Ayer fue un día complicado. En una semana complicada. En un mes complicado. En un año complicado.
Ayer, me encontré en una situación que no supe manejar. Otra vez. Y me di cuenta de, como decía una amiga el otro día, que puede que el problema sea yo. Pero no yo como algo intrinseco a mi persona, a mi caracter, algo que no se puede cambiar... no. Ayer por la mañana, pensaba en aquella conversacion con mi abuelo, cuando me dijo que nada me impedía ser un astronauta. Solo mi compromiso. Si daba el cien por cien de mí, quizás lo conseguiría. Pero si no daba el cien por cien, entonces seguro que no lo haría. Recuerdo que antes de ir al trabajo pensaba "hay gente que tiene un don, un talento. Que su carácter le permite llegar a la excelencia. Otros no lo tenemos, así que podemos optar a la competencia. A ser buenos. Quizás no a ser increíbles, pero si nos esforzamos mucho todos podemos ser buenos".
Y efectivamente, pienso que eso es así con tareas lineales, y con procesos complejos. Algo que puede ser descompuesto en partes puede ser enfrentado en partes. Sin embargo en procesos complicados, en los que intervienen muchos factores interconectados que no reaccionan de forma lineal causa-efecto (por ejemplo, el clima), las predicciones son practicamente imposibles y el resultado no es una consecuencia directa de la cantidad o calidad de esfuerzo invertido. Hay cosas que, simplemente, no podemos controlar y ahí surge todo el auge de la resiliencia y del estoicismo.
Pero disgrego. Esta cartita de mi para mi trata sobre mi fracaso. Y sobre como, ayer, al no gestionar bien una interacción y que de dicha mala gestión surjan una serie de emociones de indefensión, cobardía, tristeza, frustración me permita darme cuenta de hasta que grado soy responsable de mi actual estado de infelicidad. Lo cual, entiendo, es positivo y me puede ayudar a salir de él.
Realmente, todo empieza con la tragedia de envejecer. Que consiste en, basicamente, darnos cuenta de que no tenemos quince años. Durante los últimos años he estado afrontando desafíos como si aún fuera la persona que era hace diez años. Alguien hambriento, curioso, con ganas de aventura. La resistencia a asumir el cambio, a entender que mis prioridades no van en la línea que iban entonces y las cosas que me hacen feliz no tienen que ser las que me harían feliz, me ha llevado a tomar una serie de decisiones equivocadas. Una detrás de otra. Hasta que ha llegado un momento que me he despertado por la mañana y he dicho. ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?
Lo curioso es que me he metido en este callejón sin darme cuenta. Un paso lleva a otro que lleva a otro y, de repente, un día no sabes ni porqué estás andando. En mi caso, soy muy consciente de mis limitaciones y prioridades. Volviendo al ejemplo del astronauta, la conversación con mi abuelo me hizo darme cuenta de que no lo quería tanto. Y que no pasa nada por no ser un astronauta; millones de personas no lo son y viven felices. A veces, el truco es adaptar tu vida a ti, en vez de hacerlo al revés.
Vamos a mi caso y al origen de mi fracaso. Hace diez años me fascinaba irme a sitios nuevos, conocer otra gente, aprender idiomas, descubrir otra forma de ver el mundo. Aún me sigue gustando, lo considero algo maravilloso. Pero hace diez años yo partía de una base "comoda". De hecho, creo que incluso en este blog puede verse. Yo hace diez años tenía "dramas de primer mundo"; una chica no se interesa por mí, no sé que hacer con mi tiempo libre, me inquieta mi futuro. Tenía dramas familiares, algunos muy serios y tenía miedo por lo que vendría y por lo que estaba viniendo. Pero eso cambió. Con el tiempo fui superando desafíos, garantizandome seguridades y adquiriendo perspectiva. Los dos cambios fundamentales en mi vida en este tiempo son, por un lado, un cierto éxito social y profesional y por otro, un aumento de la presión emocional del entorno sobre mi. He dejado de vivir en una pequeña comunidad donde conocía a mucha gente y me sentía seguro a estar constantemente cambiando mi entorno, de forma que nada está garantizado y todo está sujeto a cambio.
Y oh, sorpresa. No me gusta.
Así que de repente me doy cuenta de que el ir subiendo la apuesta no pasa por ser la solución. La solución pasa por volver a un estatus de estabilidad, una vez finalizado el "peregrinaje". Cuando uno no es capaz de defender sus derechos, porque ha destruido sus raíces y el suelo que pisa hasta el punto de que ya casi no sabe quién es, es el momento de dar un paso atrás y plantearnos si realmente esto es lo que queremos para nuestra vida. Descubrir la raíz del problema en lugar de atacar las consecuencias de este es la forma de solucionarlo. Aplicando un caso práctico, yo no necesito ganar más dinero o tener X euros en una cuenta. Yo necesito sentirme bien. Y para sentirme bien, tengo que trabajar en las cosas que me hacen feliz, pero desde la parte de abajo de la pirámide de Marslow. No como, no duermo, no hago cosas que me hagan feliz... y no las hago porque no me siento seguro. Y no me siento seguro porque, en lugar de limitar los factores de incertidumbre en mi vida, los he ido posponiendo y apilando. "Cuando arregle esto me pongo con lo otro". Y no puedo. Y no pasa nada por reconocerlo.
Ese es el principal elemento de todo este artículo. Fracasé cuando decidí que podía hacer cosas que no puedo. Fracasé cuando cifré mi felicidad en cosas que no me la pueden dar. Fracasé cuando, en lugar de construir un puerto desde el que pueda salir a explorar, pensé que podía pegarme años en alta mar tocando puerto de vez en cuando. No funciona así. Cada cierto tiempo, los barcos deben entrar en el astillero y sufrir una reparación profunda, porque ahí fuera pega muy duro.
Pero sobre todo, fracasé cuando no me permití a mi mismo envejecer.
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