El otro día hablaba con un amigo sobre el mundo de las miniaturas y como lo ha cambiado los ordenadores. En general, creo que es una mezcla de los ordenadores y la pandemia, que nos han hecho cada vez más... ¿solitarios? El otro día en Sevilla me recomendaban jugar a miniaturas por TTS (Tabletop Simulator, un programa para jugar a juegos de mesa online). Es curioso. Para mi, uno de los motivos para jugar a miniaturas ha sido socializar. Quedar con la gente y hacer cosas. Uno de los principales problemas del TTS y de cualquier actividad por ordenador, como sabréis, es lo facil que es desconectar de lo que estás haciendo. Encoges la pantalla, cierras la pestaña... lo que sea. Y estás viendo videos, leyendo en chats o haciendo cualquier cosa en vez de lo que se supone que tienes que estar haciendo. Ese es uno de los motivos por el cual las clases online son un relativo desastre; la gente no se implica. Tenemos muy poco "lapso de atención" (no conozco esta palabra en español) y, si algo no nos interesa mucho, pasamos a otra cosa. Es otro efecto secundario de la sobreestimulación, la constante exposición a moviles e información constante, constante, constante...
Una vez más, me desvío. Quería decir que, si bien jugar por TTS es una solución para situaciones como la mía (viviendo lejos de todo, con horarios de trabajo muy raros), no sustituye al verdadero elemento. De la misma forma que los libros no han desaparecido a raíz del ebook, hay elementos de una experiencia que la tecnología no puede sustituir. Ningún libro digital se compara con pasar las manos por una cubierta de un libro, abrir las paginas, oler a nuevo y la sensación de posesión de tenerlo encima de una mesa en tu casa. Y ningun simulador con graficos y pantallitas sustituye a las risas de ver rodar el dado, mover fisicamente las miniaturas y el esfuerzo de pintar, decorar e imaginar.
Con lo que no. No creo que se acaben las minis. Pero desde luego, todo cambia y quizás, como el morse, los radioaficionados o las cartas de papel, las miniaturas se convertirán en algo muy muy muy minoritario. Ya no es que sea precisamente masivo, pero es posible que esto cambie. Y eso estará bien.
jueves, 3 de abril de 2025
Un agujero de amor
Me he dado cuenta de que me falta algo. Me faltan los amigos, la familia, el sentido. Me falta sentirme querido. Me falta un objetivo, algo hacía lo que avanzar. Me falta una red de contactos que alivie los golpes de la vida. Pero, sobre todo, me falta esa frase que decía Victor: Encontrarnos a nosotros mismos haciendo aquello que nos gusta, con gente que nos quiere por quienes somos. Me falta esa retroalimentación que te da verte a ti mismo a través de los ojos de tu entorno y verte bien.
Uno de los mayores defectos que tenemos en general es no saber valorar lo que ya tenemos. Lo damos por hecho y, al hacerlo, pierde valor. Decían en "Malazan song of the fallen" que todo trono es una flecha. En cierto sentido la ambición nos anima a ser más, a ser mejores, a hacer más. Pero hay que pararse y ver lo que tenemos y dar gracias por ello. Por la salud por la estabilidad por... X. Siempre hay algo que agradecer.
Entonces, ¿por qué siento que me falta algo? Porque no hago cosas que me gustan. Porque me entretengo conmigo mismo, mientras en mi entorno la gente trabaja o hace cosas. Estoy fuera. Pero cuando estoy trabajando, tampoco estoy en mi entorno. Simplemente, estoy. Obligado a justificarme a mi mismo, obligado a explicar mi situación, habitualmente a gente a la que no le importa.
¿Es posible sentirse solo estando acompañado? Lo es. Sobre todo cuando lo que somos, lo que sentimos y expresamos y pensamos y queremos... hay que callarlo. Cuando te dicen "esto no le interesa a nadie" o "deja de molestarme con tu tema". Y poco a poco, uno va encerrandose en si mismo, dejando de quedar con gente, dejando de hacer lo que le gusta, dejando de ser... Hasta que un día te levantas y te preguntas como has acabado en esta situación.
Y lo más curioso es que es antinatural. Lo natural es salir a la calle, reunirse, hablar, jugar, hacer cosas. Hacer deporte, comer cosas buenas, que te dé el sol. Sentirse bien. Vivir asustado, vivir encogido, vivir reaccionando no es lo normal. Es una situación a la que te arrastran o te arrastras, fallando una y otra vez, una y otra vez. Y sin ser capaz de sacar la cabeza de ahí y volver a la luz.
Quizás esto es demasiado oscuro. Lo dejo para otro día.
Uno de los mayores defectos que tenemos en general es no saber valorar lo que ya tenemos. Lo damos por hecho y, al hacerlo, pierde valor. Decían en "Malazan song of the fallen" que todo trono es una flecha. En cierto sentido la ambición nos anima a ser más, a ser mejores, a hacer más. Pero hay que pararse y ver lo que tenemos y dar gracias por ello. Por la salud por la estabilidad por... X. Siempre hay algo que agradecer.
Entonces, ¿por qué siento que me falta algo? Porque no hago cosas que me gustan. Porque me entretengo conmigo mismo, mientras en mi entorno la gente trabaja o hace cosas. Estoy fuera. Pero cuando estoy trabajando, tampoco estoy en mi entorno. Simplemente, estoy. Obligado a justificarme a mi mismo, obligado a explicar mi situación, habitualmente a gente a la que no le importa.
¿Es posible sentirse solo estando acompañado? Lo es. Sobre todo cuando lo que somos, lo que sentimos y expresamos y pensamos y queremos... hay que callarlo. Cuando te dicen "esto no le interesa a nadie" o "deja de molestarme con tu tema". Y poco a poco, uno va encerrandose en si mismo, dejando de quedar con gente, dejando de hacer lo que le gusta, dejando de ser... Hasta que un día te levantas y te preguntas como has acabado en esta situación.
Y lo más curioso es que es antinatural. Lo natural es salir a la calle, reunirse, hablar, jugar, hacer cosas. Hacer deporte, comer cosas buenas, que te dé el sol. Sentirse bien. Vivir asustado, vivir encogido, vivir reaccionando no es lo normal. Es una situación a la que te arrastran o te arrastras, fallando una y otra vez, una y otra vez. Y sin ser capaz de sacar la cabeza de ahí y volver a la luz.
Quizás esto es demasiado oscuro. Lo dejo para otro día.
miércoles, 2 de abril de 2025
Las mil caras de la envidia
Es muy curioso. Como dice el refrán, "la suerte de la fea, la guapa la desea". Todos podemos mirar a izquierda y derecha y pensar "X persona tiene esto, y yo lo quiero". Ignorando todo lo demás. El esfuerzo que le haya costado conseguirlo, los sacrificios que hace para tenerlo, el daño que le puede hacer eso. Los solteros quieren pareja, los emparejados quieren estar solteros. Los que trabajan mucho quieren tiempo y los que no trabajan quieren dinero. Todos, todos, podemos mirar a otra persona y sentir envidia.
Así que, realmente, ¿cuál es la cara original de la envidia? La cara original es la insatisfacción. Es el que nos falta y que somos incapaces de llenar. Es el no estar contento. Simplemente. Iba a poner "no estar contento con algo", pero eso sobra. Si estamos contentos no sentimos envidia. Podemos pensar que nos gustaría X, pero eso es simplemente un deseo, como cuando vemos una playa y pensamos que nos gustaría estar allí. No existe ese concepto de posesión, de ofensa que existe cuando hay envidia. "Porque X tiene esto y yo no". Y a continuación, "X no se lo merece, mientras que yo sí". Es muy curioso como eso termina envenenando nuestra felicidad con nosotros mismos, nuestra felicidad con los demás. A nosotros.
Y lo más curioso es que, en la mayoría de ocasiones, ni siquiera disfrutamos lo que envidiamos. Pero no hay como. Si tuviera que ponerle un nombre a la envidia, quizás sería ese. Infelicidad. Somos envidiosos porque somos infelices. Porque somos pobres, aunque tengamos todo lo que queremos, porque estamos más focalizados en lo que falta que en lo que hay.
Así que, realmente, ¿cuál es la cara original de la envidia? La cara original es la insatisfacción. Es el que nos falta y que somos incapaces de llenar. Es el no estar contento. Simplemente. Iba a poner "no estar contento con algo", pero eso sobra. Si estamos contentos no sentimos envidia. Podemos pensar que nos gustaría X, pero eso es simplemente un deseo, como cuando vemos una playa y pensamos que nos gustaría estar allí. No existe ese concepto de posesión, de ofensa que existe cuando hay envidia. "Porque X tiene esto y yo no". Y a continuación, "X no se lo merece, mientras que yo sí". Es muy curioso como eso termina envenenando nuestra felicidad con nosotros mismos, nuestra felicidad con los demás. A nosotros.
Y lo más curioso es que, en la mayoría de ocasiones, ni siquiera disfrutamos lo que envidiamos. Pero no hay como. Si tuviera que ponerle un nombre a la envidia, quizás sería ese. Infelicidad. Somos envidiosos porque somos infelices. Porque somos pobres, aunque tengamos todo lo que queremos, porque estamos más focalizados en lo que falta que en lo que hay.
Me ahogo en el silencio
Al otro lado del horizonte, la vuelta al vacío. Y a este lado del silencio (como me gustaba esa canción), nada. Las horas pasan, atiendo a clases donde no aprendo, no hablo con nadie, no hago nada. ¿Qué te apetece hacer? Nada. El reloj sigue avanzando, tic toc, y estoy atrapado entre lo que no quiero hacer y lo que me da miedo hacer. Mirando por la ventana. Los días siguen. Hace falta un punto de apoyo, un primer paso... pero todos los primeros pasos han sido fracasos. Tanto así, que ya no quiero ni empezar. Simplemente quiero volver a lo que sé que funciona, a la casilla inicial y desde ahí, ir avanzando.
Pero no depende de mí. Y hoy, ha surgido un plan. Por supuesto no un plan mío, ni siquiera un plan en el que opino. Un plan al que puedo asistir, invitado, como espectador. ¿Quizás lo disfrute? Quizás. Voy a intentarlo. Pero en estos momentos... Seguimos cerrando puertas. Se acabó el entrenar, se acabó el estudiar. Ahora, también el juego. Las miniaturas van camino del cajón, despacito, poco a poco pero acabarán ahí. Y una vez estén ahí... pues no sé. ¿Videojuegos? ¿Proyectos de pintura? Durante meses he mantenido la inercia de algo que empezó en Madrid... y murió en Madrid, aunque yo hasta este fin de semana no lo sabía.
Me ahogo en el silencio. Y em cierto sentido, entiendo porqué mi madre dice que necesita vivir en un sitio donde haya gente en la calle que haga ruido. Las puertas que se cierran cada vez me dejan más solo, más aislado, más triste. Y lo peor, más incapaz de salir.
Pero no depende de mí. Y hoy, ha surgido un plan. Por supuesto no un plan mío, ni siquiera un plan en el que opino. Un plan al que puedo asistir, invitado, como espectador. ¿Quizás lo disfrute? Quizás. Voy a intentarlo. Pero en estos momentos... Seguimos cerrando puertas. Se acabó el entrenar, se acabó el estudiar. Ahora, también el juego. Las miniaturas van camino del cajón, despacito, poco a poco pero acabarán ahí. Y una vez estén ahí... pues no sé. ¿Videojuegos? ¿Proyectos de pintura? Durante meses he mantenido la inercia de algo que empezó en Madrid... y murió en Madrid, aunque yo hasta este fin de semana no lo sabía.
Me ahogo en el silencio. Y em cierto sentido, entiendo porqué mi madre dice que necesita vivir en un sitio donde haya gente en la calle que haga ruido. Las puertas que se cierran cada vez me dejan más solo, más aislado, más triste. Y lo peor, más incapaz de salir.
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