miércoles, 14 de octubre de 2020
Un día de la Hispanidad indignado
Buenos días.
Aquellos que tengáis costumbre de leer esto, sabréis que guardo un sentimiento especial para el día de la Hispanidad. Para alguien interesado en las interacciones humanas a través de la cultura, un día dedicado a celebrar toda una identidad cultural es especial. Sé que hay otras culturas que lo celebran de otra manera (el día de las letras rusas, el día de la independencia, etc), pero esta es la nuestra. Una manera peculiar en la que se mezcla la historia, el idioma y las tradiciones, en una forma de reconocernos a nosotros mismos a través del tiempo y el espacio, creando un vínculo que nos permita comunicarnos y compartir. Algo que, con bastante sentido del humor, parece hacer la serie "El Ministerio del Tiempo", con tanto éxito que ya otros países están copiando el formato.
Pero son tiempos oscuros. En esta época de post-modernismo, en el cual todo es cuestionable y mis emociones son tan válidas como tus datos, el día de la Hispanidad es otro de esos símbolos facilmente atacables. Facilmente por el principio de Godwin, que dice que cuando no tienes como defender un argumento puedes acusar al otro de nazi (o su equivalente como superlativo del Mal) y automaticamente consigues la superioridad moral (una especia de sucio ad-hominem). Facilmente porque, aquellos que podrían y deberían defenderlo, están ocupados defendiendo otros cincuenta frentes en esta avalancha de mediocridad, incultura y bazofia en que nos empapan aquellos que, incapaces de oponer datos duros y fuentes fidedignas, prefieren colocar sus sentimientos heridos y sus emociones como lineas argumentales.
Como ejemplo de la fé como argumento, un inciso humoristico. Hace dos semanas tuve una discusión online con una chica norteamericana que quería convencerme de que en España los frijoles son un plato tradicional. No sirvió de nada que le dijera que soy español, que vivo en España y tengo un conocimiento más o menos medio de mi cultura. No. Ella lo creía y esa creencia era superior a mi conocimiento. Así que empezaré a buscar frijoles, para evitarle un esguince cognitivo.
Acabada la pausa, vuelvo al asunto del día de la Hispanidad. Hace tres o cuatro años un buen amigo mío tuvo un enfrentamiento online con el alcalde de Cádiz que representa parte del conflicto actual. Según el alcalde de Cádiz, no se puede celebrar el día de la Hispanidad porque es una celebración de un genocidio, de una destrucción cultural sin precedentes y del colonialismo. El argumento de mi amigo fue que, por un lado, la Hispanidad celebra un vínculo cultural, idiomático y tradicional que une a millones de personas, y por otro lado, la historia se ha construido sobre procesos históricos a veces bastante feos, pero eso no anula los resultados positivos. Decir que el hecho de que hoy quinientos millones de personas hablen español debería avergonzarnos es como decir que el coliseo romano debería ser destruido porque representa un ritual bárbaro. Eso, que dicho así resulta una obviedad, para mucha gente (y cada vez más), no lo es tan así. Al igual que los musulmanes completaron una destrucción de la biblioteca de Alejandria que ya comenzara antes, por cristianos y guerras (he cogido este ejemplo por evitar un Godwin y por no citar a Heine, aunque venía al pie), hoy obsevamos oleada tras oleada de post-modernistas decididos a imponer una visión del mundo que repugnaría a Nietzsche. Un mundo en el que se consiguen victorias, no sobre un corpus ideológico, un conflicto y una superioridad, sino dando pena, mediante el sentimiento de culpa, la compasión, la vergüenza.
Estoy indignado. El "Columbus Day" en EEUU se ha convertido en un tabú, porque mediante sabe Dios que arqueología mental se vincula el descubrimiento de Ámerica (que fue igual al descubrimiento de China o de Japón o de las Cataratas Victoria, le duela a quién le duela hasta ahora la tribu más poderosa del mundo es blanca y cristiana) con el exterminio de las tribus indias. Exterminio que fue perpretado por colonos anglosajones, de igual forma que hicieron en Australia. Cuando a esta gente le hablas de Fray Bartolomé de las Casas, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la Real Cedula de Indios, te contestan de forma parecida a mi colega de los frijoles.
De alguna forma, al igual que con la Spanish Inquisition, hemos perdido la guerra de propaganda. Otra vez. Por complejos históricos, por falta de respeto por la cultura, por "vivan las caenas", por cainismo. Porque los que tienen que levantar la voz no lo hacen y a los que lo hacen nadie les echa cuenta. Porque es más interesante la Isla de las Tentaciones, la crisis política de turno (llevada a lo personal siempre, eso sí. Porque este político es feo y el otro guapo, porque este es de tal partido en vez de del mío, porque tal logo no me gusta, todo muy del nivel de la de los frijoles), el fichaje o no fichaje de futbol de turno. Porque, como dijera aquel ministro de Franco, "menos latin y más futbol".
Y de esa forma un día hermoso, bonito, un día en el que me levantaba a ver el desfile (porque eso también es parte de nuestra historía, como la de todos los pueblos. Como dicen los franceses, para que haya libertad y respeto tiene que haber alguien con un fusil asegurandose de que no te la quiten), me lo han empañado entre todos. Y da mucho asco querer creer que, si nos dejamos de ver el ombligo un ratito y levantamos la cabeza, podemos ver lo extremadamente hermoso que es poder sentarte con alguien que viene de una aldea en las montañas de Colombia y poder reconocerte en el idioma, en la estructura familiar, en la religión, en los valores. Entender que te separa un oceano, banderas, historias... de alguien y que sin embargo puedes empatizar. Que independientemente de lo que ponga en vuestros pasaportes, esas personas y tu podéis ser hermanos.
Así que haganme un favor. Todos aquellos que vende la Historia como algo de lo que avergonzarse para llevarnos al huerto, vayanse a la mierda. Dejen que los historiadores estudien, que se publiquen tratados, que se hable de las vergüenzas (hubo más de un Pedro de Alvarado en nuestra historia), sin que por eso se descuide el hecho, hermoso y digno de orgullo, de que existimos y que esa existencia es hermosa. Yo lamento que fueran exterminadas otras culturas, como lamento que se haga hoy en día (¿hola? ¿algún suomi en la sala?), pero entiendo que son procesos naturales de este organismo que es la especie humana. Y sé que, al igual que los griegos, los romanos, los sarmatas y los celtas se extinguieron, algún día nuestra cultura también se extinguirá. Pero dejenme celebrarlo mientras existimos, cojones.
P.D: Sobre nacionalismos y mitos identitarios, ya bastante cabreado estoy. Otro día le doy, si les parece.
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