domingo, 14 de mayo de 2017

Una generación sin esperanza


El otro día estuve cenando con unos colegas y salió el tema (feliz día de la enfermería), de las vacunas. Y una amiga comentaba que, las generaciones anteriores a las nuestras, ponían más vacunas. Se amplió un poco el zoom de la imagen y, aunque no surgió directamente, se planteo el tema de las oportunidades laborales, la creación de familias, las expectativas vitales. La sensación es de fin de Imperio, de que cualquier tiempo pasado fue mejor, de que avanzamos hacía un mundo más frío, más duro, más solitario, más triste. Hablamos sobre viajes (aprovechando mi reciente retorno) y volvió la sensación. Una vez sales de "Occidente", el resto del mundo es salvaje y despiadado. Vivimos en una isla de confort irreal, que no sabemos cuanto durará a medida que se erosiona. La impresión fue de asedio y hastío.
Y en cambio, somos la generación del Ipad, de los viajes low-cost, de los idiomas, de la globalización. Tenemos oportunidades con los que nuestros padres no soñaban, pero la sensación sigue siendo de precariedad, de miedo. La impresión sobre todo es de que no avanzamos hacia algo mejor, de que el futuro solo irá empeorando.
Es una tragedia. Y ayer hablabamos del ciclo "tiempos buenos crean hombres debiles - hombres debiles crean tiempos malos - tiempos malos crean hombres fuertes - hombres fuertes crean buenos tiempos ". En cierto sentido nos encontramos ante los tiempos buenos, al borde de los tiempos malos por esta generación que no lucha por aquello que quiere, que no sueña, que no cree. Y aún así, me rebelo. No quiero creer en la inevitabilidad de la historia, en que la entropia es inevitable, la victoria de la enfermedad ineludible y el fin, cuando llegue, será el que esté prefijado. Sigo creyendo en la capacidad del individuo de producir cambios, del entorno de adaptarse, de evolucionar. Sigo creyendo que podemos salir del estancamiento, que hay potencial y fuerza. No sé si es mi natural rebeldia, esa fuerza que hace que no me rinda y que me enseñó mi hermano, o un optimismo idiota. Pero no quiero rendirme. No quiero dejar de sonreír. No quiero dejar de esperar, de soñar, de vivir. La vida es como el agua, siempre encuentra un camino. Y yo quiero creer en que aparecerá y que lo haremos. Creo en un futuro mejor. Aunque solo sea por llevar la contraria.

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