sábado, 13 de mayo de 2023

La trampa del orgullo

Nada como sentirse herido y limitado, para darse cuenta de lo absurdas que son nuestras pretensiones y nuestras importancias. El otro día leía que, enfrentados a una enfermedad, la mayoría de la gente altera su percepción de la felicidad. O por decirlo de otra manera, cuando estás en cama con fiebre resulta que no poder comprarte ese teléfono deja de parecerte una tragedía.
En mi dinámica de relaciones, yo suelo ser una persona independiente y autonoma. Suelo ser el que lídera, el que resuelve problemas. No suelo ser el que pide ayuda ni el que se siente dependiente. Pero a veces, pasa. A veces, necesito que me ayuden, que me comprendan, que me apoyen. Y me siento mal cuando estoy en ese momento y reacciono de malas maneras.
Hay que darse espacio. Hay que perdonarse. Y hay que dejar de darle importancia a cosas que no la tienen. Y en ese perdonarse, aceptarse, darse espacio y admitir que tenemos miedo es donde existe el crecimiento. Quiero hacerlo bien, pero no sé hacerlo. Así que voy a seguir el consejo de gente que sabe más que yo y dejarme ayudar.
Voy, sobre todo, a valorar a quién me quiere y me cuida. Que ya sabes quién es, ardilla.

domingo, 7 de mayo de 2023

Percepción de movimiento

Hace una semana, de vacaciones en Cádiz, pensaba que la vida era maravillosa. Cada día era una aventura y, el que no lo era, era el periodo de descanso. Estaba bien, contento. Me sentía rodeado de gente querida que me quería y, simplemente salir a la calle, hacía que me sintiera bien.
¿Qué ha cambiado en una semana? Principalmente, la perspectiva del presente y el futuro. La idea de que no decido, sino que soy impulsado. El "estrecharse el campo", que hace que cualquier plan se me plantee como demasiado difícil, como demasiado complicado. La constante negativa, que hace que ya casi desista uno de intentarlo, porque no tiene sentido seguir esforzandose.
La percepción de movimiento.
El futuro es ese gran desconocido que tenemos delante. Es lo que hay detrás de la colina y no podemos ni imaginar. Pero si miramos a nuestro alrededor, podemos ver pistas de como será ese futuro. Vemos si la colina tiene bosque o es desertica, si es muy empinada o suave. No podemos dirigir la nave, pero si entender un poco de nuestro entorno. Cuando pensamos en el futuro no como algo que estamos construyendo, sino como algo que nos viene impuesto empiezan los problemas. Que se aumentan cuando, eso que nos viene impuesto, no nos hace felices. Dando por satisfecho los níveles mínimos de la pirámide de Marslow, la felicidad humana se determina en base a su capacidad de decisión. Esa capacidad de decisión tiene una serie de limitadores claros, obvios. Y esos limitadores pueden producir frustración si no se procesan adecuadamente. Cuando nosotros tenemos un poco de idea de adonde vamos, la percepción de movimiento es suave y agradable. No tenemos prisa, porque disfrutamos del viaje. Pero cuando vamos a un sitio que no nos gusta o no vemos a donde vamos, el viaje se puede volver mucho más hostil.
Es necesario trabajar eso. Tenemos que encontrar una forma de procesar nuestras frustraciones que hagan que no renunciemos a la felicidad para ser nosotros mismos, que nos permitan crecer, explorar, sentir. Ser. En ese espacio de crecimiento, donde somos más y no tenemos miedo del futuro, es donde podemos ser felices.
Hay que entender que el futuro es lo que hay ahora y mejor. Y que lo será porque nosotros lo vamos a hacer.

martes, 2 de mayo de 2023

No es ciudad para reyes

El otro día, en Cádiz, tuve una revelación. Una revelación que se convirtió en un audio bastante absurdo que no les molestaré contandole. Basicamente, en el audio, yo venía a decir que la falta de espacio de Cádiz, junto con esa curiosa tradición que es el Carnaval, ha afectado de forma terrible a la estructura social de la ciudad. En el momento en que, por más dinero que tengas, tienes que llevar a tu hijo al mismo colegio que lo lleva el resto de la gente - más que nada, porque no hay otro -, que la plaza donde llevas a tus niños a que jueguen es la misma -porque o coges el coche y sales de la ciudad, o es la que hay -, y la vida común de la ciudad te persigue, no tienes más remedio que participar de ella y ser parte de la ciudad. El espacio compartido, en una forma que me imagino debe ser más similar a las sociedades antiguas que a las actuales, "restringe" las diferencias de clase. De forma que las interacciones sociales son obligatorias y uno no puede "deshumanizar" al otro, por el constante roce. Así mismo, las clases "inferiores" son de natural rebelde, pues le ven las costuras al poder. Es muy difícil considerar como "más grande que la vida" a un alcalde, cuando el alcalde vive en la calle de al lado y, si su equipo pierde, maldice como cualquier hijo de vecino.
Así mismo, si hablamos del Carnaval, es una festividad centrada en la creatividad, la subversión y la relajación del orden. Lo que hace que, sin ningún tipo de problema, un directivo de un centro de salud pueda cantar con un reponedor de un supermercado y luego irse de cervezas. Lo que, como decía anteriormente, "encoge el campo" y hace que las interacciones sociales derriben prejuicios en un espacio tan pequeño y concentrado.
Eso hace que la cultura gaditana sea un tanto incomóda y es, probablemente, el orígen de tanta creatividad en la ciudad. También el escaso poder adquisitivo ha limitado su acceso a la cultura, ojo. Este texto no es una adoración de Cádiz. Pero si me resulta curioso que, la disposición geográfica, haya condicionado de esa forma la cultura y me parece un tema interesante para reflexión.

Cartas radioactivas


Hace un par de meses, en mi trabajo, hubo una situación muy desagradable que "explotó" con un email. Ese email lo imprimí y lo tengo en mi mesa, como recordatorio del carácter de determinadas personas. Por si se me olvida. Es una forma de advertencia, pero es una forma de advertencia dolorosa.
Hoy, repasando carpetas de fotos y recuerdos me he encontrado algo similar. Un email, muy ofensivo, que me mandó una persona a la que apreciaba mucho. Y en cierto sentido, ese email tiene el mismo carácter que el que está sobre mi mesa. Esos emails son escarificaciones, cicatrices, marcas de dolor que te recuerdan que algo pasó, para que nunca llegues a confiar del todo. Es algo parecido a un arnés; algo antinatural e incomódo, que condiciona tu comportamiento y tu postura, de forma que nunca te llegues a poner del todo derecho.
Lo entiendo. Tiene sentido. Pero la gente, las dinamicas y las situaciones, cambian. Y mantener esa desconfianza, ese... "dolor embotellado", no creo que sea bueno. Aprender a exponerse demasiado, a evitar situaciones en las que los puedan lastimar a uno... eso es importante. Conocer el carácter de la gente. Pero no creo que sea necesario esa forma de castigo. No quiero convertirme en una persona que, un día cualquiera, diga "claro, no puedo confiar en esta persona, porque hace dos años y tres meses me dijo...". Eso es venenoso. Te deforma por dentro.