Ayer fue un día complicado, de una pareja de días malos. Acabó, por la noche, con una frase muy dura por mi parte "la única diferencia entre que tu estés aquí y que no estés, es que hay más cosas por medio".
Es algo muy duro decirle a alguien eso. Y realmente, buena parte de la culpa de esa situación es mía. El otro día leí una frase, en teoría de Marco Aurelio (pero que puede ser como esas que le atribuyen a "El principito"), que decía "antes de criticar algo de alguien, piensa en el defecto más similar a ese que tengas tu mismo". Y pensando en esta situación, me doy cuenta de que soy yo el que genera desequilibrio. Quiero una cosa y digo otra, me saboteo a mi mismo. Si algo tiene solución, no arreglarlo para sufrir es masoquismo, no estoicismo. Soy yo mismo el que, en lugar de aceptar las circunstancias y hacer lo mejor posible de ellas, sigo "esperando un cambio". Que no va a tener lugar. Y en vez de sentirme afortunado por lo bueno que tengo, me focalizo en lo que quisiera y no tengo y me dedico a darle vueltas. Como una herida en un diente, que no dejamos de tocarnos con la lengua. ¿Por qué?
Cuando uno llega a casa, se quita los zapatos sucios en la puerta y se pone zapatos limpios. No arrastra la suciedad de la calle con él, sino que viene a un espacio intimo, personal, con voluntad de compartir cosas buenas. Uno se limpia, por fuera y también por dentro, para estar bien. Porque si no, es un ciclo constante de acusaciones, de soledad, de tristeza, de problemas. Eso no ayuda a nadie. Ayer escuché "estoy cansada de sentirme culpable de ser yo misma". Y ese sentimiento de culpa se origina en unas necesidades, mías, que la otra persona no puede cubrir. Y que de hecho no tiene porqué, dado que esas necesidades son mías y ponerle solución son MI problema. No el problema de nadie.
El origen de la inmensa mayoría de problemas de convivencia son, precisamente, por malentendidos. Por no preguntar, por dar por hecho cosas, por no ponerse en el lugar del otro. Pero es que además, nadie quiere ser el que "cargue" con la otra persona. A veces uno se pregunta, ¿por qué la otra persona cada vez está más desapegada? Pues porque lo que traemos nosotros al espacio compartido, esos "zapatos" están sucios. Nos guardamos las sonrisas para la gente de fuera y dejamos los problemas para los de adentro. Y eso ni es justo ni productivo ni bueno. Eso solo trae más cosas malas.
Hay que limpiar el alma. Y luego, ofrecersela a los demás. Pero el trabajo primero, el de limpieza, debemos hacerlo nosotros mismos. Y no esperar que nos lo hagan los demás.
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