lunes, 9 de enero de 2017

La belleza es tan vacía


Esta frase, dicha ayer por una colega, sonó absolutamente a desesperación. Es el rechazo absoluto a nuestra forma de vida, a nuestro mercado de consumo de la imagen. Y me asombró. Supongo que sentí algo muy parecido a lo que habría sentido un español del siglo dieciseis ante un ateo, una sensación de... ¿pero que demonios?
El caso es que, en clara contradicción con lo que decía Oscar Wilde, la compañera tenía su punto de razón. La belleza es una virtud en sí misma, como decía Wilde, cuando entendemos la belleza en su concepto amplio. Salud. Bienestar. Alegria. Virtudes que levantan el ánimo. Cuando hablamos de belleza "real", efectivamente es una virtud en si misma.
Claro que esa belleza "real" es más medio para conseguir un fin que consecuencia en sí misma. Es la belleza que se consigue sin querer. Ahora mismo pienso en una chavala que conozco. No va al gimnasio, pero corre, monta en bicicleta, escala... hace de todo. Come lo que puede, no la he visto beber nunca, lee muchisimo, viaja sin parar. Y es una muchacha guapisima porque... bueno, porque ser guapa es el resultado de su forma de vivir. Ese es un caso de belleza como aquel al que se refería Wilde, o como aquel poeta que dijo que con quince años todas las muchachas son hermosas -o al menos eso quiero pensar-.
En cambio existe esa otra belleza, hecha de extensiones, maquillaje, ropa... humo y espejos. Esa belleza está vacía porque no esconde nada detrás. Cuando mi colega ayer decía "a veces me siento como un pedazo de carne" cita a Lady Gato. ¡Y que tragedia! Personas con una mente asombrosa, con una capacidad para crear impresionante... reducidas a eso. A un cuerpo. A una cara. A una foto. Como si no tuvieran más que dos dimensiones, incapaces de desarrollarse como seres humanos completos porque, al otro lado del teléfono, la persona que debe recibir esa información que ellos emiten no está. Ni se la espera.
Ciertamente, es una pena que la belleza esté tan vacía. Menos mal que no todas lo están. Menos mal que aún podemos hacernos preguntas y aún podemos disfrutar de las cosas sencillas, pero hermosas. Menos mal.

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