Cada vez que establecemos una nueva relación con alguien, establecemos compromisos. Todo encuentro social conlleva un cierto "contrato", basado en una serie de premisas sociales y de nuestra personalidad. Si quedamos para cenar, se espera que seamos puntuales, que se acuerde un sitio... etc. Si organizamos una quedada con amigos, se entiende que se pasará la lista de invitados a todos los participantes.
Eso se aplica a cada ámbito de la vida. En el trabajo, debemos realizar nuestra tarea pero también colaborar en las tareas de los demás. Con nuestra familia, somos responsables de su desarrollo además del nuestro. En cada relación que establecemos existe ese intercambio, en el que damos y recibimos. Y a veces, se producen desequilibrios, dependiendo del carácter de cada uno de nosotros.
En mi caso, ese desequilibrio suele venir por una sobreestimación de mis capacidades o por una generosidad mal entendida. Suelo entender que puedo dar más de lo que realmente soy capaz de dar, o qué tengo la "obligación" de dar más. En algunos casos surge de complejos e inseguridades (si no doy mi 100%, fracasaré), en otros casos de un concepto equivocado de liderazgo o de compañerismo o de lealtad.
La conclusión, siempre es la misma. Cuando queremos dar más de lo que podemos, nos equivocamos. Nos lastimamos a nosotros mismos y lastimamos a otra gente en el proceso. No es malo reservarse, no es malo priorizarse, no es malo establecer límites y compromisos. No es malo entender que, la felicidad de los demás, también pasa por nuestra felicidad. El exceso de empatía es tan malo como su deficit.
En estos días he tenido que reflexionar bastante sobre esto. Sobre qué quiero y qué espero. Sobre que doy y que recibo. Sobre que quiero recibir. Y he llegado a algunas conclusiones interesantes. La primera, es que no es necesario establecer objetivos y límites. Es necesario entender quién marca el camino a seguir y quién sigue, cual es el flujo de la autoridad y la iniciativa en toda relación. Quién lidera y como se puede producir un relevo de liderazgo. La segunda que he sacado, es que existe una auditoria moral constante conmigo mismo. ¿Estoy haciendo lo que creo que debo hacer para mí mismo y para los demás? Aunque pueda dar más... ¿debo hacerlo? ¿A quién beneficia esto, a mi ego o a la relación? La tercera, y esta es importante, es que se considera un exceso y como se reajusta en caso de que se produzca.
Realmente, el equilibrio entre individualidad y responsabilidad no es tan difícil. Consiste en entendernos a nosotros mismos y donde están nuestros límites. Y una vez lo entendemos, "quitarle una vuelta". De forma que no solo estemos trabajando dentro de nuestras capacidades, sino que lo estemos haciendo comodos. Una vez entendemos eso, todo es más fácil.
viernes, 31 de marzo de 2023
viernes, 24 de marzo de 2023
Sobre grandes hombres y hombres grandes
Hace un rato empezamos a hablar un amigo y yo sobre Marco Aurelio. Y sobre la virtud moral de los gobernantes. Es un tema habitual, casi recurrente, en mis conversaciones con gente sobre política sobre donde reside el poder y la voluntad del mismo. Por regla general los españoles, herederos de un sistema autoritario y con muy pocos ejemplos de participación real de la toma de decisiones en nuestra historia, tendemos a pensar que el poder viene de arriba y se ejecuta abajo. Como sociedad aristocrática, tendemos a dividir a las personas en virtuosas y nocivas y establecer una relación directa entre la vida personal y la profesional, considerando que la moral es un requisito imprescindible del rendimiento. Esto puede tener su origen en la religión, un elemento fundamental de nuestra cultura durante siglos, que vincula la virtud a determinadas conductas y la censura a otras. En nuestro ideario colectivo, ser y estar se solapan, de forma que una persona que actua de forma despistada ES despistada y por tanto nociva.
Eso no es así en todas las sociedades. Y dado que la ética tampoco es una constante histórica, lo que ahora se considera virtuoso en otro momento será un defecto. Este requisito de "aparentar" virtud, limita mucho la capacidad para efectivamente ejercer virtud, de tal forma que nos vemos obligados a hacer un esfuerzo extra. Citando a los clásicos, "la mujer de Cesar no solo debe ser virtuosa, sino también parecerlo".
No obstante lo cual, el riesgo de la hipocresía siempre se encuentra presente a la hora de encontrar una definición de virtud. Llendonos a un ejemplo extremo, si durante el período victoriano la moral reproductiva hubiera sido de aplicación, la sociedad se habría extinguido por falta de sexo. Consideramos que nuestros líderes deben ser ajenos a la corrupción, cuando nosotros no lo somos. E incluso aunque lo fueramos, la naturaleza humana contiene en si misma las semillas de su caída. El ser humano falla. Y un sistema bueno es aquel que contiene redundancias y soluciones, "sistemas" para que cuando se produzca el fallo, este sea remediable. Al hilo de mi anterior artículo, ignorar la naturaleza humana forzando a la gente a dejar de serlo solo puede acabar mal.
Una de las grandes ventajas de la República estadounidense es su cinismo. La primera constitución de EEUU se construye tomando como base la república romana y lo hace estableciendo sistemas de control y grupos opuestos, obligados a enfrentarse para poder ejecutar sus funciones. Este enfoque es uno que no espera que sus líderes sean virtuosos, sino todo lo contrario. Espera que sus líderes sean corruptos y perversos, pero los obliga a comportarse como líderes virtuosos bajo la supervisión de sus supervisados.
Porque ese es el siguiente elemento. La autoridad o el poder son ficciones. Un hombre que le dice a otro "sientate" será obedecido si el otro entiende que debe hacerlo. El principio de autoridad es un principio social; surge como respuesta a una violencia presente o futura. La forma y configuración de esa violencia es el elemento fundamental del sistema, siendo así que las dictaduras son aquellos sistemas en que la violencia es más evidente y los sistemas "liberales" aquellos en que esta es más sútil o indirecta. Pero, citando a los Monty Python en aquella maravillosa escena del campesino anarquista "¡ La violencia inherente al sistema ! ".
Pero divago. Lo que quería decir en este último parrafo es que, siendo la autoridad un principio social, este debe educarse y aceptarse. El contrato social de Rosseau se construye sobre ese elemento; yo cedo mi capacidad de decisión a cambio de ventajas. Un ejemplo buenísimo es el estado feudal; el campesino cede su libertad económica a cambio de protección militar. En nuestras sociedades actuales, aquel que ejerce la autoridad de gobierno lo hace con un poder "prestado". Los ciudadanos ceden la capacidad de tomar decisiones a determinados individuos. Y estos individuos son elegidos, no en base a virtudes personales, sino a principios generales y acuerdos amplios. Por así decirlo, yo no estoy contratando a alguien con quién me gustaría que se casara mi hija, sino a un albañil del que tengo buenas referencias.
Vamos con el siguiente elemento. Esto sería así en entornos de decisión directa, donde efectivamente elegimos un dirigente. La relación sería la siguiente: el dirigente presenta sus referencias (sus "antecedentes" o su "Curriculum"), así como un programa (un plan de obra). De ambos podemos inferir una posible evolución ante los imprevistos. Así mismo, en caso de graves incongruencias o fallos críticos, el sistema debe poseer metodos para reemplazar un dirigente incompetente. Moción de censura, denuncia judicial... etc. Pero el sistema tiene que protegerse a sí mismo.
Esto puede ser así en sistemas de representación donde se elige a un representante y existe correlación directa entre la población y la economía. Pongamos un ejemplo extremo, un país productor de alimentos poco industrializado. O un país escasamente poblado con amplitud de recursos naturales. En un país así, el dirigente será responsable directo del bienestar ciudadano, dependerá de su aprobación para seguir ejerciendo y una disrupción grave de la estabilidad o la confianza tendrá consecuencias directas muy obvias. Ese es un sistema en el cual la supervisión ciudadana del gobernante es casi automática, de una forma orgánica. Pero ese es un caso idealizado. En las sociedades modernas la economía es multidisciplinar, la población suele ser superior a los recursos naturales disponibles y la acumulación de capital produce una estratificación de la sociedad en capas. Lo que nos lleva al ejemplo contrario. Pongamos una sociedad dictatorial, en la cual la economía depende de la extracción de recursos naturales, en un lugar con una población amplia. Esta población deberá ser manipulada por la élite económica, que no depende de ella para mantener su status. En ese caso, el dirigente es una figura de papel, colocada por las élites para mantener el control (recordemos que el elemento fundamental de las dictadoras es la estabilidad; nacen y mueren por ella y miden su éxito en base a su capacidad para mantenerla). En una sociedad así, el valor del dirigente está más relacionado con las relaciones públicas que con el ejercicio del poder, pues este se encuentra en manos de las élites económicas, que no necesitan de la población.
Resumiendo. Las virtudes personales que podemos atribuir a alguien en el día a día no son necesariamente aplicables a aquellos que ejercen labor de gobierno. Y la labor de gobierno, como tal, es el resultado de una serie de procesos sociales que terminan influyendo en el individuo. El gobernante, por regla general, no es más que el producto de su sociedad, si bien dicha sociedad es inconsciente de dicha evolución hasta que cristaliza. Decía el general McChrystal que el buen lider es como un jardinero, que permite que los procesos evolucionen orgánicamente en la dirección que el pretende. Pero esto es así solo en entornos que lo permiten. Al ser tan variada la experiencia humana, podemos entender que grandes hombres y hombres grandes son elementos totalmente distintos, forjados por su entorno y su carácter, en contraste con la idea que dice que se hacen a si mismos.
Eso no es así en todas las sociedades. Y dado que la ética tampoco es una constante histórica, lo que ahora se considera virtuoso en otro momento será un defecto. Este requisito de "aparentar" virtud, limita mucho la capacidad para efectivamente ejercer virtud, de tal forma que nos vemos obligados a hacer un esfuerzo extra. Citando a los clásicos, "la mujer de Cesar no solo debe ser virtuosa, sino también parecerlo".
No obstante lo cual, el riesgo de la hipocresía siempre se encuentra presente a la hora de encontrar una definición de virtud. Llendonos a un ejemplo extremo, si durante el período victoriano la moral reproductiva hubiera sido de aplicación, la sociedad se habría extinguido por falta de sexo. Consideramos que nuestros líderes deben ser ajenos a la corrupción, cuando nosotros no lo somos. E incluso aunque lo fueramos, la naturaleza humana contiene en si misma las semillas de su caída. El ser humano falla. Y un sistema bueno es aquel que contiene redundancias y soluciones, "sistemas" para que cuando se produzca el fallo, este sea remediable. Al hilo de mi anterior artículo, ignorar la naturaleza humana forzando a la gente a dejar de serlo solo puede acabar mal.
Una de las grandes ventajas de la República estadounidense es su cinismo. La primera constitución de EEUU se construye tomando como base la república romana y lo hace estableciendo sistemas de control y grupos opuestos, obligados a enfrentarse para poder ejecutar sus funciones. Este enfoque es uno que no espera que sus líderes sean virtuosos, sino todo lo contrario. Espera que sus líderes sean corruptos y perversos, pero los obliga a comportarse como líderes virtuosos bajo la supervisión de sus supervisados.
Porque ese es el siguiente elemento. La autoridad o el poder son ficciones. Un hombre que le dice a otro "sientate" será obedecido si el otro entiende que debe hacerlo. El principio de autoridad es un principio social; surge como respuesta a una violencia presente o futura. La forma y configuración de esa violencia es el elemento fundamental del sistema, siendo así que las dictaduras son aquellos sistemas en que la violencia es más evidente y los sistemas "liberales" aquellos en que esta es más sútil o indirecta. Pero, citando a los Monty Python en aquella maravillosa escena del campesino anarquista "¡ La violencia inherente al sistema ! ".
Pero divago. Lo que quería decir en este último parrafo es que, siendo la autoridad un principio social, este debe educarse y aceptarse. El contrato social de Rosseau se construye sobre ese elemento; yo cedo mi capacidad de decisión a cambio de ventajas. Un ejemplo buenísimo es el estado feudal; el campesino cede su libertad económica a cambio de protección militar. En nuestras sociedades actuales, aquel que ejerce la autoridad de gobierno lo hace con un poder "prestado". Los ciudadanos ceden la capacidad de tomar decisiones a determinados individuos. Y estos individuos son elegidos, no en base a virtudes personales, sino a principios generales y acuerdos amplios. Por así decirlo, yo no estoy contratando a alguien con quién me gustaría que se casara mi hija, sino a un albañil del que tengo buenas referencias.
Vamos con el siguiente elemento. Esto sería así en entornos de decisión directa, donde efectivamente elegimos un dirigente. La relación sería la siguiente: el dirigente presenta sus referencias (sus "antecedentes" o su "Curriculum"), así como un programa (un plan de obra). De ambos podemos inferir una posible evolución ante los imprevistos. Así mismo, en caso de graves incongruencias o fallos críticos, el sistema debe poseer metodos para reemplazar un dirigente incompetente. Moción de censura, denuncia judicial... etc. Pero el sistema tiene que protegerse a sí mismo.
Esto puede ser así en sistemas de representación donde se elige a un representante y existe correlación directa entre la población y la economía. Pongamos un ejemplo extremo, un país productor de alimentos poco industrializado. O un país escasamente poblado con amplitud de recursos naturales. En un país así, el dirigente será responsable directo del bienestar ciudadano, dependerá de su aprobación para seguir ejerciendo y una disrupción grave de la estabilidad o la confianza tendrá consecuencias directas muy obvias. Ese es un sistema en el cual la supervisión ciudadana del gobernante es casi automática, de una forma orgánica. Pero ese es un caso idealizado. En las sociedades modernas la economía es multidisciplinar, la población suele ser superior a los recursos naturales disponibles y la acumulación de capital produce una estratificación de la sociedad en capas. Lo que nos lleva al ejemplo contrario. Pongamos una sociedad dictatorial, en la cual la economía depende de la extracción de recursos naturales, en un lugar con una población amplia. Esta población deberá ser manipulada por la élite económica, que no depende de ella para mantener su status. En ese caso, el dirigente es una figura de papel, colocada por las élites para mantener el control (recordemos que el elemento fundamental de las dictadoras es la estabilidad; nacen y mueren por ella y miden su éxito en base a su capacidad para mantenerla). En una sociedad así, el valor del dirigente está más relacionado con las relaciones públicas que con el ejercicio del poder, pues este se encuentra en manos de las élites económicas, que no necesitan de la población.
Resumiendo. Las virtudes personales que podemos atribuir a alguien en el día a día no son necesariamente aplicables a aquellos que ejercen labor de gobierno. Y la labor de gobierno, como tal, es el resultado de una serie de procesos sociales que terminan influyendo en el individuo. El gobernante, por regla general, no es más que el producto de su sociedad, si bien dicha sociedad es inconsciente de dicha evolución hasta que cristaliza. Decía el general McChrystal que el buen lider es como un jardinero, que permite que los procesos evolucionen orgánicamente en la dirección que el pretende. Pero esto es así solo en entornos que lo permiten. Al ser tan variada la experiencia humana, podemos entender que grandes hombres y hombres grandes son elementos totalmente distintos, forjados por su entorno y su carácter, en contraste con la idea que dice que se hacen a si mismos.
Ayn Rand y Marx
Hace un momento estaba comentando con un amigo una cita de Asimov. Aquella que dice "... nutrida por la falsa noción de que la democracia significa: mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento". El caso es que he pensado en Asimov y en Ayn Rand, elementos surgidos "a pesar de" la Revolución de Octubre en la Unión Soviética. Herederos de una cultura enorme, de una minoria intelectual formada en unos valores muy concretos en un entorno salvaje que, de repente, dejó de existir. Como hijos de pianistas de élite criados en un entorno donde a los malos músicos los sacrificaban, a los que de repente trasladan a un bosque, Rand y Asimov tuvieron que reinventarse y adaptarse. Ambos son genios, creadores de obras fantásticas en un entorno muy hostil a su carácter y su forma de vida.
Pero este artículo no trata sobre eso. Quería reflexionar sobre "El Manantial", esa obra de Rand que es un libro de culto en Ucrania y otros países, antaño comunistas. "El Manantial" es un culto al individuo contra la sociedad y uno de los hitos fundamentales en la ideología de Rand, que es el estandarte del liberalismo. Rand defendía la fortaleza del genio individual contra el deseo de satisfacer de la masa, ese monstruo horrible. Así mismo, Rand condenaba al Estado, considerandolo una herramienta uniformadora que destruía el talento humano.
En su tercera edad, Rand contrajo una grave enfermedad y se vio obligada a solicitar ayuda social. El Estado, que tanto despreciaba, le proporcionó cuidados y apoyo durante años hasta que finalmente falleció.
¿Por qué menciono a Marx en este artículo? Karl Marx pertenecía al mismo grupo que Asimov y Rand, si bien los separaba un siglo. Al igual que Rand, Marx desarrolló una intensisima labor intelectual y elaboró obras literarias de gran calidad. Al contrario que Rand, Marx defendía al Estado como limitador de abusos y denunciaba la maldad del individuo. De igual forma que Hobbes y Rosseau se enfrentan por la cuestión del origen de la bondad humana (uno dice que la socialización es el origen de la bondad, siendo el ser humano por naturaleza perverso y otro dice lo contrario), Rand y Marx aportan signos antagonistas al conflicto inherente a la interacción social humana. Marx dice que dicha relación consiste en dominados y dominadores y Rand la sitúa en terminos similares al superhombre nihilista contra el sacerdote. Si bien en el caso de Rand el monstruo es el Estado, en el de Marx el monstruo es una clase capitalista explotadora, que no produce sino solo posee, y que expolia el trabajo de hombres mejores que ellos.
Marx vivió toda su vida pensionado por diferentes amigos capitalistas. No realizó ningún trabajo manual en su vida.
Tanto Marx como Rand, comparten un elemento que me resulta fascinante y es el motivo de este artículo. Ambos fueron profetas de religiones que no pudieron llegar a conocer y que, de haberlo hecho, probablemente les habrían horrorizados. Ambos pregonaban formas de socialización que ignoraban aspectos fundamentales de la naturaleza humana (como la codicia, el egoísmo, el nepotismo o la senilidad), pero que en su radicalidad, en su absoluto, resultan extremandamente atractivas. Esa simplificación, que tanto fascina a personas que no están dispuestas a profundizar en una línea de pensamiento (hay una Ley de Murphy que dice "Todo hombre está dispuesto a morir por una idea, siempre y cuando no la tenga demasiado clara") es el elemento fundamental de las religiones (y las guerras de religión) que posteriormente surgirían de estos dos profetas.
Voy a hacer un apunte curioso. Es el entorno, siempre, el que condiciona las formas de organización humana. Los primeros estados que surgen en Mesopotamia lo hacen en torno a un elemento fundamental para la supervivencia; el regadío. Un ser humano no se agrupa con otros seres humanos por un sentimiento o una idea... sino por algo que está inserto en nuestro codigo genético; la necesidad de cooperar para multiplicar esfuerzos. Un tema recurrente en este blog, la Globalización, surge por una mera cuestión de eficiencia. Detrás de cada cambio tecnológico hay un deseo de mejorar, un deseo ajeno a consideraciones éticas y morales, que, al igual que las religiones, deben pasar por el crisol de su aplicación práctica.
No quiero terminar este artículo sin hacer una reflexión que creo es interesante. La filosofía (que es la rama de Marx y de Rand, por mucho que algunos quieran considerar que lo son las Ciencias Políticas), es un entorno eminentemente teórico. Es el suelo en el que se siembran las ídeas. La política, por el contrario, es un entorno eminentemente práctico. Al igual que el Derecho, la política consiste en el arte de establecer compromisos, delimitado por las realidades, el lenguaje y la voluntad. Es decir, que la política es eminentemente práctica. Ambas deberían existir en convivencia, pero constamentemente fiscalizadas y puestas en duda. Si no, como dijera Goya, nos encontraremos con que el sueño de la razón produce monstruos.
Pero este artículo no trata sobre eso. Quería reflexionar sobre "El Manantial", esa obra de Rand que es un libro de culto en Ucrania y otros países, antaño comunistas. "El Manantial" es un culto al individuo contra la sociedad y uno de los hitos fundamentales en la ideología de Rand, que es el estandarte del liberalismo. Rand defendía la fortaleza del genio individual contra el deseo de satisfacer de la masa, ese monstruo horrible. Así mismo, Rand condenaba al Estado, considerandolo una herramienta uniformadora que destruía el talento humano.
En su tercera edad, Rand contrajo una grave enfermedad y se vio obligada a solicitar ayuda social. El Estado, que tanto despreciaba, le proporcionó cuidados y apoyo durante años hasta que finalmente falleció.
¿Por qué menciono a Marx en este artículo? Karl Marx pertenecía al mismo grupo que Asimov y Rand, si bien los separaba un siglo. Al igual que Rand, Marx desarrolló una intensisima labor intelectual y elaboró obras literarias de gran calidad. Al contrario que Rand, Marx defendía al Estado como limitador de abusos y denunciaba la maldad del individuo. De igual forma que Hobbes y Rosseau se enfrentan por la cuestión del origen de la bondad humana (uno dice que la socialización es el origen de la bondad, siendo el ser humano por naturaleza perverso y otro dice lo contrario), Rand y Marx aportan signos antagonistas al conflicto inherente a la interacción social humana. Marx dice que dicha relación consiste en dominados y dominadores y Rand la sitúa en terminos similares al superhombre nihilista contra el sacerdote. Si bien en el caso de Rand el monstruo es el Estado, en el de Marx el monstruo es una clase capitalista explotadora, que no produce sino solo posee, y que expolia el trabajo de hombres mejores que ellos.
Marx vivió toda su vida pensionado por diferentes amigos capitalistas. No realizó ningún trabajo manual en su vida.
Tanto Marx como Rand, comparten un elemento que me resulta fascinante y es el motivo de este artículo. Ambos fueron profetas de religiones que no pudieron llegar a conocer y que, de haberlo hecho, probablemente les habrían horrorizados. Ambos pregonaban formas de socialización que ignoraban aspectos fundamentales de la naturaleza humana (como la codicia, el egoísmo, el nepotismo o la senilidad), pero que en su radicalidad, en su absoluto, resultan extremandamente atractivas. Esa simplificación, que tanto fascina a personas que no están dispuestas a profundizar en una línea de pensamiento (hay una Ley de Murphy que dice "Todo hombre está dispuesto a morir por una idea, siempre y cuando no la tenga demasiado clara") es el elemento fundamental de las religiones (y las guerras de religión) que posteriormente surgirían de estos dos profetas.
Voy a hacer un apunte curioso. Es el entorno, siempre, el que condiciona las formas de organización humana. Los primeros estados que surgen en Mesopotamia lo hacen en torno a un elemento fundamental para la supervivencia; el regadío. Un ser humano no se agrupa con otros seres humanos por un sentimiento o una idea... sino por algo que está inserto en nuestro codigo genético; la necesidad de cooperar para multiplicar esfuerzos. Un tema recurrente en este blog, la Globalización, surge por una mera cuestión de eficiencia. Detrás de cada cambio tecnológico hay un deseo de mejorar, un deseo ajeno a consideraciones éticas y morales, que, al igual que las religiones, deben pasar por el crisol de su aplicación práctica.
No quiero terminar este artículo sin hacer una reflexión que creo es interesante. La filosofía (que es la rama de Marx y de Rand, por mucho que algunos quieran considerar que lo son las Ciencias Políticas), es un entorno eminentemente teórico. Es el suelo en el que se siembran las ídeas. La política, por el contrario, es un entorno eminentemente práctico. Al igual que el Derecho, la política consiste en el arte de establecer compromisos, delimitado por las realidades, el lenguaje y la voluntad. Es decir, que la política es eminentemente práctica. Ambas deberían existir en convivencia, pero constamentemente fiscalizadas y puestas en duda. Si no, como dijera Goya, nos encontraremos con que el sueño de la razón produce monstruos.
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