jueves, 1 de febrero de 2018

Estoicismo como estilo


Hoy me he bajado del autobus y casi me he chocado con una familia. Joven. Él y ella unos treinta y pocos, una niña de unos cinco en una bicicleta para niños. La madre le gritaba, estridente, que porqué había hecho eso. Una vez. Otra vez. Mientras el padre parecía querer proteger a la niña de la reacción de la madre.
Y yo pensaba... ¿realmente se consigue algo con eso? Esos gritos, esas estridencias... mi abuelo en la vida necesitó gritarme. Nunca. La única vez que levantó la voz, un amigo mío salió corriendo. No le hacía falta. Cuando consigues un estado de serenidad, de firmeza... eso se proyecta. En cambio los gritos de esa mujer, probablemente, no estaban llegando a la niña. Solo la ponían nerviosa, como nos sucede a nosotros con el llanto de un bebé. No entendemos lo que quiere decir, pero a un nivel primario, animal, afecta a una parte de nuestro cerebro que reacciona.
No se puede educar desde el ruido. Hoy le decía a una amiga que, para poder enseñar, hace falta amar. Si hacemos las cosas "por miedo a que nos riñan" nunca podremos enseñarlas, porque no creemos realmente en ellas. El liderazgo se construye desde el respeto y el amor, desde la ambición y las ganas. Cuando uno quiere hacerlo bien, porque realmente le gusta... entonces está preparado para enseñar. Para dirigir y ser ejemplo.  Para hacer preguntas y querer mejorar, uno necesita verle el sentido, verle la meta.
Si alguien lee esto y piensa "tu no sabes lo cargante que pueden ser los niños", le diría que mejor me preguntara sobre mi experiencia. He sido profesor de primaria. Y mi historia personal llega a extremos muy curiosos eso. Y aunque perdemos los nervios con facilidad por muchísimos motivos (muchos de ellos legítimos, como el cansancio o el hambre), eso no nos puede servir de excusa para justificar conductas injustificables. Si queremos ser un modelo, tenemos que exigirnos a nosotros mismos antes que a nadie. Y la disciplina comienza por uno mismo. 

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