Hace un rato empezamos a hablar un amigo y yo sobre Marco Aurelio. Y sobre la virtud moral de los gobernantes. Es un tema habitual, casi recurrente, en mis conversaciones con gente sobre política sobre donde reside el poder y la voluntad del mismo. Por regla general los españoles, herederos de un sistema autoritario y con muy pocos ejemplos de participación real de la toma de decisiones en nuestra historia, tendemos a pensar que el poder viene de arriba y se ejecuta abajo. Como sociedad aristocrática, tendemos a dividir a las personas en virtuosas y nocivas y establecer una relación directa entre la vida personal y la profesional, considerando que la moral es un requisito imprescindible del rendimiento. Esto puede tener su origen en la religión, un elemento fundamental de nuestra cultura durante siglos, que vincula la virtud a determinadas conductas y la censura a otras. En nuestro ideario colectivo, ser y estar se solapan, de forma que una persona que actua de forma despistada ES despistada y por tanto nociva.
Eso no es así en todas las sociedades. Y dado que la ética tampoco es una constante histórica, lo que ahora se considera virtuoso en otro momento será un defecto. Este requisito de "aparentar" virtud, limita mucho la capacidad para efectivamente ejercer virtud, de tal forma que nos vemos obligados a hacer un esfuerzo extra. Citando a los clásicos, "la mujer de Cesar no solo debe ser virtuosa, sino también parecerlo".
No obstante lo cual, el riesgo de la hipocresía siempre se encuentra presente a la hora de encontrar una definición de virtud. Llendonos a un ejemplo extremo, si durante el período victoriano la moral reproductiva hubiera sido de aplicación, la sociedad se habría extinguido por falta de sexo. Consideramos que nuestros líderes deben ser ajenos a la corrupción, cuando nosotros no lo somos. E incluso aunque lo fueramos, la naturaleza humana contiene en si misma las semillas de su caída. El ser humano falla. Y un sistema bueno es aquel que contiene redundancias y soluciones, "sistemas" para que cuando se produzca el fallo, este sea remediable. Al hilo de mi anterior artículo, ignorar la naturaleza humana forzando a la gente a dejar de serlo solo puede acabar mal.
Una de las grandes ventajas de la República estadounidense es su cinismo. La primera constitución de EEUU se construye tomando como base la república romana y lo hace estableciendo sistemas de control y grupos opuestos, obligados a enfrentarse para poder ejecutar sus funciones. Este enfoque es uno que no espera que sus líderes sean virtuosos, sino todo lo contrario. Espera que sus líderes sean corruptos y perversos, pero los obliga a comportarse como líderes virtuosos bajo la supervisión de sus supervisados.
Porque ese es el siguiente elemento. La autoridad o el poder son ficciones. Un hombre que le dice a otro "sientate" será obedecido si el otro entiende que debe hacerlo. El principio de autoridad es un principio social; surge como respuesta a una violencia presente o futura. La forma y configuración de esa violencia es el elemento fundamental del sistema, siendo así que las dictaduras son aquellos sistemas en que la violencia es más evidente y los sistemas "liberales" aquellos en que esta es más sútil o indirecta. Pero, citando a los Monty Python en aquella maravillosa escena del campesino anarquista "¡ La violencia inherente al sistema ! ".
Pero divago. Lo que quería decir en este último parrafo es que, siendo la autoridad un principio social, este debe educarse y aceptarse. El contrato social de Rosseau se construye sobre ese elemento; yo cedo mi capacidad de decisión a cambio de ventajas. Un ejemplo buenísimo es el estado feudal; el campesino cede su libertad económica a cambio de protección militar. En nuestras sociedades actuales, aquel que ejerce la autoridad de gobierno lo hace con un poder "prestado". Los ciudadanos ceden la capacidad de tomar decisiones a determinados individuos. Y estos individuos son elegidos, no en base a virtudes personales, sino a principios generales y acuerdos amplios. Por así decirlo, yo no estoy contratando a alguien con quién me gustaría que se casara mi hija, sino a un albañil del que tengo buenas referencias.
Vamos con el siguiente elemento. Esto sería así en entornos de decisión directa, donde efectivamente elegimos un dirigente. La relación sería la siguiente: el dirigente presenta sus referencias (sus "antecedentes" o su "Curriculum"), así como un programa (un plan de obra). De ambos podemos inferir una posible evolución ante los imprevistos. Así mismo, en caso de graves incongruencias o fallos críticos, el sistema debe poseer metodos para reemplazar un dirigente incompetente. Moción de censura, denuncia judicial... etc. Pero el sistema tiene que protegerse a sí mismo.
Esto puede ser así en sistemas de representación donde se elige a un representante y existe correlación directa entre la población y la economía. Pongamos un ejemplo extremo, un país productor de alimentos poco industrializado. O un país escasamente poblado con amplitud de recursos naturales. En un país así, el dirigente será responsable directo del bienestar ciudadano, dependerá de su aprobación para seguir ejerciendo y una disrupción grave de la estabilidad o la confianza tendrá consecuencias directas muy obvias. Ese es un sistema en el cual la supervisión ciudadana del gobernante es casi automática, de una forma orgánica. Pero ese es un caso idealizado. En las sociedades modernas la economía es multidisciplinar, la población suele ser superior a los recursos naturales disponibles y la acumulación de capital produce una estratificación de la sociedad en capas. Lo que nos lleva al ejemplo contrario. Pongamos una sociedad dictatorial, en la cual la economía depende de la extracción de recursos naturales, en un lugar con una población amplia. Esta población deberá ser manipulada por la élite económica, que no depende de ella para mantener su status. En ese caso, el dirigente es una figura de papel, colocada por las élites para mantener el control (recordemos que el elemento fundamental de las dictadoras es la estabilidad; nacen y mueren por ella y miden su éxito en base a su capacidad para mantenerla). En una sociedad así, el valor del dirigente está más relacionado con las relaciones públicas que con el ejercicio del poder, pues este se encuentra en manos de las élites económicas, que no necesitan de la población.
Resumiendo. Las virtudes personales que podemos atribuir a alguien en el día a día no son necesariamente aplicables a aquellos que ejercen labor de gobierno. Y la labor de gobierno, como tal, es el resultado de una serie de procesos sociales que terminan influyendo en el individuo. El gobernante, por regla general, no es más que el producto de su sociedad, si bien dicha sociedad es inconsciente de dicha evolución hasta que cristaliza. Decía el general McChrystal que el buen lider es como un jardinero, que permite que los procesos evolucionen orgánicamente en la dirección que el pretende. Pero esto es así solo en entornos que lo permiten. Al ser tan variada la experiencia humana, podemos entender que grandes hombres y hombres grandes son elementos totalmente distintos, forjados por su entorno y su carácter, en contraste con la idea que dice que se hacen a si mismos.
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