miércoles, 3 de enero de 2018

Los niños recuerdan.

Es una de las cuestiones que siempre me ha inquietado. Como niño relativamente inteligente, siempre odié que los adultos me hablaran como si fuera idiota, solo porque era más pequeño. Que demonios. Soy un adulto y tampoco soy demasiado grande, así que ¿qué puñetera relación tiene la altura con la inteligencia?
Ya de pequeño, no sé si con seis o siete años, discutía de eso con mi madre. Y sin embargo... los niños entierran. La unica forma que tienes de superar episodios traumaticos es naturalizarlos. Asumirlos. Das por hecho que todo el mundo pasa por algo parecido y sigues adelante. O intentas hacer como que no. Y el tiempo, esa lluvia que todo lo erosiona, va gastando algunos detalles y haciendo que surjan a la luz, como depositos de cemento que esconden basura radioactiva.
Pero tu has hecho los deberes. Y no existe esa basura radioactiva sino recuerdos. Y algunos de ellos son hermosos. Es con lo que te quedas. Hoy estaba tomandome un zumo de naranja y pensando en mi compañero de piso alemán, que ahora no está. Él probablemente no tomó zumo de naranja natural cuando era un niño.
Y de repente lo recordé entero. La cocina con el suelo de baldosas, viejisimo. La ventana al patio. La pequeña despensa a la derecha, que convertía el cuadrado de la cocina en una L. La mesa a la izquierda, con el exprimidor eléctrico y mi abuelo peleando con él. Y su sonrisa cuando me veía aparecer, esa sonrisa que recordarla hoy me parte el corazón. Era la sonrisa de alguien que está haciendo lo mejor que puede y sabe, pero que no tiene ni idea de si es suficiente. Solo le pones todas tus ganas y confías, porque no puedes hacer otra cosa. Y me recuerdo medio dormido, preguntandome porqué la cocina está tan vacía, con ese estilo espartano, casi militar, de los que no tienen dinero para muebles nunca, pero la despensa siempre llena. Y ahora yo también sonrío, porque me doy cuenta de que tanto esa sonrisa como esa cocina hicieron mucho de quién yo soy hoy en día. Como ese bollo de pan que me traía al colegio, seco, que asombra a mis colegas porque como pan solo. Porque como dicen, el regalo nunca está dentro del envoltorio, sino en las manos que lo dan. Esas manos asperas y duras, enormes, en las que me encantaba perderme.
A veces, hay que pararse y mirar atrás, para saber lo que tenemos delante. Para dar gracias por lo que fuimos y lo que somos. Porque quizás podría haber sido mejor... pero en su tiempo y lugar, fue perfecto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario