En estos tiempos de materialismo salvaje, consumismo feroz y prisas, es interesante reflexionar sobre como todo es temporal y las cosas, nuestras emociones, nosotros mismos, pasamos. Como "tenemos tiempo", "tenemos una casa" y "tenemos amigos" son instantes en el tiempo, congelados en una gota de ambar.
Pero no son reales. Si algo he aprendido mudandome tanto es que todo fluye y cambia y que, nuestra capacidad para alterar el entorno, está directamente relacionada con ese entorno. No hay recursos ilimitados y el espacio entre esos recursos, el tiempo y nuestra voluntad, es lo que permite producir efectos. No "tenemos" amigos. Coincidimos con personas en un determinado entorno y construimos relaciones, que como seres vivos nacen, crecen, se reproducen (o no) y mueren. Tampoco "tenemos" una casa, sino que la ocupamos temporalmente. Cuando nosotros muramos alguien tendrá esa casa o antes se caerá. Todo fluye, todo está en constante movimiento y seguimos, tozudos, decididos a parar el tiempo. Que precisamente es lo único que no tenemos, porque va constantemene hacia delante, tic tac tic tac.
Y curiosamente, esa es una de nuestras mayores angustias. "Que se nos pase el arroz". La consciencia de que, a nuestro alrededor, están pasando multitud de cosas de las que no somos partícipes. ¿Y? Decía un general que todo soldado controla solo la tierra que tiene bajo sus botas. No podemos abarcar el espacio y el tiempo; somos una gota en el mar de la experiencia humana. Y cada decisión que tomamos nos aparta de otras, pero esa decisión existe en nuestra realidad, en lo que alcanzan nuestros brazos. ¿Queremos estar en cinco sitios a la vez? Mal vamos.
Llevo un par de semanas hablando con un amigo sobre el conflicto que produce el deseo. Y ojo, no uso la palabra "amigo" de forma ligera. Es alguien que, sin tener porqué, ha tendido la mano hacia mi y me ha ayudado de muchas y muy diversas maneras. Es alguien a quién quiero (hola Toño tío). Este es otro conflicto sobre el verbo "tener". ¿Tengo ganas de algo? Los antiguos griegos creían que sus pensamientos no eran suyos, sino que estaban inspirados por los dioses. Es decir, que cuando querían a alguien no era porque ellos lo sintieran, sino porque Afrodita los había inspirado. Repito la pregunta. ¿Tengo ganas de algo? Una serie compleja de procesos químicos, antecedentes psicológicos y movidas raras hacen que nos sintamos impulsados en un sentido o en otro. El querer algo es natural y bueno, es la ambición lo que nos mueve y el ansia de transformar nuestro entorno. Pero querer algo demasiado nos frustra, nos angustia, nos limita. ¿Es posible ser felices? ¿Hay un espacio entre el deseo y la frustración?
Lo hay, claro. Como en todo, la clave está en el equilibrio (tengo que leer más a Marco Aurelio). La clave es dialogar y entender que, igual que no "tenemos" amigos o una casa, tampoco "tenemos" ganas. Queremos algo pero... ¿por qué? Una vez entendemos el origen del impulso, podemos determinar si es positivo o negativo e intentar modularlo hasta cierto punto. Al igual que los ayunos intermitentes ayudan a equilibrar nuestro intestino, la gestión de la frustración nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. ¿Demasiado disciplinado? Esa es mi solución, pero cada uno debe encontrar el camino a su dialogo interno. Y una vez eres capaz de hablar contigo mismo y conocerte, de repente, todo empieza a ser comprensible.
O a tener sentido.
Buenas noches/dias y gracias
No hay comentarios:
Publicar un comentario