miércoles, 16 de noviembre de 2016

Displaced


Por fin ha acabado. No podía más. O quizás sí, pero no quería. Llega un momento en que uno deja de ser uno mismo y adopta "mentalidad de embarque". Y trabaja sin pensar, come sin pensar, duerme sin pensar... simplemente continua. En esa situación puede pasarse dos días, cinco días, dos semanas, un mes. Da igual. Simplemente entras en la rueda y vas girando.
Pero rompí. Y quería irme y dejarlo todo y mandarlo a la mierda. No soy yo. Mi vida profesional es casco con pincho, orden, disciplina. Horarios y procedimientos y rutinas y relaciones estructuradas y jerarquia y, porque no puedo evitar mezclarlo cual ying y yang, un puntito de irreverencia. Pero solo un puntito.
Mi vida personal, en cambio, es un desastre. Es caos y desorden y mochila y colegas locos e historias absurdas, un personaje distinto para cada situación. Y libros y té y viajes y hobbies e idiomas y nada de provecho. Pero como también aquí necesitamos un puntito de orden, existe la planificación.
Cuando esas cosas se mezclan, me pierdo. No sé quién soy ni donde estoy. No tengo una referencia clara bajo mis pies. Y cuando me veo haciendo cosas que no sé, con gente con la que no confío, en un entorno que no conozco, me agobio. Más si estoy siendo evaluado. Más si me exijo a mi mismo la perfección.
Ha sido una semana horrible. Dentro de un mes bastante malo. Pero seamos optimistas, ya queda menos para un mejor futuro. Y el nivel humano de la gente, los compañeros, los jefes, ha sido increíble. Una y otra vez me sorprendo de lo buenos que son y lo mucho que conocen, actuan y aportan. Gracias. Gracias a todos y vamos a por lo siguiente. Ya queda menos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario