domingo, 10 de noviembre de 2024

Un buen amigo

Ayer tuve la suerte de sorprenderme ante la naturaleza generosa del ser humano. Ayer hice un viajecito, de esos que de alguna forma se han vuelto normales en mi vida y hace unos años me habría resultado una locura, para ir a jugar una partida. No hace tantos años, media hora de coche para jugar me parecía un desafío intolerable. Ahora, me paso dos horas entre metro, tren y gracias a que alguien me recoge no bus, para jugar. A un juego que ni siquiera me vuelve loco, pero es una buena excusa para quedar con la gente.
Y ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de la increíble suerte que tengo. De ser admitido en una casa como uno más, de que me den de comer y de beber, que preparen una mesa magnifica. Que la rodeen de un grupo de gente amable, cariñosa, que te recibe como uno más y se preocupa porque estés bien e integrado. Que hacen un esfuerzo por hacerte sentir cómodo a ti, que vienes de fuera.
¿Y todo por qué? Pues porque hay una persona en el centro de todo, alguien que es un gran amigo y una mejor persona. Alguien que escucha y comprende, que apoya y ayuda. Alguien que se preocupa por los demás y quiere que todos estén bien. Que entiende que no es tu primer idioma, que el otro tiene dificultades, que este tiene cosas que no habla ni consigo mismo. Y durante un rato, todo desaparece y solo está el juego y las bromas y lo que pasa y la risa y los planes... y durante un rato, el mundo ahí fuera con su política, su oscuridad, sus facturas y sus problemas espera. Volverá, claro que volverá. Pero ahora no. Luego.
Ese es el regalo de la amistad. El refugio contra el frío, la soledad, la tristeza. Es un regalo generoso de tiempo, de espacio, de energía, hecho por alguien que es único y que actua como si no lo supiera. Ayer tuve la suerte tremenda de ser admitido en casa de Marc, en su familia, en sus amigos. Ayer vi su vida y él me dejó ser parte de ella. Y tengo una suerte increíble de haber conocido a alguien así, capaz de actuar de esa manera y que, por si fuera poco, me valora y aprecia mucho.
Recuerdo que hace años, Rafa decía que él era el unico de los españoles que trabajaban en Alemania que había sido invitado a una barbacoa en casa de uno de ellos. Que los había conocido jugando a muñequitos y eso había roto el hielo. Me resultaba curioso pero, ahora, no me parece tan raro. Ya llevo tres meses aquí y más o menos le he cogido el ritmo. Ya no me sorprende que la gente no hable en el trabajo; yo he dejado de hablar. Tampoco me sorprende que la gente conduzca como si le fuera la vida en ello; yo también lo he empezado a hacer. He dejado de querer hacer amigos; me encierro en mi mismo. Tampoco tengo gran interés por nada, la vida consiste en pasar un día detrás de otro y, cuando pueda, escaparme. Supongo que me he adaptado. Tres años en Madrid y ahora esto me han enseñado que la vida no es aquí ni ahora, sino muy lejos, con otra gente, en ese ratito para el que trabajas y ahorras durante semanas y meses. Vives cuando nadie mira, cuando estás lejos.
Por eso valoro tantísimo lo de ayer. Incluso aunque yo, que siempre he sido protagonista en estas cosas, actué más bien como espectador (culpa mía, debería haberme implicado más, tanto en el planeamiento como en la ejecución. Nadie me sacó del escenario, me saqué yo solo), conseguí disfrutar del momento y, sobre todo, sentirme comodo y a gusto. Incluso siendo "raro" y "extraño" (awkward y weird, que explican mejor como soy y me siento), fue un día muy agradable y me siento, de todo corazón, humilde y agradecido por haber sido bendecido con este amigo, un hombre único e increíble. Gracias. Muchísimas gracias.

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