Ayer llegué a casa y no tenía ganas de pintar miniaturas. Cosas que pasan. Tengo que reiniciar una rutina que me guste y, ahora mismo, mi prioridad es el crecimiento. Entrenar y estudiar. Quiero formarme, desarrollarme, sentir que avanzo. Incluso en pequeñas cosas. Leer un libro, pasear por un sitio que me guste, planear un viaje. Tomar la iniciativa. Llevo demasiado tiempo sentado, dejando que “la vida pase”, sin que mi propio honor y espíritu aporte cosa alguna. Eso está mal. Pero era necesario. Igual que cuando uno está enfermo debe pasar tiempo en cama recuperándome, yo necesitaba recuperarme. He pasado un proceso de duelo interno bastante largo y difícil y, si lo pienso fríamente, creo que todavía estoy en ello. No es fácil perder una vida que te has construido con mucho esfuerzo y cariño y tener que reiniciarla… pero divago. Vuelvo al tema.
Como decía anteriormente, llegué a casa y no tenía ganas de pintar miniaturas, que es un entretenimiento que forma bastante parte de mi personalidad pero, a su vez, me limita. Hay que entender la difícil barrera entre la afición y la obsesión. En ciudades grandes o sometidos a periodos de mucho estrés, llega un momento en que, como cantaran Heroes del Silencio “el placer es un alivio, el orgasmo un abismo”. Caemos en la búsqueda de más y más de lo que sea, hasta que dejamos de entender porqué lo hacemos. Como el que empieza a hacer deporte para ponerse en forma y acaba obsesionado con lo que come, lo que duerme, lo que hace, y deja de hacerlo para vivir y empieza a vivir para hacerlo. Algo parecido me ha sucedido en varias ocasiones con mis aficiones, dado que mi personalidad tiende a la obsesión. En este caso, me daba respeto ponerme a pintar miniaturas y volver a entrar en una dinámica en la que dedicaba dos-tres horas diarias a eso. Así que lo mire de reojo y lo evité, hasta que a una determinada hora dije “bueno, no tengo nada que hacer… voy a darle una horita”. Y fue eso, una horita.
Y esta mañana, pensando sobre las miniaturas (llevo una introducción más larga que un día sin pan, perdón), me daba cuenta de que en mí compiten dos impulsos, motivados por el exceso de oferta de ocio. Por un lado, el impulso de socializar y ser parte del grupo, de hacer lo que hacen todos para no estar tan solo. Por otro lado, mi individualidad feroz, que exige satisfacción y me impulsa a jugar a lo que a mí me gusta, aunque no tenga con quién. Es un difícil equilibrio entre salir de mi aislamiento, que produce efectos secundarios muy malos (no cuestionarme cosas, exagerar otras, dudar de mí mismo, magnificar emociones…) y “renunciar” a mis deseos, convirtiéndome en una oveja, en una sombra más, en otra parte del engranaje que poco a poco se va disolviendo. ¿Veis lo que os decía sobre el excesivo drama?
Ayer hablaba sobre la identidad cultural. Y sobre como, cuando uno tiene dos orígenes o perspectivas en conflicto, es importante no obsesionarse con ello e ir tomando las decisiones una a una. “Yo nunca como arroz”. A ver, si te apetece no pasa nada. No vas a dejar de ser tu mismo por ello. De hecho, “dejar de ser uno mismo” es bastante difícil, es un proceso largo al que se llega tras demasiadas decisiones consecutivas.
Resumiendo. Me encuentro en un momento de duda, en el que no sé que camino escoger. Y como suelo hacer en esos momentos, creo que voy a concentrarme en ser feliz y dejar que la decisión se tome por si sola. Creo que la vida me mostrará en que dirección debo ir, si estoy lo suficientemente atento para percibir sus señales y procesarlas adecuadamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario