Voy a empezar esto diciendo que el ser humano es un animal social. Esto, que es una obviedad, tiene importantes implicaciones psicológicas que, en esta época de redes sociales, comunicación pasiva y crispación, a veces se nos escapa.
Esta ha sido una semana intensa. Intensa de trabajo y de emociones, de actividades y de compromisos. Y en medio de un entorno de incertidumbre, de cansancio y de problemas emocionales, alguna vez he tenido que tirar el rosco salvavidas para animar o apoyar a gente. A veces, he visto mis problemas a través de sus ojos y, a veces, les he ayudado a ver los suyos a través de los míos. Y esto, que parece una tontería, no lo es. Animar a alguien implica un drenaje de energia, porque aunque seas muy poco empático, algo debes de poner de tu parte. Pero para eso estamos los amigos. No es algo que se haga con sacrificio. Porque además, bien hecho, es una oportunidad de aprender. Dejando de lado la satisfacción de ayudar a alguien, te das cuenta de cosas de tu vida de las que no eras consciente, de actitudes que crees que son buenas y que quizás no lo sean y al revés. Valoras aspectos que dabas por hecho y, ahora, entiendes que no son tan naturales ni se pueden dar por hecho.
No sé que religión fue la que decía que, cada vez que ayudas a alguien, te ayudas a ti mismo. Pero es cierto. Si ayudas de verdad, sin esperar nada a cambio (y de eso te das cuenta cuando ves que la otra persona al día siguiente ni te saluda, o no se acuerda, o le da igual y a ti eso no te afecta), entonces tienes una oportunidad de crecimiento.
Esta semana, he aprendido mucho. Sobre mi y sobre mi entorno. Gracias.
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