domingo, 24 de diciembre de 2017
Comida para el espíritu
Hoy ha sido un día un poco raro. A veces pasa. Llevo un par de días algo tristón y el fin de semana ha sido excepcionalmente bueno.
Y sin embargo...
Hoy he podido disfrutar de una comida en familia. La primera en semanas. El hecho de que el cristianismo insista tanto en la comida en familia, en los sacramentos, "tomando pan lo repartió..." no es ninguna casualidad. Alimentamos nuestro cuerpo a la vez que alimentamos el espíritu y nos relajamos. Compartimos. Estamos juntos, en torno a una mesa.
También está el llegar a casa. Contarle que has estado haciendo estos días y que te escuche. Poder dejar tu peso caer sobre otra persona y que esa persona pueda compartir su peso. Que te cuente lo que le gusta, lo que ha pasado. Que compartáis una sonrisa.
Hoy me siento muy afortunado. Muchísimo. Porque tengo a mi madre y puedo ir a verla, esa mujer que ha sufrido, peleado y vencido. Esa mujer que ha pasado por tantas cosas y aún lo hace, siempre con dignidad, con carácter, con orgullo. Hay muchísimo en lo que no estamos de acuerdo (pero ese es mi relación natural con el Universo), pero en ella admiro y aprecio muchísimo la paciencia, el respeto, la curiosidad. He aprendido mucho de ella, tanto queriendo como sin querer. Y tras muchos años fuera y muchas volteretas dadas, puedo decir que me siento extremadamente afortunado de tenerla cerca y poder verla.
A todos se nos llena la boca con que no sabes lo que vale algo hasta que lo pierdes. Mentira. Uno lo sabe, pero está demasiado encabezonado en conseguir lo siguiente. Hay que saber disfrutar el momento, concentrarse en el aquí y el ahora. Como decía D. Carlos: "la mejor escuela es la mía, porque es donde estoy. Si estuviera en la otra, sería la otra". Eso, que parece una tontería al alcance de cualquiera, algo lógico... no lo es tanto. Y precisamente por eso hay que saber valorarlo.
Hoy he podido disfrutar de mi madre y de mi hermana. Que es un personaje. Y hemos podido estar juntos en el sofá, simplemente siendo.
Gracías. Gracías por darle tanta razón a los verbos transitivos, a la conversación, al espacio compartido. Gracias por sentarnos a la mesa y, tomando pan, llenar mi estomago de alimento y mi espíritu de paz. Os quiero.
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