lunes, 26 de junio de 2023

Algo que pasó hace un año. Algo sobre "política". Algo sobre Polonia.

Este fin de semana he revisitado una historia de algo que pasó hace un año y pico, algo que conoce bastante gente de mi círculo pero que creo que nunca he escrito aquí sobre ello. Y creo que ya ha pasado el tiempo suficiente como para poder revisarlo, sin que se me salten las lágrimas.
Esta es la historia de una persona que conozco. Llamemosle, no sé, "Javi". Javi tiene una novia ucraniana. Y Javi, cuando empezó la guerra el año pasado, lo pasó fatal. Lógico. Porque no solo tiene a su novia; tiene amigos allí, conocidos, familia política... ha estado varias veces en el país. Para Javi, no es algo que sale por la tele y, cuando se pasaba horas por la noche intentando que su novia durmiera, comiera, con miedo a hacer ruido... para Javi, según me contó, era como tener a un familiar muy enfermo y no poder hacer nada para que estuviera mejor.
Después de una semana de guerra, la suegra de Javi sobrevivió a un bombardeo en el que podía haberse quedado allí. Era la segunda vez en una semana que se despedía de la novia de Javi, porque no sabía si iba a seguir viva. Incapaz de soportarlo más, la novia de Javi presionó a su madre hasta que esta aceptó coger el primer tren que hubiera e irse a España.
Javi se enteró por la tarde. Le llamaron al trabajo y le dijeron "coge tus cosas, necesito que vengas conmigo a Polonia". Javi le dijo a su jefe lo que había y su jefe le dijo "haz lo que debas. Si podemos ayudarte en algo, te ayudamos. Pero tu vé y haz lo que tengas que hacer". Javi me dijo que nunca olvidará eso y que, lo que hizo su jefe y sus compañeros por él, no es cualquier cosa.
Así que Javi se fue a casa. Compraron billetes, planearon la ruta, sacaron certificados COVID (era Marzo del 22, aún había limitaciones a los viajes). Al día siguiente, se fueron a Polonia. Para no hacer esta historia eterna, os diré que Javi y su novia viajaron durante veinte horas, tuvieron discusiones pero llegaron a la frontera. Gracias a un amigo de Javi y mío, Luichi, que vive en Polonia y les echó un cable del carajo para que tuvieran donde dormir. Otro favor que Javi no olvidará.
El caso es, según me contó, hacía dos bajo cero en la frontera. Llegaron a las 19. La suegra de Javi cruzó a la 01. Y durante todo ese tiempo, Javi estuvo ahí, de pie, animando y tranquilizando a su novia, meintras veía pasar ancianos, niños, mujeres. Gente con mascotas o con una mochila, con su vida encima. Gente con miedo, que no había hecho daño a nadie y que no tendría que estar allí. Y tuvo que decirle a su novia que se tragara las lagrimas, porque cuando su madre pasara, lo que debía ver era una sonrisa. Que ya lloraría cuando pudiera. Javi tampoco olvidará eso.
Y fueron a un hotel y encontraron un chip para el gato y buscaron donde quedarse y no encontraron aviones de vuelta... cuando Javi comentó en un grupo de Whatsapp donde estamos unos cuantos, que los billetes eran muy caros, la gente empezó a hacerle bizums. Sin venir a cuento. Simplemente queriendo ayudar. Y Javi tampoco olvidará eso, porque se fundió todos sus ahorros en este viaje pero la gente le dio lo que tenía, sin que él lo pidiera. Y finalmente, después de un fin de semana en Polonia, el lunes por la noche consiguieron regresar a España, gracias también a amigos que recogieron a su suegra y a amigos que los ayudaron a buscar vuelos. Y el martes, Javi estaba en el trabajo como un campeón, porque se la debía a su jefe y a sus compañeros, aunque le dijeron que se quedara en casa y descansara.
Para Javi, la guerra no es política. Cuando le dije a Javi que qué huevos lo que había hecho, me miró con cara de palo y me dijo que, si alguien se viera en su situación, eso es lo mínimo que podría hacer. Y me dejó pensando. Primero, en que hay muchas cosas que damos por hecho, hasta que pasa algo que te pone la vida patas arriba y te toca hacer algo, decidir, ser. Cuando suena la corneta y se vé de qué estamos hechos cada uno. Y demonios, ojalá si algún día me pasa, lo haga la mitad de bien que lo hizo Javi. Que seguro que alguna cagada metería (me dijo que su novia y él se pasaron medio viaje peleandose y que, en un momento, le pegó un grito y su suegra lo miró acojonada. Y que se siente super culpable de haberle hecho pasar ese susto a la pobre mujer), pero que hizo lo que tenía que hacer, como le dijo su jefe.
Segundo, que gracias a Dios que tenemos la distancia suficiente para no haber visto ni vivido lo que le tocó a él. Y que, gracias a esa distancia que hace que no seamos víctimas ni verdugos, podamos hablar de esto como algo que sale en la tele. Algo que, por suerte, no nos toca.
Y tercero, que hace falta tener una sensibilidad especial para saber como hablarle a gente como Javi. Lo que ha pasado él, lo sabe él y nadie más. Y dado que, como dije antes, a nosotros no nos toca, desde luego que no hablamos el mismo idioma. Hace muchos años, hablando con Ronald, salió el tema de los niños con sindrome de Down. Y le dije que, si no le importaba, tuviera mucho cuidado con lo que decía. Que yo era (soy) muy sensible a ese tema y, determinadas opiniones, me las tomo mal. MUY mal. Tan mal, como que puedo dejar de hablarle a alguien y sacarlo de mi vida en automático si se cruzan determinadas lineas rojas. Así que mejor tener cuidado. Lo hablamos y no hubo problema, pensabamos parecido y para él fue una experiencia de crecimiento. Pero podría haber ido muy mal. Supongo que, con Javi, pasa parecido. "Mi libertad acaba donde empieza la tuya" significa que, si bien todas las opiniones son válidas, las reacciones que provocan esas opiniones pueden no ser las que esperamos. Y que, un acuerdo básico en toda forma de comunicación, debe ser donde ponemos las barreras.
Por ejemplo, el otro día en el debate sobre las recreaciones históricas. No pasa nada por acordar todo el mundo que "esto es lo que todos entendemos como ofensivo". Y sabiendo eso, es fácil no ofender. Simplemente basta con fijarse.
Siento si esta historia os ha resultado algo rara. No sé ni porqué la escribo, pero este fin de semana la he contado varias veces y me ha extrañado no haberla guardado aquí nunca. Al fin y al cabo, creo que es algo que dentro de un montón de años seguiré contandole a la gente. Porque me impresionó mucho y, a veces, la historia afecta a personas que conocemos. Espero que a Javi y a su novia les vaya bien y les deseo la mejor de las suertes. Si habéis leido hasta aquí, gracias. Un saludo

Hace más quién quiere

Este fin de semana he tenido contactos sociales hasta salir por las orejas. Buenísimo. Me he reafirmado en una serie de dudas que tenía, importantes, sobre mi futuro y mi identidad. Sobre quién soy y como afronto el mundo. Hoy me ha dicho una amiga que "te veo super bien, mejor que nunca" y le dije que, como me dijo en una ocasión Rali "tu estado natural es la felicidad. Mientras no salgas de ahí, mientras te escuches a ti mismo... todo irá bien". También le he dicho a una amiga, el sábado, que la clave para mantener un buen dialogo con uno mismo es ser amable. Cuidarse. Perdonarse y darse espacio y ser siempre muy honesto, no tener miedo a decir verdades desagradables. Todo eso y muchos gestos que he visto este fin de semana, me han hecho darme cuenta del valor que me da alguna gente y de la suerte que tengo. Hay quién pone su vida en pausa para verme. Mucha gente realmente y eso es asombroso, supongo que porque les doy algo que hace que ese sacrificio no sea tal. Yo cuido a la gente que quiero. Y en verdad, esa gente también lo hace conmigo.
Como he dicho un montón de veces este finde, tengo mucha suerte.

Yo no vivo en Madrid

He tenido un fin de semana absolutamente maravilloso. He tenido amigos, buena comida, cervezas... me he reencontrado con gente a la que quiero mucho y que me quiere mucho. He paseado. Me he sentido incluso guapo. He hecho cosas nuevas (he estado en un festival chino, he ido a una exhibición de ballet de un colegio, he cenado con una familia que no conocía). En general, ha habido muchísimas experiencias y todas muy buenas, en un sitio donde estaba a gusto, cómodo. Como le dije hoy a una amiga "yo no necesito Cádiz. Yo necesito hacer cosas como las que hago en Cádiz". Solo eso. Y tanto como eso.
Después de ese fin de semana tan bueno, me he bajado del avión y ya he tenido el primer choque cultural. Gritos. Acentos desagradables. Gente quejandose. Bienvenido. Después te montas en el metro, corriendo y apretado, y hay alguien que canta y que pide dinero. Al final, te bajas del metro para tener algo de espacio mientras la seguridad va a hablar con el tío. Y te preguntas, porqué.
Y en ese momento, te das cuenta de que tu aquí no vives. No sales a desayunar sin prisa a un bar que es "tu" bar. No tienes un grupo de amigos. Te pasas semanas y, a veces, hasta meses sin ver a nadie que no sea del trabajo. No, yo aquí no vivo. Yo aquí trabajo. Vivir, vivir lo hago en otros sitios.

viernes, 23 de junio de 2023

De vuelta a la infancia

Hace un momento estaba comentando algo de miniaturas con un colega, y me daba cuenta de que manejamos estandares románticos distintos. Mi inicio fue con un determinado tipo de juego y un determinado tipo de grupo, mientras que el suyo fue distinto. Eso hace que nuestros puntos de referencia difieran.
Pasa con la música, la ropa, las miniaturas, los paisajes, los grupos sociales... hay un momento en tu vida en que te sientes abrumado y quieres volver a tu "lugar feliz". Y el lugar feliz, para muchos de nosotros, fue la adolescencia inicial. Cuando eliminas toda la soledad, caos hormonal, ansiedad, depresión y estrés, la adolescencia parece una especie de paraíso. Sin trabajo, sin facturas, sin divorcios, con las rodillas y la espalda aún sin dolores... Todo eso, que a mí realmente tampoco me afecta tanto (creo que aún tengo que asumir que soy un adulto), conjura una especie de "espacio feliz". Realmente, es una cuestión biologica: una época en la que aún todo está por descubrir y aún empieza. Por eso en esa época los juegos de rol son de aventuras y conquista, mientras que ahora son de profundos traumas emocionales. Pixar, te estoy mirando a ti.
Me voy por las ramas. Como siempre. Lo único que quería comentar, como reflexión, es que muchas veces el tiempo pasado no fue mejor. Como nos damos cuenta cuando volvemos a sacar ese juego que nos parecía la bomba hace veinte años y ahora... eeehh... no, gracias. Lo que queremos no es el juego; queremos el momento. Queremos el grupo de amigos, queremos el tiempo compartido, queremos ser felices como en ese momento. Pero ese momento pasó y no volverá. Ahora hay que construir nuevos momentos. Y esa es la clave, no perder de vista la carretera.

miércoles, 14 de junio de 2023

Excusas

Hoy venía para casa pensando en que, si algo me enseñó la vida militar es a no poner excusas. Uno localiza un problema, lo soluciona y luego busca como evitar que vuelva a pasar. ¿Culpables? A veces sí, pero más bien desde un punto de vista educativo. Quién fue responsable es importante para entender porqué se ha producido el problema y donde se originó.
Es algo curioso. Después del tiempo suficiente, uno lo tiene tan interiorizado que termina siendo parte de nuestra personalidad. Las cazas de brujas me parecen un desperdicio de energia; no le veo el sentido. Tampoco entiendo a quién ayuda distraer o tirar cortinas de humo, ni la afición a "crucificar" a gente. No sé, es simplemente algo que no se hace.
Y hoy, pensaba en los militares que están en la guerra de Ucrania. No quiero pensar en los mercenarios, los delincuentes, los criminales de todo tipo... quiero pensar en la gente buena. En la gente que pelea por aquello en lo que cree, por su gente, por lo que considera importante. Y mucha de esa gente va a morir o está muriendo. Cada persona que muere es una historia que se apaga. Alguien que no volverá a ver a sus amigos ni a su familia. Como leí el otro día, "Natalia preferiría abrazar a su padre que a su chaqueta, pero su padre pagó el precio". Dejando de lado textos lacrimosos y emocionantes, quiero pensar que aquellos que mueren y murieron lo hicieron con dignidad. Con orgullo. Que, al igual que no pusieron excusas en vida, no las pondrán cuando les piquen el billete. Y que, esa frase que tanto me molestaba antes y tan humilde me hace sentir ahora "slava ukraina, geroiam slava", es cierta. Porque a veces, para poder seguir adelante, tenemos que decirnos a nosotros mismos que hay cosas que son más grandes que uno mismo. Que hay algo en lo que creer. No porque realmente tengamos pruebas... sino porque nuestra identidad, en parte, se construye sobre esos mitos y certezas.
Quiero incluir una nota, que sé que si la lee alguien me costará muchos problemas, que no creo que absolutamente todas y cada una de las personas de un bando sean buenas y todas y cada una de las del otro malas. Aunque en mi cabeza (cada uno lleva ahí lo que elige llevar), solo hay un bando que merece mi respeto, apoyo y admiración. Y el otro... delenda est.
En todo caso, no quiero cerrar este artículo sin una nota de optimismo. Va a haber un día que podamos celebrar la memoria de los que ya no están. Sin excusas.

martes, 13 de junio de 2023

Sobre el criterio de decisión

Ayer llegué a casa y no tenía ganas de pintar miniaturas. Cosas que pasan. Tengo que reiniciar una rutina que me guste y, ahora mismo, mi prioridad es el crecimiento. Entrenar y estudiar. Quiero formarme, desarrollarme, sentir que avanzo. Incluso en pequeñas cosas. Leer un libro, pasear por un sitio que me guste, planear un viaje. Tomar la iniciativa. Llevo demasiado tiempo sentado, dejando que “la vida pase”, sin que mi propio honor y espíritu aporte cosa alguna. Eso está mal. Pero era necesario. Igual que cuando uno está enfermo debe pasar tiempo en cama recuperándome, yo necesitaba recuperarme. He pasado un proceso de duelo interno bastante largo y difícil y, si lo pienso fríamente, creo que todavía estoy en ello. No es fácil perder una vida que te has construido con mucho esfuerzo y cariño y tener que reiniciarla… pero divago. Vuelvo al tema.
Como decía anteriormente, llegué a casa y no tenía ganas de pintar miniaturas, que es un entretenimiento que forma bastante parte de mi personalidad pero, a su vez, me limita. Hay que entender la difícil barrera entre la afición y la obsesión. En ciudades grandes o sometidos a periodos de mucho estrés, llega un momento en que, como cantaran Heroes del Silencio “el placer es un alivio, el orgasmo un abismo”. Caemos en la búsqueda de más y más de lo que sea, hasta que dejamos de entender porqué lo hacemos. Como el que empieza a hacer deporte para ponerse en forma y acaba obsesionado con lo que come, lo que duerme, lo que hace, y deja de hacerlo para vivir y empieza a vivir para hacerlo. Algo parecido me ha sucedido en varias ocasiones con mis aficiones, dado que mi personalidad tiende a la obsesión. En este caso, me daba respeto ponerme a pintar miniaturas y volver a entrar en una dinámica en la que dedicaba dos-tres horas diarias a eso. Así que lo mire de reojo y lo evité, hasta que a una determinada hora dije “bueno, no tengo nada que hacer… voy a darle una horita”. Y fue eso, una horita.

Y esta mañana, pensando sobre las miniaturas (llevo una introducción más larga que un día sin pan, perdón), me daba cuenta de que en mí compiten dos impulsos, motivados por el exceso de oferta de ocio. Por un lado, el impulso de socializar y ser parte del grupo, de hacer lo que hacen todos para no estar tan solo. Por otro lado, mi individualidad feroz, que exige satisfacción y me impulsa a jugar a lo que a mí me gusta, aunque no tenga con quién. Es un difícil equilibrio entre salir de mi aislamiento, que produce efectos secundarios muy malos (no cuestionarme cosas, exagerar otras, dudar de mí mismo, magnificar emociones…) y “renunciar” a mis deseos, convirtiéndome en una oveja, en una sombra más, en otra parte del engranaje que poco a poco se va disolviendo. ¿Veis lo que os decía sobre el excesivo drama?

Ayer hablaba sobre la identidad cultural. Y sobre como, cuando uno tiene dos orígenes o perspectivas en conflicto, es importante no obsesionarse con ello e ir tomando las decisiones una a una. “Yo nunca como arroz”. A ver, si te apetece no pasa nada. No vas a dejar de ser tu mismo por ello. De hecho, “dejar de ser uno mismo” es bastante difícil, es un proceso largo al que se llega tras demasiadas decisiones consecutivas.

Resumiendo. Me encuentro en un momento de duda, en el que no sé que camino escoger. Y como suelo hacer en esos momentos, creo que voy a concentrarme en ser feliz y dejar que la decisión se tome por si sola. Creo que la vida me mostrará en que dirección debo ir, si estoy lo suficientemente atento para percibir sus señales y procesarlas adecuadamente.

Sobre las decisiones estandarizadas

El otro día leí algo que me sorprendió. Resulta que, hasta mitad del siglo XIX, los zapatos se hacían iguales para ambos pies. Una diferencia tan obvia que ahora nos resulta inconcebible, en aquella época no existía. La gente compraba los zapatos y estos se iban deformando por el uso, hasta tomar la forma del pie. Algo que podría haberse hecho antes, pero supongo que a la gente le parecía un trabajo excesivo. Supongo que como con el tema de las tallas.
Hoy en día, vivimos atrapados en la idea de la estandarización. Todos tenemos que comer lo mismo, vestir lo mismo, pensar lo mismo. Te metes en cualquier red social y hay una presión violenta hacia estandarizarte. Y a la vez, esa presión incide sobre nuestra pereza, un rasgo sumamente desarrollado mediante una doble pinza de agotamiento físico, emocional e intelectual ante una vida de sobreestimulos y expectativas por un lado y, por el otro, un hedonismo cultural que defiende la búsqueda del placer y la omisión del displacer/sufrimiento como las mayores virtudes.
Es absurdo. Siglos de filosofía, religión, cultura, socialización nos enseñan que ese no es el camino de la felicidad. Que todo proceso que se lleva a buen término es uno que puede iniciarse en términos generales pero debe adaptarse a la situación y las circunstancias. Y eso se aplica a todo. Por eso la gente rica va a sastres; porque una camisa “standard” es el primer paso, pero si queremos la excelencia esa camisa debe ser adaptada a mí.

Pero este es un proceso de iluminación. Para llegar a esta idea, primero tenemos que haber intentado otras y equivocarnos. Y aprender de nuestros errores. El proceso de aprendizaje, en su aspecto de “prueba y error” incluye un paso siguiente, el análisis. Si nos equivocamos pero no nos preguntamos porqué… entonces estamos siempre en la casilla de salida, condenados a equivocarnos siempre de la misma manera sin sacar en ningún momento una conclusión positiva.
Aplicado al termino de las relaciones, todo se vuelve muchísimo más complicado, claro. Hay que coordinar a dos personas. Y el problema de dicha coordinación es que, para poder hablar el mismo idioma, deben encontrarse en un punto parecido de desarrollo. Eso es difícil. Y quizás, sea el campo sobre el que más debo trabajar en este momento presente.

lunes, 12 de junio de 2023

Entre la iniciativa y la inercia

Hace un momento venía para casa y pensaba en una frase muy buena, motivada por una queja que escuché esta mañana "ya no saben que hacer para quitarnos el dinero". Y venía pensando que, en el momento en que dejas de empujar a la vida, la vida te empieza a tirar. Y dejas de ser tú quién dirige, quién impulsa, quién organiza y empiezas a ser quién reacciona, quién se defiende... quién está sentado viendo como le pasan cosas, cuando lo único que quiere es que todo siga "como siempre".
No existe un "como siempre". Las cosas son como son ahora. Y seguirán siendo así, hasta que algo o alguien las haga cambiar. Y entonces, serán diferentes. Pensar que tenemos control sobre todo nuestro entorno es absurdo. De repente, llueve mucho. O hace frío. O calor. Las cosas se rompen o se estropean. La gente toma decisiones que no esperamos. Simplemente, el cambio es la única constante de la vida. Pero cuando dejamos de aceptar eso y nos resistimos, hasta el punto del absurdo, pues perdemos el ritmo y el tempo. Y cada vez pasamos a estar más acorralados, más... más lentos.
Envejecer no consiste en cumplir años. Envejecer consiste en dejar de pedalear. Y dejar que los pedales, que llevan inercia, nos sigan empujando un poco más.