Buenos días. Hoy estaba limpiando la cocina del piso y me he dado cuenta de algo curioso. Llevo un año y pico viviendo en este piso, que nunca he sentido como propio y, ahora que sé que me iré relativamente pronto, me cuesta horrores hacerle el más mínimo mantenimiento. Citando a mi colega Ale de Cádiz, "Yo valoro muchísimo mi tiempo, aunque lo gestiono de pena". Aunque sea para tumbarme a leer, prefiero estar haciendo eso que limpiando un espacio en el cual, honestamente, entro de puntillas para no molestar y en el que nunca he llegado a estar cómodo del todo.
¿Por qué esa incomodidad? En parte porque nunca lo he dominado de verdad, nunca lo he hecho mío. Y en parte, porque no he realizado actividades ni construido memorias bonitas aquí. En el piso de Madrid hicimos una fiesta de bienvenida, trajimos amigos, celebramos cumpleaños y fines de año... es un espacio en el que se construyó vida. Yo pasé noches en vela pintando muñequitos, escuchando podcasts, leyendo. Es un sitio donde viví.
Aquí, por el contrario, nunca ha habido eso. Fin de año me lo pasé trabajando, hemos recibido a amigos dos veces y, si bien en la primera aún teniamos mucha ilusión y esperanza, eso no se transformó en nada real. La vida pasó. Y bueno, ahora que veo la hora de irme, sé que no lo echaré de menos. Con lo que me da totalmente igual lo que pase con él, más allá de en que me pueda afectar.
Y pensando en eso, me doy cuenta de que yo no soy un migrante. Yo soy un turista. De larga duración, pero un turista. Yo vengo, hago lo mío, pago lo que debo y me voy. Aprendo el idioma justo para cumplir con mis obligaciones, de la cultura lo necesario para sobrevivir... bueno, es mentira. Yo soy bastante más inquieto que eso y me gusta aprender por aprender. Pero en general, no tengo ningún tipo de vínculo con el sitio ni, después de más de un año, siento que ese vínculo se vaya a desarrollar. El entorno, al igual que sucede con el piso, no ha dado la más mínima facilidad en ese sentido y mis esfuerzos siempre han sido en vano. Hoy, después de un año "viviendo" aquí, me sorprende que voy a quedar con un potencial amigo. Los que tenía en el país antes de venir, pues bueno, tenemos una relación no tan distinta de la que teniamos antes de que yo viniera.
Pero esa es mi experiencia. Lo que quiero extrapolar de mi experiencia es una constante, o una norma general que pueda aplicarse. En este caso, la diferencia entre un migrante y un turista es que el migrante, en teoría, viene para quedarse. Pone sus cortinas, invita a su familia y amigos, celebra los fines de año. Aprende el idioma y la cultura, hace amigos, se integra. Como decía un compañero el otro día, "va al pub". Y quién sabe, quizás se enamora del sitio, de la gente, de la vida. O quizás no, pero él es parte de la comunidad. Una parte "nueva", que viene de otro sitio, pero una parte.
Yo creo que hoy en día hay muchísimo turista. Muchísima gente que viene a España, por ejemplo, y vive en inglés. Y que oye, no me parece mal, pero tenemos que entender que estamos creando sociedades con dos tipos de ciudadanos. Con unos que están, viven y se quedan y con otros que pasan, sin pisar apenas el suelo. Y esta bien, yo no digo que haya que cerrar las fronteras y echar a los turistas (para empezar, porque me parece muy poco practico y para seguir, porque todos esos movimientos generan muchas cosas buenas). Lo que hay que hacer es ser consciente de que hay dos tipos de "visitantes" en cada país. Y ojo, que puedes llevarte treinta años en un país y seguir siendo un turista.
Voy a por la segunda parte de esto, que me parece un tema interesante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario