miércoles, 12 de agosto de 2026

Las bicicletas son para el verano II

Se me escapaba y no quería meterlo en el anterior artículo. Ayer por la noche estuve escribiendome con una vieja amiga, con la que hacía mucho que no charlaba. Y, poniendonos al día sobre la vida, surgió el mismo tema. "Moskis, igual puedes retirarte a los 50 entonces!". Es un deseo feliz de ella, no existe esa posibilidad ni remotamente.
Pero es que tampoco me lo he planteado. Cuando trabajaba embarcado, la gente fantaseaba con dejar de trabajar. "Ojalá jubilarme ya". El otro día en el trabajo, una compañera calculaba cuantos años le quedan. ¿Yo? A mí me gusta trabajar. Yo seguiría haciendolo aunque fuera rico. Llevo años diciendolo, y sabe Dios que mi trabajo me arranca el alma muchísimas veces... pero mi trabajo es parte de lo que soy. Y me gusta lo que soy.
Tengo un amigo al que lo han jubilado forzoso. Es algo que cada vez irá pasando más, viene con la edad, como cuando mi abuelo se levantaba y leía el obituario del diario, a ver quién faltaba para la revista de policia a primera hora.
Bajale una al morbo, por favor.
Lo que decía, que tengo un amigo al que han jubilado. Y mi amigo lo ha pasado fatal, porque, como decía Sergio, una cosa es que uno lo elija y otra que te lo impongan. Que es cambiar tu vida entera y somos animales de costumbres. Hay que transicionar, planear, ver lo que se hace... Es una transición de una forma de vida a la otra y, en seco, puede ser bastante duro.
Curiosamente, mi amiga ayer apuntaba a la cantidad de hobbies que tengo. Y pensaba, no equivocadamente, que mis hobbies son una forma de distracción. No son algo que define el nucleo de mi identidad, sino más bien algo accesorio, como mi gusto musical o mi facilidad para los idiomas.
En nuestra configuración humana, en la que muchas veces la identidad publica define la identidad privada, necesitamos algo que nos permita anclarnos al suelo. En mi caso, como en el de la mayoría de la gente, es lo que podemos hacer por los demás. Mi trabajo ha sido, durante mucho tiempo, una forma de expresión en ese sentido. Yo soy X, hago Y y viceversa. Esto se retroalimenta.
¿Si dejara de hacer Y? Pues probablemente me buscaría otra cosa que hacer y encontraría otra forma de expresión. Pero la libertad es vertiginosa. Con la libertad de hacer lo que queramos viene la responsabilidad de elegir lo que queremos hacer, y ahí no valen excusas. No sirve "es lo que me toca" o "estoy obligado". No. Nosotros elegimos. Y para la inmensa mayoría de la gente, y yo no creo que sea una excepción en ese sentido, la libertad sin límites obliga a una conversación interna que es terrorífica.
A propósito de eso, el otro día me encontré a Jess, una compañera que empezó a trabajar de lo nuestro. Y comentaba, de una forma un poco tangencial, que una cosa es verlo desde fuera y otra desde dentro. Que no le gusta, que es agotador. Y lo entiendo, tiene toda la razón. Pero algo parecido nos pasa con la idea de no trabajar. Desde fuera... sí claro, todo el tiempo del mundo para uno mismo.
Una vez dentro, nos obliga a rediseñarnos. Que es una oportunidad maravillosa, pero también un esfuerzo tremendo.
Como todo lo que merece la pena.

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