El otro día fue mi cumpleaños y me regalaron un album de fotos. Y de repente, muchas cosas volvieron a asomarse. Gente que se había caído del album o sitios a los que hacía muchísimo que no iba... de repente, muchas cosas volvieron a golpearme. Mis pelos largos. Algunos amigos a los que ya no veo. Mi familia. Muchos sitios y momentos.
Esta noche, miraba al techo sin poder dormir. Y noté un tirón en la pierna. Ahí estaba Ale de once o doce años, llevandome al callejón de la memoría, como cantaban los Rolling Stones.
Vigo. Verano de... no sé, hace demasiado. Una época en que las vacaciones eran irse muy lejos y... ya inventariamos sobre la marcha. Sin internet, sin teléfonos, sin consolas. Ibas a los campos de futbol del Bao y preguntabas si alguien jugaba partido. Así hacías amigos. A mí no me gustaba el deporte, pero leer sí. Así que por la mañana acompañaba a mi abuelo al kiosko. Él compraba el períodico y a mí me caía algún tebeo, que leía y releía hasta que estaba agotado. La papelería, aún la recuerdo, se llamaba "Moby Dick" y era como las de aquella época, que igual te vendían loteria, seriales, periodicos, revistas, tebeos, cuadernos... un poco de todo. En esa época había "almacenes", que eran como supermercados de barrio, y parece que muchas tiendas seguían una dinámica parecida, porque tampoco había tantas tiendas.
El caso es que el dueño de Moby Dick era amigo de mi abuelo. Mis abuelos vivían en el sur pero todos los veranos iban al norte y tenían un grupo de amigos, con los que iban a comer sardinas al monte. Nada especial, cosas sencillas de gente sencilla. La mayoría tenía restaurantes y eran, como mi abuelo, emigrantes que no tenían demasiado contacto con el pueblo tras tantos años fuera. Así que se iban al monte, uno ponía el vino, otro las sardinas y se echaban un día jugando cartas, charlando y compartiendo.
El dueño de Moby Dick se estaba muriendo. Ale de once o doce años no lo sabía, pero tenía cancer. La habitación era oscura y olía a enfermedad. Y mi abuelo tenía mucho miedo, aunque yo no lo sabía. Mi abuelo tenía meido de no estar a la altura, de fallar a su amigo. De no poder hacer nada y, no solo eso, sino de molestar, estorbar, decir algo equivocado. No saber apoyar. Mi abuelo tenía miedo de no ser la persona que quería ser.
Ese año, al volver del verano y empezar el curso, fui a la capilla de la escuela católica donde estudiaba. Recé mucho, por algo que no entendía y pedí ayuda. Y de alguna forma, sentí que Dios me transmitía la idea de que la gente se va, que hay que entenderlo. Que no pasa nada. Que lo importante es vivir bien porque, una vez te vas, da igual.
Entendedme. Yo no concía a ese hombre de nada. Veía que mi abuelo sufría y quería que él no sufriera. Los niños son extremadamente egoistas pero, en su egoismo, son también muy honestos. Yo no sabía lo que era morirse, pero tenía una idea de que, una vez se fuera, ya no volvería. Así que recé y recé y entendí que, una vez se fuera, dejaría de sufrir.
Un día al volver de clase mi abuela me dijo que el amigo de mi abuelo había muerto. Que él quería estar solo y hoy no comería con nosotros. Ese día me planteé que, quizás, Dios tenía razón. Que lo importante era estar, porque una vez te vas da igual. Y lo he tenido siempre conmigo esa idea, desde el principio.
El Ale de once o doce años me soltó la pierna y sonrió. A veces, hacemos un camino enorme para volver al punto de salida. Pero cuando te vienen recuerdos de una epoca an lejana y son buenas, cuando tienes aprobación del Ale que fuiste... sabes que vas en la dirección correcta. Y puedes sentirte orgulloso de ello.
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