miércoles, 25 de octubre de 2017

Un jefe malo te echa abajo


Hoy voy camino del trabajo y esto hacía mucho que no me pasaba. No tengo ninguna maldita gana. No es por madrugar y arrancar; gracias a la cama nueva eso me va genial. Estoy llevando horarios "sensatos" así que me acuesto temprano y me levanto fresco.
Pero no tengo ganas de ir allí. No tengo ganas de caras largas de peticiones absurdas de medias bromitas. No tengo ganas de trabajar inutilmente ni de estar intranquilo. Y sobre todo, no tengo ganas de esforzarme para alguien que no me valora.
¿Curioso? No lo sé. Hace años discutía con un jefe que decía que él no es un perro que necesite que le acaricien la cabeza. Bueno. Yo sí. Porque yo no "voy al trabajo, hago lo mío y me voy". Yo soy lo que hago. Ayer me llamó mucho la atención que, cuando me preguntan, nunca digo "hago" o "trabajo para". Siempre digo "soy". Porque lo que hago es lo que soy y, si la persona para la que lo hago, toma mi trabajo como un recurso más, sin analizarlo, sin valorarlo, entonces lo que soy no tiene sentido. Yo no puedo ser un eslabón de una cadena. O sea, obviamente puedo serlo, pero tengo que ser un eslabón forrado de metales raros y con capacidad para salirse de la cadena y tocar la armonica.
Y ahora no estoy así. Y lo curioso es que no es tan difícil motivar a la gente. A mí siempre se me ha dado bien. Es tan fácil como hacerles creer -y eso es aún más fácil cuando tu mismo lo crees- que son útiles. Que lo que hacen sirve para algo. Y que los respetas.
Ya está. A un perro no tienes que invitarlo a comer de tu mesa. No hace falta. Pero si nunca le das un hueso, el perro va a dejar de querer acercarse a ti. Y yo, sinceramente, no tengo ninguna puñetera gana de acercarme a la mesa a la que voy.
Pero he sido muy afortunado durante mucho tiempo. Y es en momentos como estos cuando uno se vuelve consciente de ello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario