Al otro lado del horizonte, la vuelta al vacío. Y a este lado del silencio (como me gustaba esa canción), nada. Las horas pasan, atiendo a clases donde no aprendo, no hablo con nadie, no hago nada. ¿Qué te apetece hacer? Nada. El reloj sigue avanzando, tic toc, y estoy atrapado entre lo que no quiero hacer y lo que me da miedo hacer. Mirando por la ventana. Los días siguen. Hace falta un punto de apoyo, un primer paso... pero todos los primeros pasos han sido fracasos. Tanto así, que ya no quiero ni empezar. Simplemente quiero volver a lo que sé que funciona, a la casilla inicial y desde ahí, ir avanzando.
Pero no depende de mí. Y hoy, ha surgido un plan. Por supuesto no un plan mío, ni siquiera un plan en el que opino. Un plan al que puedo asistir, invitado, como espectador. ¿Quizás lo disfrute? Quizás. Voy a intentarlo. Pero en estos momentos... Seguimos cerrando puertas. Se acabó el entrenar, se acabó el estudiar. Ahora, también el juego. Las miniaturas van camino del cajón, despacito, poco a poco pero acabarán ahí. Y una vez estén ahí... pues no sé. ¿Videojuegos? ¿Proyectos de pintura? Durante meses he mantenido la inercia de algo que empezó en Madrid... y murió en Madrid, aunque yo hasta este fin de semana no lo sabía.
Me ahogo en el silencio. Y em cierto sentido, entiendo porqué mi madre dice que necesita vivir en un sitio donde haya gente en la calle que haga ruido. Las puertas que se cierran cada vez me dejan más solo, más aislado, más triste. Y lo peor, más incapaz de salir.
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