Se me llena la boca con lo bien que se vive en el sur. Lo bien que se está entre su gente, lo agradable que es el clima, lo simpáticos que son los desconocidos...
Y lo terriblemente difícil que es organizar nada. Siempre he pensado que es un efecto secundario del buen clima y de una excesiva vida social , así como un entorno familiar positivo. La consecuencia directa es que existe una mentalidad de "trabajar para vivir, no vivir para trabajar". Y a veces, esa calidad de vida se derrama por los lados.
No voy a defender el tópico de que los sureños son flojos. Pero sí argumentaré que, a mayor la organización, menor la eficacia. Individualmente, existe gente que son unas maquinas. En grupos pequeños, a veces existe un rendimiento excepcional. Pero cuanto mayor la organización, más fácilmente se cuelan flojos, sinvergüenzas, fango. Y poco a poco, empapan el grupo de esa mentalidad, provocan conflictos y, enseguida, el resultado global empieza a irse a pique.
La semana pasada tenía una cuestión de papeleo. La burocracia es, por definición, la tarea menos eficaz del mundo. Sé lo que me digo; trabajo en ella. Pero incluso así, hay formas. El caso es que, en esta ocasión, choqué con el sistema en la forma de una o dos personas en concreto. Y perdí dos días.
Ojo, la ineficacia me parece un problema. El principal recurso de nuestra vida es el tiempo y no podemos permitirnos perderlo. Sobre todo en determinadas cuestiones pero, en general, nuestro tiempo es salud, es energía, es vida. Es lo que nos permite realizarnos como seres humanos, transformando nuestro entorno. Pero en este caso, el principal problema no es la ineficacia. Lo que me mata es que un compañero me falló.
No falló al sistema, no. Porque cuando fallas, por mucho que nos escudemos en la organización impersonal, los resultados y los medios son personales. La organización te niega algo, pero eres tu en persona el que da el papel a otra persona, que es la que va a sufrirlo. Y lo más humillante, lo más doloroso, es que es una persona que conoce el funcionamiento del sistema y puede poner, casi con minutos y segundos, el momento en que alguien dejó de hacer su trabajo y, por eso, yo perdí dos días.
Esto existe en todo el mundo. Estando en Madrid, yo atendía papeles de compañeros míos a quienes gente con la que comían y dormían les fallaba. Y no lo voy a perdonar, no lo puedo perdonar. Nunca entenderé como podemos dejar tirados a quienes nos necesitan. Pero en este caso, no es tanto por cobardía como por desidia y ese si es un crimen muy sureño.
En el norte, si quería pasar la ITV al coche podía hacerlo un jueves por la tarde. En el sur, tengo que pedir un día libre porque atienden en horario de funcionario, en esta tierra donde todos aspiramos a trabajar lo menos posible. En el centro, podía ir a una oficina a que me arreglaran un papel que no podía hacer en la administración porque, ahí sí, existía una alternativa al horario de funcionario. En estos tiempos de adminsitración electrónica, cada vez tiene menos sentido la existencia de ventanillas. Y siendo así, cada vez tiene menos sentido que hombres de cincuenta y muchos años, que casi no recuerdan la última vez que trabajaron de verdad, se sienten a complicarnos la vida a aquellos que, nosotros sí, tenemos cosas que hacer y son para ayer.
Hijos de puta. Hijos de la gran puta.
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