traducimos, sino que mutilamos. Y eso, aplicado a un tema cualquiera, hace que sea muy pero muy difícil intentar establecer una conversación entre dos personas que no piensan exactamente igual.
Así pues, haganme un favor. Salgan a dar un paseo, tomen un poco el aire, disfruten de la vida. Y dejen de meterse en lo que los demás hacen, dicen, piensan o viven, si no es para aportar algo positivo a este mundo que ya está lleno de demasiada soledad, oscuridad, miedo y tristeza.
Señores, ¿son conscientes de que, sin demanda, no existe oferta? Si esa mujer plantea ese modelo de negocio, es porque entiende que es interesante. Si su afición es, no sé, hacer origami, no le van a entrevistar en la televisión porque Ud y sus hijos hagan origami y lo comercialicen. Que por cierto, la palabra española es "papiroflexia", y no tengo muy claro cual me gusta más. Probablemente ambas. Pero que me despisto.
Lo que quería decir. Dejando de lado que todo lo relacionado con la sexualidad ejerce un atractivo morboso importante, quizás deberiamos de plantearnos varias cosas ante la exposición en redes sociales.
Punto uno. La opinión de Alguien Alguienez_22 no le importa a nadie. O citando a un sabio "si lo que vas a decir no es mejor que el silencio que vas a romper, callate". Entiendo que todos nos sentimos protagonistas de nuestras historias y consideramos que, obviamente, nuestro punto de vista sobre cualquier tema es de una importancia capital. Para nosotros mismos. Quizás para nuestra familia y amigos. Pero a mí, que lo leo intentando aprender o descubrir algo, pues su opinión no me aporta nada.
Punto dos. Policia moral. Toda sociedad define reglas, y el mantenimiento de dichas reglas es responsabilidad de todos. Una sociedad sana es aquella que cuida y protege a sus miembros más débiles, que cuida los espacios comunes y cuyos miembros se preocupan los unos por los otros. Todo esto es sano y parece que contradice el punto uno, excepto en un pequeño detalle. ¿Quién define y protege esas reglas? Porque, si bien en terminos generales todos podemos estar de acuerdo, los particulares ya se ponen un poco más complicados y, en muchas ocasiones, no agradecen esas demostraciones de celo justiciero por parte de Alguien Alguienez_22. Es decir, que seguro que si Ud está en el salón de su casa y su madre, que piensa igual que Ud, lo vé indignarse dirá "qué bien educado está Alguien, he hecho bien mi trabajo", con lo que su compromiso moral con los valores de su sociedad se vé reforzado. Pero tengo una mala noticia para Ud, caballero. Internet no es el salón de su casa, aunque muchas veces Ud piense que es así.
Punto tres. Enfoque holístico. Esta es una palabra que, al igual que resiliencia, se puso de moda y se usa para todo. Pero en este caso, viene a decir que cuando uno enfoca un tema, es importante hacerlo desde varios puntos de vista y con diferentes perspectivas. La situación original habla de un modelo de negocio, de una situación familiar y de una visión de la intimidad y la sensualidad. Todos esos temas contienen diferentes elementos y deberían ser analizados en grupo y por separado. Si quiere, por así decirlo, descomponerlo por una parte y analizar solo una sección (no sé, ¿qué opino de que los padres orienten la carrera de los hijos?), es interesante. Pero intentar enfocar un asunto con tantas facetas desde un punto de vista solo, o simplificandolo hasta el extremo de que convertirlo en una carícatura, lo único que hace es desmerecer al autor del análisis/comentario. De la misma forma que hoy en día observamos noticias analizadas, no ya desde un sesgo cognitivo, sino directamente dirigidos a una narrativa concreta, esa suerte de buenos y malos, blancos y negros del que hablo en el punto dos se confirma aquí. De tal forma que un tema no da pie a un debate, sino una narrativa concreta da pie a un debate que da pie a una noticia. Hemos invertido el orden de los hechos, de forma que vivimos en camaras de eco donde, más que observar la realidad, la filtramos a nuestra visión del mundo. No traducimos, sino que mutilamos. Y eso, aplicado a un tema cualquiera, hace que sea muy pero muy difícil intentar establecer una conversación entre dos personas que no piensan exactamente igual.
Así pues, haganme un favor. Salgan a dar un paseo, tomen un poco el aire, disfruten de la vida. Y dejen de meterse en lo que los demás hacen, dicen, piensan o viven, si no es para aportar algo positivo a este mundo que ya está lleno de demasiada soledad, oscuridad, miedo y tristeza.
domingo, 6 de septiembre de 2026
Que loco se vé desde fuera
He ido a Cádiz unos días porque mi señora necesitaba espacio. Espacio físico, porque recibía visitas y no cabiamos. Así que me he ido unos días a casa, con un amigo... y cuando he vuelto no reconozco mi vida.
Recordaba cuando iba a Madrid y me pasaba parecido. Cuando descansaba tanto que no entendía volver. Que no sabía porqué la gente corría, no entendía porqué había tanto ruido... mentalmente ya me había ido y estaba reiniciando. Como si todo fuera nuevo.
En cierto sentido, me pasa eso. Y me doy cuenta de cuanto de mi éxito depende de mi estabilidad. De mi capacidad de dormir, comer, descansar. De poder parar y señalar cosas y decir "esto no es urgente" o "esto lo hacemos así".
También me doy cuenta de lo difícil que es el pensamiento abstracto cuando estás agotado. Cuando simplemente reaccionas y eres capaz de conectar información, de analizar cosas. Cuanto necesita uno dormir, comer, hacer algo más que estar delante de una pantalla. Llevo apenas un día aquí y ya me empiezo a notar agotado, ya me cansa. Pero lo que me cansa, sobre todo, es la desconexión.
Decía mi psicologo que la depresión es, basicamente, desconexión. Desconexión de tus objetivos, de tu vida, de tu gente, de tu espacio. Una vez aislas a una persona lo suficiente, ya no tienes que preocuparte de hacerle daño; ella sola se va a destrozar. El ser humano no está diseñado para estar solo y a la deriva. Necesitamos algo en lo que creer, alguna narrativa que nos dé sentido. Algo.
Apenas llevo aquí un día y ya lo noto. En Cádiz, incluso cuando estoy totalmente aburrido, me tumbo a leer y reinicio la cabeza. Hay ruido en la calle, gente que pasa, coches, conversaciones. Bajo al supermercado o a comprar el pan, y esa interacción lleva a otra. El sitio es agradable, puedo caminar, me apetece deambular. El sitio me mueve los pies.
También hay un clima de verdad. Me sorprendió que, debido a que no llevaba camisetas suficientes, pasé un par de días con ropa sucia. Y eso, que en principio era asqueroso e insoportable, al final no lo fue tanto. Me permitió reiniciar, conectar conmigo mismo. El hecho de que el entorno me afecte y eso no sea una amenaza es un cambio tremendo, te permite relajarte y verlo de otra manera.
Ha sido un tiempo maravilloso. Y se ha acabado. Y me quedan meses hasta que vuelva a tener un momento como ese. Ahora lo que toca son semanas de trabajo, soledad, frío, tristeza. De no tener conversaciones interesantes, de mirar hacía fuera y no hacía adentro. De no leer (han caído tres libros en semana y media), de no escuchar, de no pensar.
Es muy loco cuando estás fuera y lo ves desde allí. Sobre todo porque, aunque todo el mundo tiene su historia y cada historia es distinta, la tuya no se parece en nada. Así que durante un momento es como si fueras, mínimo, dos personas. Y al menos una de ellas no me acaba de caer bien.
Recordaba cuando iba a Madrid y me pasaba parecido. Cuando descansaba tanto que no entendía volver. Que no sabía porqué la gente corría, no entendía porqué había tanto ruido... mentalmente ya me había ido y estaba reiniciando. Como si todo fuera nuevo.
En cierto sentido, me pasa eso. Y me doy cuenta de cuanto de mi éxito depende de mi estabilidad. De mi capacidad de dormir, comer, descansar. De poder parar y señalar cosas y decir "esto no es urgente" o "esto lo hacemos así".
También me doy cuenta de lo difícil que es el pensamiento abstracto cuando estás agotado. Cuando simplemente reaccionas y eres capaz de conectar información, de analizar cosas. Cuanto necesita uno dormir, comer, hacer algo más que estar delante de una pantalla. Llevo apenas un día aquí y ya me empiezo a notar agotado, ya me cansa. Pero lo que me cansa, sobre todo, es la desconexión.
Decía mi psicologo que la depresión es, basicamente, desconexión. Desconexión de tus objetivos, de tu vida, de tu gente, de tu espacio. Una vez aislas a una persona lo suficiente, ya no tienes que preocuparte de hacerle daño; ella sola se va a destrozar. El ser humano no está diseñado para estar solo y a la deriva. Necesitamos algo en lo que creer, alguna narrativa que nos dé sentido. Algo.
Apenas llevo aquí un día y ya lo noto. En Cádiz, incluso cuando estoy totalmente aburrido, me tumbo a leer y reinicio la cabeza. Hay ruido en la calle, gente que pasa, coches, conversaciones. Bajo al supermercado o a comprar el pan, y esa interacción lleva a otra. El sitio es agradable, puedo caminar, me apetece deambular. El sitio me mueve los pies.
También hay un clima de verdad. Me sorprendió que, debido a que no llevaba camisetas suficientes, pasé un par de días con ropa sucia. Y eso, que en principio era asqueroso e insoportable, al final no lo fue tanto. Me permitió reiniciar, conectar conmigo mismo. El hecho de que el entorno me afecte y eso no sea una amenaza es un cambio tremendo, te permite relajarte y verlo de otra manera.
Ha sido un tiempo maravilloso. Y se ha acabado. Y me quedan meses hasta que vuelva a tener un momento como ese. Ahora lo que toca son semanas de trabajo, soledad, frío, tristeza. De no tener conversaciones interesantes, de mirar hacía fuera y no hacía adentro. De no leer (han caído tres libros en semana y media), de no escuchar, de no pensar.
Es muy loco cuando estás fuera y lo ves desde allí. Sobre todo porque, aunque todo el mundo tiene su historia y cada historia es distinta, la tuya no se parece en nada. Así que durante un momento es como si fueras, mínimo, dos personas. Y al menos una de ellas no me acaba de caer bien.
lunes, 17 de agosto de 2026
La necesidad de optimizar
He pasado un finde bastante agradable, de esos donde no se hace nada especial pero eso también está genial. Paseos, charla... muy buenos momentos. Hemos visto Serenity o Firefly, no me acuerdo, que está bastante entretenida. Y durante todo este fin de semana, estaba de fondo el rum rum de la optimización. De buscar la mejor combinación para llegar a un sitio, de encontrar el descuento para la comida, de hacer el camino de la forma más breve posible.
Y ojo, lo entiendo. Todos queremos ser eficaces, ahorrar, hacerlo bien. Pero llega un punto en el que uno está demasiado ocupado buscando "la mejor forma", en vez de disfrutar de lo que hace. Si a eso le sumamos el miedo a equivocarse "es que he comprado este teléfono, pero dos semanas después ha salido con un descuento del 20% en no se donde", ya es para tirarse por la ventana.
Vivimos solo una vez. Y nos vamos a equivocar, claro. Vamos a pagar más por algo, vamos a coger un camino equivocado, vamos a elegir cosas que luego resulta que no nos gustan o no nos sirven o... en la vida se cometen errores. Y no pasa nada. Pero cuando vivimos con la necesidad de hacer todo perfecto, y además hacerlo perfecto a la primera, no vivimos. Como decía el refrán, "lo mejor es enemigo de lo bueno", porque cuando uno tiene algo bueno pero quiere lo mejor... entonces deja de disfrutarlo. Es lo que decían en Las Uvas de la Ira sobre la riqueza. El hombre que no es feliz con dos mil hectareas no lo será con tres mil ni con diez mil. Porque lo que le impide ser feliz no es la limitación de medios materiales, es la busqueda constante de superar a sus iguales o de satisfacer un vacío interior.
Hay que quitarse vuelta y media. Hay que disfrutar del momento, de ser feliz, del ahora. Y hay que elegir sabiendo que disfrutamos lo que elegimos, escuchando a nuestra voz interior. Así es como no nos equivocamos. Haciendonos felices a nosotros mismos.
Y ojo, lo entiendo. Todos queremos ser eficaces, ahorrar, hacerlo bien. Pero llega un punto en el que uno está demasiado ocupado buscando "la mejor forma", en vez de disfrutar de lo que hace. Si a eso le sumamos el miedo a equivocarse "es que he comprado este teléfono, pero dos semanas después ha salido con un descuento del 20% en no se donde", ya es para tirarse por la ventana.
Vivimos solo una vez. Y nos vamos a equivocar, claro. Vamos a pagar más por algo, vamos a coger un camino equivocado, vamos a elegir cosas que luego resulta que no nos gustan o no nos sirven o... en la vida se cometen errores. Y no pasa nada. Pero cuando vivimos con la necesidad de hacer todo perfecto, y además hacerlo perfecto a la primera, no vivimos. Como decía el refrán, "lo mejor es enemigo de lo bueno", porque cuando uno tiene algo bueno pero quiere lo mejor... entonces deja de disfrutarlo. Es lo que decían en Las Uvas de la Ira sobre la riqueza. El hombre que no es feliz con dos mil hectareas no lo será con tres mil ni con diez mil. Porque lo que le impide ser feliz no es la limitación de medios materiales, es la busqueda constante de superar a sus iguales o de satisfacer un vacío interior.
Hay que quitarse vuelta y media. Hay que disfrutar del momento, de ser feliz, del ahora. Y hay que elegir sabiendo que disfrutamos lo que elegimos, escuchando a nuestra voz interior. Así es como no nos equivocamos. Haciendonos felices a nosotros mismos.
miércoles, 12 de agosto de 2026
Las bicicletas son para el verano II
Se me escapaba y no quería meterlo en el anterior artículo. Ayer por la noche estuve escribiendome con una vieja amiga, con la que hacía mucho que no charlaba. Y, poniendonos al día sobre la vida, surgió el mismo tema. "Moskis, igual puedes retirarte a los 50 entonces!". Es un deseo feliz de ella, no existe esa posibilidad ni remotamente.
Pero es que tampoco me lo he planteado. Cuando trabajaba embarcado, la gente fantaseaba con dejar de trabajar. "Ojalá jubilarme ya". El otro día en el trabajo, una compañera calculaba cuantos años le quedan. ¿Yo? A mí me gusta trabajar. Yo seguiría haciendolo aunque fuera rico. Llevo años diciendolo, y sabe Dios que mi trabajo me arranca el alma muchísimas veces... pero mi trabajo es parte de lo que soy. Y me gusta lo que soy.
Tengo un amigo al que lo han jubilado forzoso. Es algo que cada vez irá pasando más, viene con la edad, como cuando mi abuelo se levantaba y leía el obituario del diario, a ver quién faltaba para la revista de policia a primera hora.
Bajale una al morbo, por favor.
Lo que decía, que tengo un amigo al que han jubilado. Y mi amigo lo ha pasado fatal, porque, como decía Sergio, una cosa es que uno lo elija y otra que te lo impongan. Que es cambiar tu vida entera y somos animales de costumbres. Hay que transicionar, planear, ver lo que se hace... Es una transición de una forma de vida a la otra y, en seco, puede ser bastante duro.
Curiosamente, mi amiga ayer apuntaba a la cantidad de hobbies que tengo. Y pensaba, no equivocadamente, que mis hobbies son una forma de distracción. No son algo que define el nucleo de mi identidad, sino más bien algo accesorio, como mi gusto musical o mi facilidad para los idiomas.
En nuestra configuración humana, en la que muchas veces la identidad publica define la identidad privada, necesitamos algo que nos permita anclarnos al suelo. En mi caso, como en el de la mayoría de la gente, es lo que podemos hacer por los demás. Mi trabajo ha sido, durante mucho tiempo, una forma de expresión en ese sentido. Yo soy X, hago Y y viceversa. Esto se retroalimenta.
¿Si dejara de hacer Y? Pues probablemente me buscaría otra cosa que hacer y encontraría otra forma de expresión. Pero la libertad es vertiginosa. Con la libertad de hacer lo que queramos viene la responsabilidad de elegir lo que queremos hacer, y ahí no valen excusas. No sirve "es lo que me toca" o "estoy obligado". No. Nosotros elegimos. Y para la inmensa mayoría de la gente, y yo no creo que sea una excepción en ese sentido, la libertad sin límites obliga a una conversación interna que es terrorífica.
A propósito de eso, el otro día me encontré a Jess, una compañera que empezó a trabajar de lo nuestro. Y comentaba, de una forma un poco tangencial, que una cosa es verlo desde fuera y otra desde dentro. Que no le gusta, que es agotador. Y lo entiendo, tiene toda la razón. Pero algo parecido nos pasa con la idea de no trabajar. Desde fuera... sí claro, todo el tiempo del mundo para uno mismo.
Una vez dentro, nos obliga a rediseñarnos. Que es una oportunidad maravillosa, pero también un esfuerzo tremendo.
Como todo lo que merece la pena.
Pero es que tampoco me lo he planteado. Cuando trabajaba embarcado, la gente fantaseaba con dejar de trabajar. "Ojalá jubilarme ya". El otro día en el trabajo, una compañera calculaba cuantos años le quedan. ¿Yo? A mí me gusta trabajar. Yo seguiría haciendolo aunque fuera rico. Llevo años diciendolo, y sabe Dios que mi trabajo me arranca el alma muchísimas veces... pero mi trabajo es parte de lo que soy. Y me gusta lo que soy.
Tengo un amigo al que lo han jubilado forzoso. Es algo que cada vez irá pasando más, viene con la edad, como cuando mi abuelo se levantaba y leía el obituario del diario, a ver quién faltaba para la revista de policia a primera hora.
Bajale una al morbo, por favor.
Lo que decía, que tengo un amigo al que han jubilado. Y mi amigo lo ha pasado fatal, porque, como decía Sergio, una cosa es que uno lo elija y otra que te lo impongan. Que es cambiar tu vida entera y somos animales de costumbres. Hay que transicionar, planear, ver lo que se hace... Es una transición de una forma de vida a la otra y, en seco, puede ser bastante duro.
Curiosamente, mi amiga ayer apuntaba a la cantidad de hobbies que tengo. Y pensaba, no equivocadamente, que mis hobbies son una forma de distracción. No son algo que define el nucleo de mi identidad, sino más bien algo accesorio, como mi gusto musical o mi facilidad para los idiomas.
En nuestra configuración humana, en la que muchas veces la identidad publica define la identidad privada, necesitamos algo que nos permita anclarnos al suelo. En mi caso, como en el de la mayoría de la gente, es lo que podemos hacer por los demás. Mi trabajo ha sido, durante mucho tiempo, una forma de expresión en ese sentido. Yo soy X, hago Y y viceversa. Esto se retroalimenta.
¿Si dejara de hacer Y? Pues probablemente me buscaría otra cosa que hacer y encontraría otra forma de expresión. Pero la libertad es vertiginosa. Con la libertad de hacer lo que queramos viene la responsabilidad de elegir lo que queremos hacer, y ahí no valen excusas. No sirve "es lo que me toca" o "estoy obligado". No. Nosotros elegimos. Y para la inmensa mayoría de la gente, y yo no creo que sea una excepción en ese sentido, la libertad sin límites obliga a una conversación interna que es terrorífica.
A propósito de eso, el otro día me encontré a Jess, una compañera que empezó a trabajar de lo nuestro. Y comentaba, de una forma un poco tangencial, que una cosa es verlo desde fuera y otra desde dentro. Que no le gusta, que es agotador. Y lo entiendo, tiene toda la razón. Pero algo parecido nos pasa con la idea de no trabajar. Desde fuera... sí claro, todo el tiempo del mundo para uno mismo.
Una vez dentro, nos obliga a rediseñarnos. Que es una oportunidad maravillosa, pero también un esfuerzo tremendo.
Como todo lo que merece la pena.
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