martes, 11 de abril de 2017

El privilegio de la ignorancia



Ayer estaba charlando con una chavala de muy muy lejos y le cité una parte de "El Principito". A la chica le resultó muy interesante y me dijo que era cierto. Hablamos del libro, pero no sabía de él. Me resultó bastante sorprendente, porque es una mujer que va a la Universidad y trabaja, alguien inquieto.
Realmente, no somos conscientes de la suerte que tenemos de vivir en un determinado entorno cultural. De tener educación pública y gratuita, obligatoria. Así, incluso la persona menos formada de entre nosotros se mueve en unos determinados parámetros culturales. Obligado, haciendo trampas, como sea. Pero incluso cuando nos resistimos, seguimos siendo sometidos a un cierto "bombardeo" cultural que nos obliga a formarnos. Como decía mi abuelo, "para, al menos, no parecer idiota". Yo, que ya voy para veterano, recuerdo carpetas forradas con versos de Bécquer, con citas de Poe, con dibujos de Lovecraft.
¿Y por qué considero que esto es importante? Porque como leí el otro día, la tecnología posee un factor multiplicador que hace que los avances sean constantemente más rápidos, y algo similar sucede con la cultura. Una vez uno adquiere determinadas sensibilidades y determinadas ideas, es más fácil que produzca nuevas sensibilidades e ideas. A su vez el conocimiento y la introspección lo hace más crítico, más inquieto, más sabio. No haber leído un libro, escuchado una canción, observado un monumento... no nos hace idiotas. Pero el no saber que esos libros, esas canciones, esos monumentos existen, hace nuestro mundo más pequeño y nos deja expuestos. Como la persona que solo come lechuga, no nos planteamos que pueden existir otros vegetales y no experimentamos, no preguntamos, no descubrimos. Y un día, nos ponen un tomate y creemos que hemos descubierto la pólvora, mientras alrededor nuestra la gente se mira de reojo y comparte sonrisas que duelen.


Formarse es un deber y un derecho. Y aunque de pequeños nos resistimos mucho y nos quejamos, viendo cosas como lo de ayer entiendo la suerte que tenemos. Como le dije una vez a una colega, mi abuelo tuvo que ahorrar y pagarse una academia nocturna para aprender a leer. Y ahora, si tenemos curiosidad sobre algo, no tenemos más que meternos en internet y empezar a empaparnos de un tema. Tenemos tanta información que, quizás, el desafío de la próxima generación sea más el de ser críticos y saber leer en el siguiente nivel (el del escepticismo), que el de poder leer. Y esto, por desgracia, solo sucede en una parte del mundo. En otra, Shakespeare, Calderón, Dostoievski, Dumas, Cervantes y Quevedo, Nietzsche, Erasmo, Benedetti, García Marquez, Schiller, Tolkien, Victor Hugo, Doyle, Orwell, Goethe, Tolstoi, Pessoa, Saramago, Murakami ... no existen. Porque no es que no se lean, es que ni se sabe quienes son. Que suerte tenemos de, al menos, saber de ellos.

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