miércoles, 28 de diciembre de 2016
Una docena de paredes blancas
Hay veces que recibes más de lo que mereces pero menos de lo que te gustaría. O viceversa. Hay veces que el mundo se vé prometedor y, de repente, te apagan las luces. Y te quedas perdido.
¿Realmente quieres eso por lo que tanto has peleado? Y una vez lo tienes... ¿qué vas a hacer con él?
Un nuevo comienzo. Uno para quedarse. Uno que coges con ilusión porque realmente este es el bueno. El definitivo. Y miras a los lados y te das cuenta de que... realmente el espacio está muy vacio. Te faltan cosas. Gente. Calor. Te faltan sobre todo perspectivas. Algo en lo que creer. Porque desde la puerta parece lo de siempre. Y estás aburrido de nuevos comienzos, estás aburrido de problemas. Sobre todo, estás aburrido de soledad.
Pero hay que creer. Hay que apretar los dientes y pensar que merecerá la pena. Que cuando consigas quitar todos los restos de los antiguos muebles y la habitación se quede vacía, podrás poner una mesa. Una silla. Algunas estanterías. Podrás escuchar algo de musica. Colgar un corcho. Algunas fotos. Una pizarra. Una bici. Enseguida empezarás a acumular porquería y tendrás que buscarte un trastero. Y todo ese proceso será lo que convierta una casa en un hogar, incluso sin una mujer que obre el milagro. Porque te va a tocar ser tu propia mujer. Hermafrodita. Y quizás lo que necesites ahora, en vez de tanto viaje y tanta locura sea parar un poco. Dedicar un tiempo a establecerte. Oír el rebote de tus zapatillas sobre el asfalto, el agua corriendo junto a tus oídos tras cada brazada, el latido de tu corazón. Bum. Bum.
Quizás sea hora de dejar de mirar lejos y empezar a mirar cerca. Hacer listas e irlas completando. Y dejar que todo siga su curso, aunque sea un curso extraño y errático. Poco a poco. Poco a poco.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario