viernes, 10 de noviembre de 2017

Ya huele a lluvia



Hay gente que está maldita con una cierta sensibilidad. Gente a la cual un paisaje, un sonido, un olor, le trae un determinado sentimiento y ya no puede quitárselo de encima. Gente con la piel más fina, qué por más que entrene determinadas poses y se discipline, siempre tendrá un espíritu inquieto deseando correr salvaje.
Hacía muchísimo que no me pasaba. Me he llevado años fuera y, ahora, recupero algo que creía perdido. El alma a trozos. Desde pequeño, siempre, los días de lluvia y oscuridad me recordaban a esa Galicia mitológica que aprendí en los silencios de mi abuelo, en las constantes quejas de mi abuela, en los paisajes imposibles y en la lengua que, a latigazos, empapaba los diálogos en su casa. Nunca lejos del todo, presente en muebles antiguos, en una manera de mover las cartas, de colocar la mesa, en conversaciones de teléfono, en amigos con los que paseaba. Una parte de mi vida que no es mía, sino que heredé, como el color de pelo o los ojos, como las manos o tantos otros rasgos de carácter que no podemos explicar de donde vienen.
Y cuando llueve, se me despierta. Cuando escucho música celta, gaitas, violines, incluso malditos acordeones. Cuando estuve en Ferrol lo escondía, porque no dejo de ser un cuarterón, con mi acento sureño y mis ganas de vivir y mi curiosidad insatisfecha. Pero esa parte de mí, esa parte pequeñita, cuando llega el otoño lo siente y sonríe. Porque, si bien la sensibilidad es una maldición, el venir de diversas partes y estar hecho de trozos, de retazos, te hace mucho más rico, diverso, adaptable. Te permite disfrutar de cosas de las que la mayoría de la gente no es consciente, por asumirlas como naturales.
Hoy en el coche escuchaba "The last ship" de Sting y me sobrecogía ante la hermosura de la música, pero sobre todo ante lo que me traía de mí mismo. Vuelve el otoño. Vuelve a sentirse el norte y la lluvia y la oscuridad, la comida rica y espesa, los amigos alrededor y el humor hosco, duro. Las noches que arrancan a las cinco de la tarde y el brillo de las farolas sobre el suelo empapado.
Ya toca volver. Ya toca.

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