Ando leyendo mucho estos días sobre el tema de Cataluña. Como suele pasar siempre en este país, todos tenemos una opinión y todas las opiniones son respetables, y por Dios que yo no voy a callarme la mía.
Bueno. Yo sí. Mi opinión es mía y se la doy a quién me conoce, me pregunta y le interesa escuchar. Ya hay demasiado ruido; no voy a sumar el mío.
Pero el caso es que, leyendo, me he acordado de una anécdota que me sucedió hace ya muchísimos años. Por internet conocí a un chico, vasco, y nos hicimos buenos amigos. Era (imagino que sigue vivo, hace mucho que perdimos el contacto) un tío divertido, inteligentísimo, muy creativo. Un día estábamos hablando sobre lo curioso que era que nos lleváramos tan bien y me dijo que "hasta que te conocí, pensaba que todos los andaluces eran flojos toreros que estaban durmiendo la siesta todo el día", a lo que yo le contesté "Ah, ¿y no lo somos?".
Hace falta sentido del humor, primero con uno mismo y luego con el mundo. Pero la otra parte que hace falta es curiosidad y tolerancia. Hay que viajar más. Hay que conocer a gente distinta. Y hay que evitar los tópicos. Estoy leyendo sobre colectivos humanos como bloques monolíticos y me parece una simplificación muy peligrosa. Yo cuando tenía quince años, pensaba que todos los heavies eran gente guay. Luego conocí a un par de gilipollas y cambié mi perspectiva. El sentimiento es el mismo: "los heavies como colectivo homogéneo". Pero ese era un colectivo curioso, gente que elige conscientemente pertenecer a un grupo. Un grupo que, en aquella época, conllevaba una importante lacra social.
Decía Rowan Atkinson que es absurdo comparar religión con raza. Uno no elige el color de su piel, pero la religión es una idea con la que uno comulga voluntariamente y, como tal, debe ser discutible. Yo no elijo haber nacido en tal lugar, ni mi color de piel, y no pienso hacerme responsable de una identidad grupal con sus ventajas e inconvenientes. ¿Por qué tendría que hacerlo? Yo respondo de mi vida como individuo. Por supuesto, llevado al extremo de la pregunta de mi amigo, respondo con humor. ¿Y por qué iba a hacerlo de otra manera? La ofensa gratuita, ese sentimiento de victima que nos justifica a exigir una restitución y esperar solidaridad y comprensión, es el recurso de los niños. Yo no voy a llorar para que me den el pecho. Y desconfío bastante de la gente que adopta esa postura, muy beneficiosa a corto plazo pero mutiladora en el medio o largo.
La verdad, esa anécdota en su momento me pareció graciosa. Ahora, tras haber viajado y visto algunas cosas, me preocupa. Gente que asume una realidad tan variada (creo que en Andalucía viven siete u ocho millones de personas) con una facilidad así es peligrosa. Y hay una cantidad enorme de gente así ahí fuera.
Tiempos interesantes. Hemos sido malditos a vivir tiempos interesantes.
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