viernes, 23 de septiembre de 2022
Slava geroim
Ayer fue un día bueno. Ayer por la mañana, Rusia liberó a los prisioneros de Azovstahl. Lo hizo a cambio de un político detenido por el gobierno ucraniano, familiar de Putin, siguiendo una política interna de Putin desde hace decadas que consiste en premiar la estabilidad y permitir que, los líderes elegidos por él, mueran en la cama. A nivel interno, es coherente.
Ayer, mucha gente lloró. Lloró de alegria, porque el miedo estaba enterrado debajo y, cuando se supera el miedo, hay que soltarlo. Ayer mucha gente lloró porque pensamos que, quizás, la próxima vez que supieramos algo de Azovstahl sería porque los habían matados a todos. Con que sobreviva uno, ya es una victoria.
¿Por qué es tan importante la liberación de los soldados secuestrados en Azovstahl? Porque son símbolos de una determinada forma de entender el mundo y de hacer las cosas. No son solo tropas combatientes. Son gente que decidió refugiarse en un sitio y proteger a la población civil de un enemigo que, se sabe, no respeta los derechos humanos. Son gente que decidió que no se retiraría hasta que todos estuvieran a salvo. Son gente que decidió seguir peleando para dar tiempo a otra gente a salvarse.
Son heroes. Y en una cultura de dureza y sacrificio, hacen falta heroes. En una época oscura donde faltan referencias, donde todo es postmodernismo, "¿qué hay de lo mío?", egoísmo... hace falta creer que todavía queda gente que está dispuesta a hacer lo que sabe que es correcto, aunque sea malo para ellos. De esa forma, aquellos que piensan igual no se sienten solos y pueden tener una referencia.
Ahora, es importante honrarlos. No como fotos en un muro sino como personas. El presidente Zelenskyi ha dicho que los mandan a un resort a recuperarse. A cuidarlos. Porque algún día habrá un desfile de la victoria, algún día habrá que dar un paso adelante y enterrar todo este sufrimiento. Y ese día, esta gente serán los primeros. Porque así se construye una sociedad. Honrando a aquellos que representan sus valores, no en una foto o una cuenta de instagram, sino con valores reales y haciendo acciones que son significativas.
Ayer fue un día bueno.
martes, 6 de septiembre de 2022
Un día, te haces viejo de repente
Es curioso como, a medida que pasa el tiempo, cada vez le cojo más el rollo a Celtas Cortos. No es que fuera un grupo malo, que va. Es que yo no tenía la edad para entender lo que ellos cantaban.
Hoy, comiendo con un colega, me han echado una foto. Y de repente, me ha costado reconocerme. Con menos pelo. Con arrugas. Con mi misma sonrisa pero... no. Algo más cansada. Algo lastimada. Y sé que todo el mundo me vé así cada día y para nadie es una sorpresa... salvo para mí mismo.
Apenas un par de horas después, sentado en el metro, a mi lado había una chica. Joven, de ojos grandes, cabello salvaje. Hermosa a su estilo y manera. Y mirandola, me di cuenta de como me debe ver ella. Y el mundo. Como alguien gastado, veterano, "viejo". De alguna forma, he cruzado la barrera y estoy al otro lado. Y bueno, no está mal. Gracias a Dios, durante los últimos años he leído mucho a Murakami, a Marco Aurelio y a otra gente que me ha ido preparando para la idea de que, en algún momento, cambiamos. Siendo lo mismo, pero cambiamos.
No voy a decir que no me dé pena. Es como el entrenamiento. Hubo un momento, hace apenas unos años, en que yo hacía 70 burpees en cinco minutos. Ahora, hacer veinte me agota. Y no es porque esté mayor... es porque mi vida ha ido eliminando de mí la curiosidad, el ansia, el ritmo. En cierto sentido, me ha puesto a la defensiva. Ya no proyecto. No avanzo. Simplemente, resisto. Que no está mal, pero tampoco debería ser así.
No sé. Creo que, en algún momento de mi vida, he dejado de buscar. He entendido lo que quiero y como lo quiero. Y ahora lo que me interesa es pelear por ello, defenderlo, mantenerlo, conservarlo. Hacer que crezca. En cierto sentido, parar no está mal.
Hasta que un día te despiertas y te preguntas quién es ese tío que sonríe en la foto y al que no conoces de nada.
Hoy, comiendo con un colega, me han echado una foto. Y de repente, me ha costado reconocerme. Con menos pelo. Con arrugas. Con mi misma sonrisa pero... no. Algo más cansada. Algo lastimada. Y sé que todo el mundo me vé así cada día y para nadie es una sorpresa... salvo para mí mismo.
Apenas un par de horas después, sentado en el metro, a mi lado había una chica. Joven, de ojos grandes, cabello salvaje. Hermosa a su estilo y manera. Y mirandola, me di cuenta de como me debe ver ella. Y el mundo. Como alguien gastado, veterano, "viejo". De alguna forma, he cruzado la barrera y estoy al otro lado. Y bueno, no está mal. Gracias a Dios, durante los últimos años he leído mucho a Murakami, a Marco Aurelio y a otra gente que me ha ido preparando para la idea de que, en algún momento, cambiamos. Siendo lo mismo, pero cambiamos.
No voy a decir que no me dé pena. Es como el entrenamiento. Hubo un momento, hace apenas unos años, en que yo hacía 70 burpees en cinco minutos. Ahora, hacer veinte me agota. Y no es porque esté mayor... es porque mi vida ha ido eliminando de mí la curiosidad, el ansia, el ritmo. En cierto sentido, me ha puesto a la defensiva. Ya no proyecto. No avanzo. Simplemente, resisto. Que no está mal, pero tampoco debería ser así.
No sé. Creo que, en algún momento de mi vida, he dejado de buscar. He entendido lo que quiero y como lo quiero. Y ahora lo que me interesa es pelear por ello, defenderlo, mantenerlo, conservarlo. Hacer que crezca. En cierto sentido, parar no está mal.
Hasta que un día te despiertas y te preguntas quién es ese tío que sonríe en la foto y al que no conoces de nada.
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