Mi vida en general es el punto intermedio entre dos fuerzas opuestas; querer irse y querer quedarse. Descansar y activarse. No querer nada y quererlo todo.
La única forma que conozco para ser feliz es concentrarse en lo que haces, en lo que vives, en lo que quieres. En lo que compartes. Entendiéndolo así, con un horizonte manejable (quizás una semana?) los días se vuelven plenos y la historia, las historias, fluyen.
Pero hay otra dimensión. La escala de los meses y los años que caen como una losa. De repente, llegas al vestuario y te das cuenta de que ya ha acabado otro invierno. Tu segundo aquí. Y te preguntas que ha pasado en este tiempo que merezca la pena. Repasas tu álbum de fotos mental. Y sonríes. Han pasado muchas cosas y muchas buenas. Otras se han quedado por el camino, porque no eran tan importantes. Hay muchos más libros en la estantería y en la cabeza, más canciones, series, miniaturas, gente. Hay muchas tardes magnificas y carreras y sueños y momentos. Decía Kerouac que no recordarás los días que pasaste cortando el césped, pero se le olvidaba decir que depende del césped. O que puede que recuerdes, que cosa, el abrazo que te dieron después de cortarlo.
He dicho muchas veces que, de las formas de decir "te quiero" una de mis favoritas es "te echo de menos". Cada día lo digo y cada día lo siento. Y me gusta. Me gusta mirar atrás sonriendo y adelante sonriendo y me gusta que al día le falten horas para todo lo que quiero hacer, pero que nada de eso sea importante mientras compartimos.
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