Hace un momento me encontré un libro por casa, ordenando cosas. Un manual de un juego de rol. Y pensaba, que cuando recupere mi vida, estaría guay quedar con colegas para jugar a rol.
De repente, quiero hacer demasiadas cosas. Quiero salir, quiero quedar con gente, quiero viajar, quiero... quiero muchas cosas. Y eso es porque, durante los últimos días, trabajo, como y duermo. Esa carencia de espacio, de libertad, provoca el deseo de hacer cosas. Como el preso que mira por la ventana, y se promete que cuando salga hará todo eso que siempre quiso.
Es mentira. Cuando salga de la carcel, estará en otra carcel. Con otras reglas, otras normas... pero otra carcel. Ayer leía a Bauman citar a Brodsky sobre ello. Sobre como, con el tiempo, odiarás tu trabajo, tu mujer, tu vida. Y querrás otra. Y cuando tengas esa otra, la luz por la ventana te volverá a molestar.
El problema no está fuera. Está dentro. Como decían en "El retrato de Dorian Grey", con suerte, conocemos un momento de amor en la vida. Y lo demás, son intentos de repetirlo.
Lo busco en muchos sitios. En mi rutina de deporte. En mis quedadas con amigos. En el tiempo que paso con mi mujer. La felicidad nos esquiva, porque cuando estamos en el sitio pensamos en el otro sitio. La insatisfacción surge de nuestra incapacidad de centrarnos, de conectar. Aquí y ahora. El mejor momento, el mejor lugar, es aquí y ahora. Porque es donde estamos. Y porque es donde vamos hacer lo que queremos, debemos. Lo que podemos.
Es facil decirlo, claro. "Aprovecha el momento". ¿Qué momento? No tengo tiempo, dinero, amigos, espacio, ropa, X. La carencia para conseguir algo nos frustra y alimenta el deseo de lo siguiente. La evasión, como un alivio de la frustación, el estrés, el miedo. El presente que no disfrutamos, porque siempre falta una pieza para que el puzzle haga click.
Es una tontería. Nunca serás tan joven como ahora, nunca serás tan... - insertar frase motivadora X -. Lo que puñetas sea que te funcione, hazlo.
En mi caso, el manual de rol vuelve a su estantería. ¿Algún día lo usaré? Ojalá. Mi realidad actual no lo permite pero, citando a un colega, "no come pan". Así que el libro se queda en la estanteria. En mi siguiente interacción, una vez elimine el ruido que tengo y recupere el control de mi vida... entonces será otra cosa.
Pero se acaba. Estoy cansado de la pasividad, estoy cansado de reaccionar, estoy cansado de aceptar. Mi vida no la va a vivir nadie por mí y, si se acaba de repente, quiero que lo haga con la certeza de que he vivido como creía que debía vivir. No como me fui adaptando, después de recibir un guantazo, y otro, y otro. En algún momento tengo que asumir la responsabilidad de mí mismo.
Como decía Autumn Christian en Twitter, "deja de culpar a los demás de tus decisiones vitales". Tu eres tu propio dueño.
Cronicas de un hobbit ario
jueves, 29 de octubre de 2026
lunes, 26 de octubre de 2026
Engagement. Nivel de implicación
Me acaba de pasar algo super curioso. En una hora y algo salgo para el trabajo, a por la primera de una serie de siete noches. Doce horas. Más unas dos-tres diarias de viaje ida y vuelta. Llevo haciendo esto durante dos años... y no me acostumbro. La gestión del tiempo, de la vida, es curiosisima.
Me imagino que debe ser algo parecido a lo que le pasa a la gente que está en la carcel en tercer grado. Porque mi trabajo no es un trabajo "normal". Estas horas son horas que deben ser cubiertas y lo que queda, realmente, es comer, dormir y quizás hacer algo de ejercicio. Una rutina que haga que la vida sea soportable. O que tengo algo de control sobre algo. Aunque realmente no lo tenga.
Lo que me ha pasado, y da origen al título de este post, es que no sé que hacer. Tengo la que va a ser mi última hora libre en... siete días. Y no quiero ponerme con un juego, porque lo dejaré a medias. No quiero ponerme a pintar, porque no acabaré. No quiero empezar nada que sé que no terminaré. Porque una cosa es cuando la vida te reinicia o interrumpe, que es lo que hay, y otra cosa es cuando eres plenamente consciente de que, si pones una lavadora, no podrás recogerla hasta mañana. Quizás.
Además, me pasa otra cosa muy curiosa. Me meto tan dentro de mí mismo, que luego me cuesta salir. Es decir, hoy por ejemplo sé que quiero jugar a este juego. Dentro de una semana, cuando acabe, ni me acordaré de qué juego era. No sé como me siento, ni qué me gusta... en cierto sentido, cada semana reinicio. Lo cual es algo bastante extraño, porque esta semana estoy vivo. Sigo pensando, sigo hablando, sigo interactuando con el mundo. No estoy metido en una caja, aunque a veces lo parezca. En mi trabajo, a veces, hablo con gente. Pasan cosas. Pero nada es real, todo tiene una sensación como de... segunda mano, de prestado.
A veces me mando emails a mí mismo. "Mirate este libro" o "busca esta serie". Cuando pasa la semana y los miro, es como... ¿por qué me mandé esto a mí mismo? Me he convertido en un desconocido para mí mismo.
La depresión es desconexión. Y es muy difícil permanecer conectado a algo cuando te mueven el suelo cada par de semanas. Al menos ahora parece que tengo algo de aire, y si Dios quiere antes de que acabe el año veré a algunos colegas y haré alguna cosa. Pero es agotador. Es agotador no saber quién ni qué eres, qué te gusta, qué quieres...
Bueno. Irá pasando. El cansancio físico afecta a la cabeza, pero lo bueno es que se pasa. Y luego, como decían las Bene Gesserit, estaré yo.
Me imagino que debe ser algo parecido a lo que le pasa a la gente que está en la carcel en tercer grado. Porque mi trabajo no es un trabajo "normal". Estas horas son horas que deben ser cubiertas y lo que queda, realmente, es comer, dormir y quizás hacer algo de ejercicio. Una rutina que haga que la vida sea soportable. O que tengo algo de control sobre algo. Aunque realmente no lo tenga.
Lo que me ha pasado, y da origen al título de este post, es que no sé que hacer. Tengo la que va a ser mi última hora libre en... siete días. Y no quiero ponerme con un juego, porque lo dejaré a medias. No quiero ponerme a pintar, porque no acabaré. No quiero empezar nada que sé que no terminaré. Porque una cosa es cuando la vida te reinicia o interrumpe, que es lo que hay, y otra cosa es cuando eres plenamente consciente de que, si pones una lavadora, no podrás recogerla hasta mañana. Quizás.
Además, me pasa otra cosa muy curiosa. Me meto tan dentro de mí mismo, que luego me cuesta salir. Es decir, hoy por ejemplo sé que quiero jugar a este juego. Dentro de una semana, cuando acabe, ni me acordaré de qué juego era. No sé como me siento, ni qué me gusta... en cierto sentido, cada semana reinicio. Lo cual es algo bastante extraño, porque esta semana estoy vivo. Sigo pensando, sigo hablando, sigo interactuando con el mundo. No estoy metido en una caja, aunque a veces lo parezca. En mi trabajo, a veces, hablo con gente. Pasan cosas. Pero nada es real, todo tiene una sensación como de... segunda mano, de prestado.
A veces me mando emails a mí mismo. "Mirate este libro" o "busca esta serie". Cuando pasa la semana y los miro, es como... ¿por qué me mandé esto a mí mismo? Me he convertido en un desconocido para mí mismo.
La depresión es desconexión. Y es muy difícil permanecer conectado a algo cuando te mueven el suelo cada par de semanas. Al menos ahora parece que tengo algo de aire, y si Dios quiere antes de que acabe el año veré a algunos colegas y haré alguna cosa. Pero es agotador. Es agotador no saber quién ni qué eres, qué te gusta, qué quieres...
Bueno. Irá pasando. El cansancio físico afecta a la cabeza, pero lo bueno es que se pasa. Y luego, como decían las Bene Gesserit, estaré yo.
miércoles, 21 de octubre de 2026
Llenando el vacio con cosas
Esto va un poco en la línea de lo que escribí el otro día sobre "para qué necesito más muñecos".
Es un efecto secundario del aburrimiento. Te quedas en casa, leyendo o viendo cosas en internet y... ¿por qué no comprar algo? Para salir de tu rutina, para tener un proyecto, para motivarte. Y poco a poco te vas convenciendo a ti mismo. Que interesante, mira esto... empiezas a fantasear con lo que harías. Hasta que llega un momento en que "necesitas" lo que sea.
No, no necesitas nada. Necesitas salir a la calle, ver gente, hacer deporte, divertirte. Necesitas reírte en torno a una cerveza, necesitas conectar con gente, necesitas ser tu mismo. Necesitas disfrutar de la vida y vivir.
Es un efecto secundario del aburrimiento. Te quedas en casa, leyendo o viendo cosas en internet y... ¿por qué no comprar algo? Para salir de tu rutina, para tener un proyecto, para motivarte. Y poco a poco te vas convenciendo a ti mismo. Que interesante, mira esto... empiezas a fantasear con lo que harías. Hasta que llega un momento en que "necesitas" lo que sea.
No, no necesitas nada. Necesitas salir a la calle, ver gente, hacer deporte, divertirte. Necesitas reírte en torno a una cerveza, necesitas conectar con gente, necesitas ser tu mismo. Necesitas disfrutar de la vida y vivir.
martes, 20 de octubre de 2026
Sobre moviles y desconexión
El otro día hablaba con un amigo, que lo está pasando bastante mal, sobre como la depresión es desconexión, algo sobre lo que ya he hablado hace poco en el blog. El caso es que llevo unos días bastante desconectado. Y no me funciona nada. No consigo "tocar hierba" o sentirme presente. Y pensaba en algo que decía hace tiempo. "Si me ves mucho tiempo conectado, malo. Porque significa que no tengo algo mejor que hacer".
El móvil nos mantiene en una especie de suspenso, ni vivos ni muertos. Nos hace pensar que estamos "conectados" con gente, pero solo es una pantalla. Nos hace sentir que estamos activos, pero no nos movemos. Al final, toda esta constante exposición a luz blanca/azul, donde se supone que vivimos es... Matrix.
No estamos conectados a nada. No estamos haciendo nada. Simplemente, nuestro cerebro alimenta la ilusión de que vivimos. Y poco a poco, hora a hora, día a día, nos marchitamos como plantas alejadas del sol y del agua.
Porque efectivamente es así, el móvil es un placebo. Es una forma de no enfocar nuestra realidad, de no ver lo que no nos gusta. Hace falta aburrirse. Hace falta mirar por la ventana viendo como llueve, quedarse tumbado sin nada que hacer. Dejar que el cerebro deambule.
Y caminar. Hay que andar, hay que ver, hay que tocar. Hay que hacer cosas reales, porque nos disociamos en una realidad de mentira donde no somos nada. Donde no somos.
Es muy facil caer en pensamientos oscuros, en soledad, en tristeza, cuando no hay nada que te conecte con tu entorno. Cuando tu identidad, esa que está externalizada y se compone de reflejos de ti mismo, devueltos por la gente y el entorno con el que te relacionas, no existen. Cuando, como un vampiro, te miras en un espejo que no te devuelve nada.
Porque esa es la trampa del movil y de las redes sociales. Tu eres un receptor, no un emisor. E incluso cuando emites, es en una camara de eco, con relaciones donde el contacto existe solo en un plano, como si fueras un dibujito animado en un folio, sin profundidad. Tu identidad empieza a deslavazarse, salvo que tengas la suerte de contactar con un amigo de verdad a través de ese medio y... sinceramente, el grado de concentración que exige eso no es el que estamos empleando la mayor parte del tiempo que pasamos doomscrolling. Mirando al móvil para no ver las calles sucias y feas alrededor, la basura, la gente hostil... mejor concentrarnos en algo agradable, evadirnos. Escondernos en el agujero de conejo, viendo videos o escuchando musica o recibiendo anuncios. Siendo otro objeto de consumo. Siendo otro objeto.
Echo de menos vivir. Echo de menos salir a la calle y charlar con gente. Hacer deporte en un sitio que me guste. Participar de una actividad con gente con la que quiero compartir el tiempo y la actividad. Echo de menos sentir que pertenezco a algo y que la gente me reconoce y yo los reconozco. "En mi mundo hay...". Eres. Existes.
Y mientras, sigo disolviendome en una pantalla, moviendo cubos de colores y preguntandome qué hice mal, mientras miro al reloj y deseo que las horas vuelen y pronto llegue al otro lado.
El móvil nos mantiene en una especie de suspenso, ni vivos ni muertos. Nos hace pensar que estamos "conectados" con gente, pero solo es una pantalla. Nos hace sentir que estamos activos, pero no nos movemos. Al final, toda esta constante exposición a luz blanca/azul, donde se supone que vivimos es... Matrix.
No estamos conectados a nada. No estamos haciendo nada. Simplemente, nuestro cerebro alimenta la ilusión de que vivimos. Y poco a poco, hora a hora, día a día, nos marchitamos como plantas alejadas del sol y del agua.
Porque efectivamente es así, el móvil es un placebo. Es una forma de no enfocar nuestra realidad, de no ver lo que no nos gusta. Hace falta aburrirse. Hace falta mirar por la ventana viendo como llueve, quedarse tumbado sin nada que hacer. Dejar que el cerebro deambule.
Y caminar. Hay que andar, hay que ver, hay que tocar. Hay que hacer cosas reales, porque nos disociamos en una realidad de mentira donde no somos nada. Donde no somos.
Es muy facil caer en pensamientos oscuros, en soledad, en tristeza, cuando no hay nada que te conecte con tu entorno. Cuando tu identidad, esa que está externalizada y se compone de reflejos de ti mismo, devueltos por la gente y el entorno con el que te relacionas, no existen. Cuando, como un vampiro, te miras en un espejo que no te devuelve nada.
Porque esa es la trampa del movil y de las redes sociales. Tu eres un receptor, no un emisor. E incluso cuando emites, es en una camara de eco, con relaciones donde el contacto existe solo en un plano, como si fueras un dibujito animado en un folio, sin profundidad. Tu identidad empieza a deslavazarse, salvo que tengas la suerte de contactar con un amigo de verdad a través de ese medio y... sinceramente, el grado de concentración que exige eso no es el que estamos empleando la mayor parte del tiempo que pasamos doomscrolling. Mirando al móvil para no ver las calles sucias y feas alrededor, la basura, la gente hostil... mejor concentrarnos en algo agradable, evadirnos. Escondernos en el agujero de conejo, viendo videos o escuchando musica o recibiendo anuncios. Siendo otro objeto de consumo. Siendo otro objeto.
Echo de menos vivir. Echo de menos salir a la calle y charlar con gente. Hacer deporte en un sitio que me guste. Participar de una actividad con gente con la que quiero compartir el tiempo y la actividad. Echo de menos sentir que pertenezco a algo y que la gente me reconoce y yo los reconozco. "En mi mundo hay...". Eres. Existes.
Y mientras, sigo disolviendome en una pantalla, moviendo cubos de colores y preguntandome qué hice mal, mientras miro al reloj y deseo que las horas vuelen y pronto llegue al otro lado.
martes, 13 de octubre de 2026
La paz derivada de la aceptación
Desde que estuve en Cádiz con Carlos, he conseguido alcanzar un estado mental de aceptación que me viene muy bien para enfrentar muchos de los problemas de mi vida. De una vida que no me gusta, pero en la que tengo que trabajar porque es donde mis decisiones vitales me han metido.
Y desde esa postura, de aprender lo que he hecho mal y corregirlo para no volver a hacerlo, estoy enfrentando situaciones actuales que, hace apenas unos meses, me habrían generado un agobio insoportable.
Ayer tuve una bronca muy mala. Una bronca generada del cansancio acumulado y de las expectativas. Como decía Jimmy Carr, las expectativas son agravios futuros. Hablad. Decid que queréis, como lo queréis, expresad vuestros deseos. Comunicaros. Así que ayer, después de hacer un esfuerzo de introspección grande sobre qué quiero y qué no quiero, llegué a casa y me planté con mi costilla, a aclarar cosas. En primer lugar, a intentar ayudarla a ella, porque su visión del mundo y de la gente es lesiva principaplmente para ella misma. Pero en segundo lugar y sobre todo, para defenderme a mí mismo.
Todos, cuando nacemos, venimos con una carga de expectativas. Nuestros padres quieren algo de nosotros, nuestros profesores, nuestros amigos. El mundo, a nuestro alrededor, va a intentar confeccionarnos en una determinada forma y medida. Y depende de nosotros elegir si queremos encajar en ella o no.
Yo, hace muchísimos años, decidí que iba a ser yo quién eligiera como quiero vivir. Hay cosas que comparto plenamente y participo con todo, y cosas que no comparto en absoluto y con las que me niego a participar. Y es una decisión consciente, de la que estoy dispuesto a pagar las consecuencias. Si no, no lo haría.
El problema viene cuando la persona que tienes al lado, constantemente, está moviendo la porteria. Cuando acordáis unas condiciones y, por lo que sea, decide aumentar la apuesta. Una vez. Otra vez. Otra vez. Suele pasar con padres ambiciosos, que nunca están satisfechos con lo que consigues. Y pocas cosas son más terribles que escuchar, para alguien como yo, " lo normal ". Porque lo normal es una convención, es algo que elegimos aceptar. Yo puedo reconocer lo normal, pero no tengo porqué comulgar con ello.
Y ahí empiezan los problemas. Cuando lo que se espera de mí no es realizable, pero la otra parte no lo quiere ver. Cuando, como le pasaba a mi colega Carlos, das el 200% de ti para satisfacer lo que crees que deberías, pero para los demás eso se convierte en un miércoles. Y claro, te desgastas, de forma constante, haciendo esfuerzos que nadie valora, porque ellos no lo perciben como esfuerzos. Y entra el desequilibrio, entre lo que te está costando lo que das, y lo que está recibiendo la otra persona. Ineficiencias. Calor que se disipa en el aire.
Por poner un ejemplo, mi costilla hace un esfuerzo tremendo para preparar la cena cuando yo llego a casa. Y a mí me da igual. Llego tan cansado que podría cenar un trozo de pan e irme a dormir, no me importa. Pero a ella le desgasta mucho, porque para ella eso es importante. Desajustes. Son corregibles, si existe voluntad, dialogo y capacidad de adaptación. Si no, es una fricción constante.
Pero he hecho las paces con eso. Si de algo me sirvió leer a Marco Aurelio es para entender que, muchas veces, el sufrimiento es una elección. El dolor es inevitable, el cuerpo te manda la señal. Pero podemos poner el foco en ello o poner el foco en otra cosa, y dejar que pase a través de nosotros.
Yo estoy tranquilo. Soy una buena persona. Hago las cosas hasta el límite de mis capacidades. Y si no es suficiente para alguien, entonces quizás esa persona no debería estar en mi vida, ni yo en la suya. Es una cuestión de ajustes. Y sí se quiere, se puede. Como decía Autumn Christian en X, "No divorciarse es una opción". Pero es una opción que debe ser tomada, conscientemente.
Y desde esa postura, de aprender lo que he hecho mal y corregirlo para no volver a hacerlo, estoy enfrentando situaciones actuales que, hace apenas unos meses, me habrían generado un agobio insoportable.
Ayer tuve una bronca muy mala. Una bronca generada del cansancio acumulado y de las expectativas. Como decía Jimmy Carr, las expectativas son agravios futuros. Hablad. Decid que queréis, como lo queréis, expresad vuestros deseos. Comunicaros. Así que ayer, después de hacer un esfuerzo de introspección grande sobre qué quiero y qué no quiero, llegué a casa y me planté con mi costilla, a aclarar cosas. En primer lugar, a intentar ayudarla a ella, porque su visión del mundo y de la gente es lesiva principaplmente para ella misma. Pero en segundo lugar y sobre todo, para defenderme a mí mismo.
Todos, cuando nacemos, venimos con una carga de expectativas. Nuestros padres quieren algo de nosotros, nuestros profesores, nuestros amigos. El mundo, a nuestro alrededor, va a intentar confeccionarnos en una determinada forma y medida. Y depende de nosotros elegir si queremos encajar en ella o no.
Yo, hace muchísimos años, decidí que iba a ser yo quién eligiera como quiero vivir. Hay cosas que comparto plenamente y participo con todo, y cosas que no comparto en absoluto y con las que me niego a participar. Y es una decisión consciente, de la que estoy dispuesto a pagar las consecuencias. Si no, no lo haría.
El problema viene cuando la persona que tienes al lado, constantemente, está moviendo la porteria. Cuando acordáis unas condiciones y, por lo que sea, decide aumentar la apuesta. Una vez. Otra vez. Otra vez. Suele pasar con padres ambiciosos, que nunca están satisfechos con lo que consigues. Y pocas cosas son más terribles que escuchar, para alguien como yo, " lo normal ". Porque lo normal es una convención, es algo que elegimos aceptar. Yo puedo reconocer lo normal, pero no tengo porqué comulgar con ello.
Y ahí empiezan los problemas. Cuando lo que se espera de mí no es realizable, pero la otra parte no lo quiere ver. Cuando, como le pasaba a mi colega Carlos, das el 200% de ti para satisfacer lo que crees que deberías, pero para los demás eso se convierte en un miércoles. Y claro, te desgastas, de forma constante, haciendo esfuerzos que nadie valora, porque ellos no lo perciben como esfuerzos. Y entra el desequilibrio, entre lo que te está costando lo que das, y lo que está recibiendo la otra persona. Ineficiencias. Calor que se disipa en el aire.
Por poner un ejemplo, mi costilla hace un esfuerzo tremendo para preparar la cena cuando yo llego a casa. Y a mí me da igual. Llego tan cansado que podría cenar un trozo de pan e irme a dormir, no me importa. Pero a ella le desgasta mucho, porque para ella eso es importante. Desajustes. Son corregibles, si existe voluntad, dialogo y capacidad de adaptación. Si no, es una fricción constante.
Pero he hecho las paces con eso. Si de algo me sirvió leer a Marco Aurelio es para entender que, muchas veces, el sufrimiento es una elección. El dolor es inevitable, el cuerpo te manda la señal. Pero podemos poner el foco en ello o poner el foco en otra cosa, y dejar que pase a través de nosotros.
Yo estoy tranquilo. Soy una buena persona. Hago las cosas hasta el límite de mis capacidades. Y si no es suficiente para alguien, entonces quizás esa persona no debería estar en mi vida, ni yo en la suya. Es una cuestión de ajustes. Y sí se quiere, se puede. Como decía Autumn Christian en X, "No divorciarse es una opción". Pero es una opción que debe ser tomada, conscientemente.
domingo, 4 de octubre de 2026
Desenfocado
El jueves me pasé la noche medio en vela. Empecé a tomar unas gomitas de melatonina que me recomendó un médico en San Fernando y son mano de santo; caigo muerto. Llevo teniendo problemas para dormir los dos ultimos años, motivados principalmente por mi trabajo y la situación de incertidumbre en la que vivo siempre. Por los ritmos tan extraños y la forma en que, precisamente, esos ritmos acaban dejandome hecho polvo.
Como decía, el jueves pasé la noche en vela y eso fue una sorpresa, porque las ultimas semanas cuando no he estado trabajando he dormido bien. Mucho. Hace un mes o dos era al revés; la noticia era cuando conseguía dormir. Podía pasarme semanas enteras sin dormir bien una noche, y eso afecta muchísimo al cuerpo, a la cabeza, a la vida.
El caso es que el jueves me desperté algo desorientado. Y me di cuenta de que tenía que hacer cosas que no quería, que tenía prisa, que no me fijaba en lo que hacía, que estaba despistado...
Y se me encendió la bombilla. Ese es el primer paso.
La depresión, como me enseñaron este año, consiste en una falta de conexión. No sientes que lo que haces sirva para algo, que la gente a tu alrededor te entienda, que lo que te hace feliz ya no funciona... en cierto sentido, la depresión es como si vivieras dentro de ti, sin ser tu. Ves tu vida a través de los ojos de otra persona, porque tu no estás al volante. Hay otra persona.
Y eso, empieza, así. Empieza cuando tienes que hacer cosas que no sabes ni porqué, cuando no te fijas en lo que estás haciendo, cuando no te sientes presente. Empieza con una idea, la de que "tengo que hacer esto", en lugar de "quiero hacer esto". Y puede ser tan tonto como elegir lo que desayunas.
Así que me paré. Salí afuera, respiré, y me centré en el momento. Donde estoy. Que quiero hacer. Quién soy. Y dejé fuera todas las prisas, los imperativos, los "debe". Decidí concentrarme en el aquí y en el ahora.
Más o menos funcionó. Hoy otra vez me ha costado dormir. La semana que viene está proyectando una sombra muy grande sobre mi. Como dijera mi jefe el otro día, el domingo estás agobiado porque el lunes tienes que ir al trabajo. Es esa emoción. Pero pasará. Y cuando pase, ahí estaré yo. Como la letanía del miedo Bene Gesserit, hay que dejar que pase y pasarlo, siendo testigo y actor. Y al otro lado, estaremos. Mejor.
Como decía, el jueves pasé la noche en vela y eso fue una sorpresa, porque las ultimas semanas cuando no he estado trabajando he dormido bien. Mucho. Hace un mes o dos era al revés; la noticia era cuando conseguía dormir. Podía pasarme semanas enteras sin dormir bien una noche, y eso afecta muchísimo al cuerpo, a la cabeza, a la vida.
El caso es que el jueves me desperté algo desorientado. Y me di cuenta de que tenía que hacer cosas que no quería, que tenía prisa, que no me fijaba en lo que hacía, que estaba despistado...
Y se me encendió la bombilla. Ese es el primer paso.
La depresión, como me enseñaron este año, consiste en una falta de conexión. No sientes que lo que haces sirva para algo, que la gente a tu alrededor te entienda, que lo que te hace feliz ya no funciona... en cierto sentido, la depresión es como si vivieras dentro de ti, sin ser tu. Ves tu vida a través de los ojos de otra persona, porque tu no estás al volante. Hay otra persona.
Y eso, empieza, así. Empieza cuando tienes que hacer cosas que no sabes ni porqué, cuando no te fijas en lo que estás haciendo, cuando no te sientes presente. Empieza con una idea, la de que "tengo que hacer esto", en lugar de "quiero hacer esto". Y puede ser tan tonto como elegir lo que desayunas.
Así que me paré. Salí afuera, respiré, y me centré en el momento. Donde estoy. Que quiero hacer. Quién soy. Y dejé fuera todas las prisas, los imperativos, los "debe". Decidí concentrarme en el aquí y en el ahora.
Más o menos funcionó. Hoy otra vez me ha costado dormir. La semana que viene está proyectando una sombra muy grande sobre mi. Como dijera mi jefe el otro día, el domingo estás agobiado porque el lunes tienes que ir al trabajo. Es esa emoción. Pero pasará. Y cuando pase, ahí estaré yo. Como la letanía del miedo Bene Gesserit, hay que dejar que pase y pasarlo, siendo testigo y actor. Y al otro lado, estaremos. Mejor.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
¿Para qué puñetas necesito más muñecos?
Esta semana me ha pasado algo curioso. El finde me lo pasé en casa, en pijama, pintando y jugando y leyendo. Tiempo doméstico. El problema del tiempo doméstico es que sucede como con el ejercicio, el sueño, la comida... es necesario, pero en su justa medida. Demasiado y nos agobiamos, demasiado poco y nos falta algo.
Pues como decía, me he pegado el finde en casa. Tengo un equipo de Blood Bowl de bretonianos que llevaba pendiente un mes... así que le metí mano. Y a mitad del proceso, liado buscando tutoriales y eligiendo colores y viendo como quedaban me dije... ¿yo voy a jugar con esto en algún momento? Tengo como cuatro o cinco equipos, pintados, metidos en una caja. Y ahí están muy bien. Tengo recuerdos maravillosos de Madrid, jugando con el grupo de Javi y Toño y riendome muchísimo. Fue una herramienta fantástica para sobrevivir un periodo bastante duro de mi vida.
¿Y ahora? ¿Qué estoy haciendo? Tengo montones y montones de minis. Cuando me mudé a este piso, el maletero del Megane iba lleno de cajas de minis. Eso sin contar la escenografia, que la tengo aparte. Y juegos de mesa. Todo eso, que son herramientas para compartir actividades con gente, para reírse en torno a una mesa y estar juntos, lleva años cogiendo polvo en diferentes armarios y estanterías. En algún momento, hay cosas que han salido por ebay/wallapop y al menos he recuperado algo de lo invertido.
El movimiento es bueno. Sirve para recordarnos que estamos vivos, para mantenernos activos. Y pintar miniaturas es una actividad muy enriquecedora, aprendo cosas, me concentro, me relajo... me da un cierto espacio mental. Y me separa un poco de la pantalla, que ya me paso 84 horas a la semana delante de una, para que cuando acabe allí volver a lo mismo.
Pero lo que realmente aportan las minis, lo que hace que siga volviendo a ellas, es una comunidad. Es un grupo de Discord/Whatsapp donde subes fotos, cuentas lo que estás haciendo, comentas reseñas, ves juegos, haces proyectos... es una gente con la que compartes algo, como quién habla de fútbol, de coches o de cualquier otra actividad compartida. Es un tema común con gente, más allá del trabajo, las facturas, las familias y, en general, la maldita vida adulta.
Así que no lo sé. Como actividad solitaria y triste, pues está simpatica pero no creo que me llene. Como actividad comunitaria es fantástica... pero no sé, me sigue faltando comunidad. He tenido unas semanas buenas, sobre todo a la vuelta de Cádiz, pero creo que vuelve a estar en pausa. ¿Quién sabe? Quizás lo que necesito es otro viaje a un sitio donde me den un abrazo y hablemos de cosas. Y quizás, entonces, le vuelva a ver sentido a esto.
Como decía al principio, el hogar debe estar equilibrado. Un barco que solo está en puerto se oxida. Un barco que solo sale a la mar se rompe. Hay periodos de actividad, periodos de preparación y periodos de reparación. Quizás, lo que hace falta ahora, es un poco más de actividad "no adulta".
Cuidaros. Y tened un día genial. Se os quiere.
Pues como decía, me he pegado el finde en casa. Tengo un equipo de Blood Bowl de bretonianos que llevaba pendiente un mes... así que le metí mano. Y a mitad del proceso, liado buscando tutoriales y eligiendo colores y viendo como quedaban me dije... ¿yo voy a jugar con esto en algún momento? Tengo como cuatro o cinco equipos, pintados, metidos en una caja. Y ahí están muy bien. Tengo recuerdos maravillosos de Madrid, jugando con el grupo de Javi y Toño y riendome muchísimo. Fue una herramienta fantástica para sobrevivir un periodo bastante duro de mi vida.
¿Y ahora? ¿Qué estoy haciendo? Tengo montones y montones de minis. Cuando me mudé a este piso, el maletero del Megane iba lleno de cajas de minis. Eso sin contar la escenografia, que la tengo aparte. Y juegos de mesa. Todo eso, que son herramientas para compartir actividades con gente, para reírse en torno a una mesa y estar juntos, lleva años cogiendo polvo en diferentes armarios y estanterías. En algún momento, hay cosas que han salido por ebay/wallapop y al menos he recuperado algo de lo invertido.
El movimiento es bueno. Sirve para recordarnos que estamos vivos, para mantenernos activos. Y pintar miniaturas es una actividad muy enriquecedora, aprendo cosas, me concentro, me relajo... me da un cierto espacio mental. Y me separa un poco de la pantalla, que ya me paso 84 horas a la semana delante de una, para que cuando acabe allí volver a lo mismo.
Pero lo que realmente aportan las minis, lo que hace que siga volviendo a ellas, es una comunidad. Es un grupo de Discord/Whatsapp donde subes fotos, cuentas lo que estás haciendo, comentas reseñas, ves juegos, haces proyectos... es una gente con la que compartes algo, como quién habla de fútbol, de coches o de cualquier otra actividad compartida. Es un tema común con gente, más allá del trabajo, las facturas, las familias y, en general, la maldita vida adulta.
Así que no lo sé. Como actividad solitaria y triste, pues está simpatica pero no creo que me llene. Como actividad comunitaria es fantástica... pero no sé, me sigue faltando comunidad. He tenido unas semanas buenas, sobre todo a la vuelta de Cádiz, pero creo que vuelve a estar en pausa. ¿Quién sabe? Quizás lo que necesito es otro viaje a un sitio donde me den un abrazo y hablemos de cosas. Y quizás, entonces, le vuelva a ver sentido a esto.
Como decía al principio, el hogar debe estar equilibrado. Un barco que solo está en puerto se oxida. Un barco que solo sale a la mar se rompe. Hay periodos de actividad, periodos de preparación y periodos de reparación. Quizás, lo que hace falta ahora, es un poco más de actividad "no adulta".
Cuidaros. Y tened un día genial. Se os quiere.
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