sábado, 13 de mayo de 2023

La trampa del orgullo

Nada como sentirse herido y limitado, para darse cuenta de lo absurdas que son nuestras pretensiones y nuestras importancias. El otro día leía que, enfrentados a una enfermedad, la mayoría de la gente altera su percepción de la felicidad. O por decirlo de otra manera, cuando estás en cama con fiebre resulta que no poder comprarte ese teléfono deja de parecerte una tragedía.
En mi dinámica de relaciones, yo suelo ser una persona independiente y autonoma. Suelo ser el que lídera, el que resuelve problemas. No suelo ser el que pide ayuda ni el que se siente dependiente. Pero a veces, pasa. A veces, necesito que me ayuden, que me comprendan, que me apoyen. Y me siento mal cuando estoy en ese momento y reacciono de malas maneras.
Hay que darse espacio. Hay que perdonarse. Y hay que dejar de darle importancia a cosas que no la tienen. Y en ese perdonarse, aceptarse, darse espacio y admitir que tenemos miedo es donde existe el crecimiento. Quiero hacerlo bien, pero no sé hacerlo. Así que voy a seguir el consejo de gente que sabe más que yo y dejarme ayudar.
Voy, sobre todo, a valorar a quién me quiere y me cuida. Que ya sabes quién es, ardilla.

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