sábado, 28 de octubre de 2017
Venga, voy a mojarme
Sabe Dios que no quiero hacerlo, porque esto es un espacio público que puede leer cualquiera, y nunca la frase "todo lo que diga podrá ser usado en su contra" fue más cierta que en estos tiempos de Tuits rencorosos y exceso de información que nadie lee, salvo que le venga bien para conseguir sus objetivos. Pero voy a ello porque ya la bilis me llega por las rodillas.
Tengo un mensaje para todos esos que dicen que "un país es un sentimiento". O para esos que se rasgan las vestiduras por un papel. Pero primero, voy a hacer una introducción o proemio, que me gusta como suena la palabra.
En 2012, en Ucrania, tras varios meses de protestas en la capital, el presidente electo huyó en un helicoptero y un conglomerado de grupos de oposición se hizo con el Parlamento. Se convocaron elecciones deprisa y corriendo y, ese nuevo Gobierno, decidió entre otras cosas ilegalizar un idioma hablado por más de la mitad de la población y establecer cambios radicales. Como consecuencia de dicha acción, determinadas provincias se alzaron en armas. Se asaltaron comisarias, cuarteles y carceles, se expulsaron a policias y militares, se tomaron aeropuertos, carreteras, hospitales, centros de gobierno. En Diciembre de 2016 el "conflicto ucraniano" ya iba por veinte mil muertos reconocidos oficialmente. Los reales quizás algún día los sepamos.
En 1999, en medio de una campaña de bombardeos de la OTAN contra Serbia, las milicias albano kosovares y las fuerzas gubernamentales serbias establecieron lo que de facto era una campaña de limpieza etníca. Las cifras de bajas bailan. Los desplazados, por parte y parte, se sitúan en torno al medio millón de personas si los sumamos, en un territorio del tamaño aproximado de Murcia.
Tengo una amiga serbia que me dijo, hace dos semanas, que espera que Cataluña no se convierta en un nuevo kosovo. Una amiga ucraniana, me preguntó como iba "la guerra de España".
Un poquito de seriedad. Por favor. Solo un poquito.
Voy a subir otro peldaño. A aquellos que dicen que "un país es un sentimiento", les voy a rogar que maduren. Un país es la representación en el ideario colectivo de un estado. Un estado es un sujeto de derecho, una figura política encargada de gestionar internamente una sociedad, reconocido entre sus iguales (otros estados),a efectos de relaciones exteriores. Sobre la definición y las atribuciones de un estado, hay libros y libros sobre el tema. Doctores tiene la Iglesia. Para esta "mojada", solo decir que entre otras responsabilidades a los Estados se les atribuye el orden público y social, la redistribución de riqueza, el control de fronteras y del sistema financiero y fiscal propio, la prestación de servicios públicos y la gestión de las infraestructuras. Solo por decir algunos.
Así pues, dejando de lado el formato del Genesis catalán, que parece tan importante (en un caso más del tonto mirando al dedo cuando el sabio señala la luna), vamos por partes. El aspecto de reconocimiento entre iguales para formar el Estado, es una batalla perdida antes de empezar. Ya en la introducción o proemio (vuelvo a hacerlo) he puesto algunas formas de desgajar un estado. Podría hablar también de Sudan del Sur, el país más moderno del mundo, pero no me apetece. A aquellos que me citen la independencia de los poderes coloniales, estoy dispuesto a rebatirles con la Constitución de Cádiz: yo también puedo ignorar la realidad mundial y quedarme solo con la esquinita que me gusta. Vamos al tema interesante. Voy a pegar un comentario que me gustó el otro día, si bien no lo comparto pero me gusta.
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En Cataluña se ha formado la tormenta perfecta. Un puñado de oportunistas, pirados y demagogos frente al gran demagogo supremo, este tal Rajoy, especialista en sobrevivir a base de ver como los demás se enfrentan entre ellos. En realidad, en Cataluña hay tres revoluciones en marcha. La primera es la de la burguesía catalana, que lo único que quería es sacar más dinero y más competencias para Cataluña. Agito las aguas, asusto un poco a los de Madrid, y tras conseguir lo que quiero vuelvo a tranquilizar el asunto, hasta la siguiente negociación. La segunda es una revolución nacionalista. Personas que realmente luchan por la independencia de Cataluña y que quieren ver una Cataluña libre, aunque eso suponga que un par de generaciones de catalanes lo pasen realmente mal. La patria es lo primero, y si por ese fin superior hay que sacrificar a alguno (o muchos) de sus hijos, pues que así sea. Y la tercera es una revolución clásica de corte marxista, bolivariana o cómo se la quiera llamar, donde la revolución nacionalista es sólo un paso intermedio hacia la revolución social. Es más fácil llevar a cabo un proceso revolucionario en un país pequeño como Cataluña, que en un país tan enorme como España. Es el viejo plan de reduce y vencerás, que tiene mucha lógica por parte de la CUP. No hay que ser un genio para convenir que si juntas esas tres revoluciones tan heterogéneas, cuando no directamente contradictorias unas con otras, e intentas convertirla en una sola, vas directo hacia el caos. Que es la situación actual de Cataluña.
En frente, tenemos al gran Rajoy. Ese superviviente nato al que no le echa del sillón ni la guardia civil. Cuando llegó al poder, se dio cuenta rápidamente que lo iba a pasar muy mal. La situación económica española era terrible, y sabía que su destino era perder las próximas elecciones… si seguía vigente el sistema bipartidista para entonces. Cuenta la leyenda que el tal Arriola conocía a un tal Pablo Iglesias, universitario con gran carisma y con una visión nueva de lo que tenía que ser la izquierda auténtica, a lomos del populismo y la transversalidad. Y que tenía gran potencial como líder populista, porque sabía decirle a la gente lo que quería oír, y que se resume en la máxima política de: “la culpa de que las cosas te vayan mal, o peor de lo que tú quisieras, es siempre de los demás”. Y eso vale tanto para el parado como para el funcionario de clase B que no entiende porque tiene un jefe cobrando mucho más que él sin tener ni la mitad de sus conocimientos ni de su inteligencia. Pese a que parte de la vieja guardia periodística (sobre todo Ansón, para ser justos con él, que fue el primero en ver venir el grave problema al que se enfrentaría España) y económica le suplicó, literalmente, a Rajoy y compañía que no aprovechase la debilidad del PSOE para fomentar un partido populista a su izquierda y que aceptase las reglas del juego del bipartidismo vigentes desde la transición, estos siguieron con sus planes. Le damos un canal de televisión y publicidad en nuestros propios canales (el debate ya no es entre PP y PSOE, es entre PP y Podemos). Así, pensaba Rajoy, no sólo dividimos el voto de izquierda y obligamos al PSOE a escorarse a la izquierda para competir con el nuevo rival, con lo que pierde votos por el centro, sino que muchos de los que no nos volverían a votar, al ver a estos populistas neocomunistas nos volverán a votar, aunque sea con la nariz tapada, para evitar que “asalten” el poder, según expresión propia de Podemos. Así, se matan dos pájaros de un tiro, pensaron. El caso es que curioso, y parece que todas las derechas españolas están igual de locas y no son capaces de ver más allá de sus narices, pero parece que la derecha nacionalista catalana, que ahora tiene pánico a los de la CUP porque controlan la calle, también creó o ayudó a crecer el monstruito de la CUP para quitarles votos a ERC. Un viejo amigo catalán me lo contaba el mes pasado, y aunque cueste de creer, parece ser que es cierto.
En fin… Plan perfecto para Rajoy y los suyos, de hecho todavía siguen en el poder gracias a él, pero muy preocupante para España. Y lo es, porque España ha sido siempre un muy difícil equilibrio, con demasiada historia, enfrentamientos y reproches entre las distintas regiones y nacionalidades (alguien tendrá que explicar algún día cuál es la diferencia entre nación y nacionalidad, por cierto). Historia que normalmente solía acabar mal, con un centro que gritaba: “¡Una, grande y libre!” o una periferia que gritaba “¡Viva Cartagena!”. Parecía que con el bipartidismo eso se había acabado y poco a poco íbamos siendo un país democrático adulto, donde todos éramos conscientes de las limitaciones, pero también de las ventajas de la estabilidad y la democracia bipartidista, siquiera imperfecta como es la española. Cuando eres joven lo quieres todo, cuando maduras te das cuentas que todo no lo puedes tener. Pero no, el monstruo siempre ha estado ahí, y ha bastado que un puñado de dirigentes, por avaricia o impericia, haya metido severos errores de juicio para que hayan saltado todas las costuras de la democracia española y de la España de las autonomías. España tiene unos cimientos eternos anclados en barros. Y eso no se ha podido cambiar con cerca de 40 años de estabilidad. En fin, con estos bueyes hay que arar. A ver qué pasa.
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Así pues, vamos. Mambo. ¿El Estado Catalán va a controlar su sistema financiero y fiscal, sus fronteras y su orden publico, sus infraestructuras y sus servicios, en un entorno global? ¿Como? En primer lugar excluido de la Unión Europea y del euro. Tendrá que establecer una moneda propia y una Hacienda Pública, a efectos de satisfacer los pagos de servicios y empleados de la misma. Tendrá que recoger los capitales en euros y convertirlos a su nueva moneda. Quizás pueda establecer una paridad con el euro, pero la moneda catalana cotizará en el mercado de capitales y veremos cuanto dura dicha paridad. Una vez establecida dicha Hacienda Pública y funcionando, deberá hacer frente al mantenimiento de infraestructuras y servicios. Deberá hacer frente a importación de energia y materias primas si espera exportar productos manufacturados. Deberá constituir unas fuerzas armadas propias. ¿Cual es el proyecto para hacerlo? Estoy leyendo el Libro Blanco y los datos que presenta me resultan bastante utópicos. Hablan de una partición del escenario actual, en el cual Cataluña es una provincia de un estado mayor que negocia sus contratos en un entorno internacional como parte de este, no como ente individual. Por poner un ejemplo peregrino, Argelia no venderá el gas al mismo precio a España (que le comprará X toneladas/año) al mismo precio que a un estado catalán que le comprará menos. Este ejemplo, cogido con pinzas, me resulta interesante a la hora de plantear un debate que creo que no existe y debería existir. ¿Es viable? ¿Es serio?
Me gustaría seguir rajando pero ya he perdido gas y ha salido el sol. La vida real pide paso. Vamos a ello.
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