lunes, 7 de septiembre de 2026

Vuelta a la oscuridad

Hoy fui de vueltecita a mi trabajo a arreglar algunas cosas y, lo primero que pensé, fue que feas son las calles. Es curioso. No solemos pensar mucho en como el entorno nos afecta moralmente, más allá del clima o el ruido o cosas así como muy extremas. Pero por debajo de eso existe una sensibilidad de fondo, de lo que vemos y como lo vemos. En mi caso, que aún estoy medio fino y no tengo el cerebro totalmente embotado de estrés, hoy me permitió darme cuenta de algo que Javi Franco explica muy bien.
El metro quita años de vida.
Al principio de moverme a ciudades grandes me sentí fascinado por el metro. Wow. Transporte público barato, masivo, rápido. En un entorno cerrado y oscuro, como de película. Pero enseguida perdió la novedad, claro. El metro es muy buen ejemplo de las ciudades grandes y de como se perciben. Y a su vez, de diferencias sociales. Cualquiera que puede permitirselo evita el metro, eligiendo el coche, lo que conlleva atascos y tráfico infernal. Los que no tenemos más remedio que ir bajo tierra, nos reunimos en cábalas oscuras, deprimentes, de gente enganchada a su móvil evitando mirarse los unos a los otros. Estudiantes y jubilados, gente de bajos ingresos, el metro es un lugar cuando menos curioso. Y efectivamente el estar a la defensiva, el ruido... es una fuente más de estrés en un entorno de por sí bastante estresante.
Pero no es solo eso. Hace unos meses me di cuenta de que aquí las calles no están empedradas. Son de una película de asfalto, igual a la carretera, y se rompen bastante a menudo. Tampoco están lisas, con lo que toda el mero hecho de andar implica una cierta dificultad. No que tengamos ochenta años, pero hace una semana yo iba al centro de la ciudad paseando, sin tener coches a treinta centimetros, por espacios amplios donde podía ver a mi alrededor y entre gente que no percibía como una amenaza, y eso se acabó. Es un buen recuerdo y, quizás en unos meses, vuelva a vivirlo.
Ahora toca otra situación. A la vuelta del trabajo pasé por el supermercado, donde muchísima gente paga en metálico porque tienen actividades económicas dificiles de declarar. Embozados y embozadas, adolescentes inquietantes, una de cada tres personas que te cruzas es una amenaza potencial. Sales a la calle y esquivas al loco, al borracho, al inquietante. Y una vez sales de allí llegas a tu calle, deseando entrar en casa, quitarte los zapatos y descansar un poco, antes de salir otra vez.
Semanas y meses de esto me esperan. Porque cuando llego al trabajo está un poco mejor.. hasta que la gente empieza a meterse en tu vida y querer arreglarte cosas que nadie le ha pedido que te arreglen. O a pasarte por la cara cosas que tu no tienes y que te gustaría tener.
En general, esto ha sido un guantazo de realidad. Y ahora que aún tengo el cerebro medio fino, antes de que las capas de estrés y las noches sin dormir me vuelvan a enterrar, aprovecho y escribo, reflexiono, pienso, vivo. El otro día decía un amigo mío que, dejar de leer, es algo que nos está pudriendo el alma. No le falta razón. Estas semanas que he podido descansar y encontrarme bien he sido más yo mismo; he cuidado de mi gente, he hecho cosas, hasta he tenido energía para algún proyecto futuro. No va a durar. Pero ha estado genial y lo celebro. Gracias a Carlos, gracias a Hanae, gracias a Sergio, Paco, David, Yoli y tantos y tantos que me han hecho sentir querido, valorado y especial. Gracias. Decía ayer Ira que me veo más alto, y es porque he dejado de andar encogido. Gracias.

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