sábado, 16 de mayo de 2020
Se ha muerto Julio Anguita
Hace un rato he dejado a mi novia con las amigas en otra ciudad. Al volverme en el coche he puesto la radio y, en rabiosa primicia, he escuchado a un político dar el pésame por la radio a la familia de Julio Anguita.
Para los que no lo conozcan, Julio Anguita fue el secretario general del partido comunista y de Izquierda Unida durante los 90l. Coincidió con los gobiernos de Felipe Gonzalez y de Jose María Aznar y, para la gente de mi generación, fue la cara y la voz de ese partido.
Como hace más de diez años que se retiró, para trabajar de profesor en su ciudad, ahora todos nos llenaremos la boca con lo buen hombre que era, lo fantástico que fue y lo mucho que todos lo queremos. Más que nada, porque nadie tiene nada que perder. Eso es algo que me sorprendió cuando murió Margaret Thatcher, que aunque hacía décadas que no era una figura política de primer orden hubo quien se alegró y la llamó de todo. Pero aquí tenemos una memoria muy cortita.
Julio Anguita levantó muchas ampollas en su época y siguió levantándolas hace poco, precisamente con el tema catalán, pero como no tiene mando en plaza se le puede perdonar. Fue siempre critico a los pactos con los partidos nacionalistas, criticó la desindustrialización de España y la perdida del sector productivo, fue contrario a la OTAN y las intervenciones militares. Julio Anguita defendió cosas que, hoy en día, nos parecerían románticas e inocentes. Era un político del estilo de Jeremy Corbyn, al que hasta hace un cuarto de hora le llamaban poco menos que anticristo.
Para los que crecimos en aquella época, ese hombre es una de nuestras referencias personales. Y es una referencia que ha sobrevivido bien el paso del tiempo. No es un Felipe con las zarpas metidas en consejos asesores ni un Áznar con sus fundaciones, un Puyol con sus escándalos... de toda la generación de políticos con los que crecimos, es el único de primera línea que supo disolverse, tener algo de clase y elegancia, desaparecer. Guardar un legado y seguir siendo una referencia, quizás no tanto por sus ideas como por sus formas.
Hace poco leí que, en los ochenta, Julio Anguita tenía una pistola en su despacho. Porque fue el primer alcalde comunista de España, en esos setenta y ochenta tan violentos de los que tampoco recordamos nada. Del secuestro de Quini, de ETA, del GRAPO... de eso suena algo. Pero los sucesos de Montejurra, Antonio Caparros, los independentistas armados gallegos y catalanes, los grupos fascistas, los primeros neonazis, el Papa Clemente, los carlistas... de eso no recordamos nada. Esa España desapareció como si nunca hubiera existido y de repente todos eramos demócratas, todos nos entendíamos y respetabamos, todos eramos unos santos varones. Ayer mismo leí que Fraga y Carrillo fraguaron una especie de amistad personal, ese gran triunfo personal, omitiendo detalles de la biografía de ambos que quizás ensuciarían un poco esa foto tan fantástica que queremos darnos a nosotros mismos.
Se ha muerto Julio Anguita y el mundo es un poquito más triste hoy. No porque fuera el santo que van a hacer que parezca, porque sale barato como arma para criticar a todo lo que hay ahí fuera. No. El mundo es un poquito más triste porque era alguien a quién daba gusto oír hablar y en esta era de twits y portadas, se echa en falta alguien que sepa llenar veinte minutos de silencio con reflexiones, citas, pensamientos e ideas que merecen la pena ser escuchados. Y también es triste porque se va una parte de nuestras vidas que nunca volverá.
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