jueves, 17 de septiembre de 2020
Un pendiente
Hoy estaba en la cama, viendo salir el sol en ese momento en que de repente partes de tu vida vienen a visitarte, toc toc, y te recuerdan otros momentos y otras personas que, curiosamente, también eres tu.
Hoy me tocó volver a la adolescencia. Y recordé como, con unos catorce años, yo me hacía "pendientes" con una chapita de metal que traían los calcetines para que no se separaran por el extremo. Por supuesto lo hacía en Vigo, donde no me conocía casi nadie, y fuera de casa de mi abuelo, que no me dejaba. Y de repente recordé como mi abuelo, que tampoco había visto crecer demasiado a sus hijos porque estaba siempre trabajando, flipaba conmigo. Esa relación tan guapa que teniamos.
Cuando yo era pequeño, estaba obsesionado con los dinosaurios. Como buena parte de todos los niños desde que el mundo es mundo y los dinosaurios existen. Salió una colección de dinosaurios y yo me suscribí. Recuerdo que al principio estaba enamoradisimo. Y luego poco a poco le fui perdiendo interés, como todos los niños, a medida que la colección se hacía más arcana y misteriosa (cuando empezaba a hablar de dinosaurios poco populares o de relleno. Como todas las colecciones, perdía fuelle). Pero aún así mi abuelo seguía comprandomela y yo seguía leyendolo, queriendo complacerlo yo, él intentando darme algo que me gustara aunque no lo entendía. Recuerdo como escuchaba, con una paciencia infinita, como yo le contaba de algún bicho u otro, él que siendo pescador estaba harto de ver animales y no darle más ciencia que el nombre que necesitaban para venderlos en la lonja. Lonja, a donde me llevó cuando era tenía cinco o seis años y tenía que hacer un trabajo sobre animales, y yo elegí el tiburón.
Sí, soy muy viejo. No sé si en esta época donde todo está cogido con pinzas un hombre de sesenta años podría ir con su nieto a una lonja de pescado y caminar entre animales muertos, maquinaria industrial y otros hombres, rudos, cansados, serios. Mirando todo con ojos enormes, enamorado, poniendose al lado de peces más grandes que el mismo y gruas que, daba igual cuanto doblara el cuello para atrás, seguían hacia arriba. Pero yo me críe en una época en la que no había móviles ni todos nos escandalizabamos tan fácilmente, y con la suerte tremenda de tener un abuelo que me quería muchísimo. Y yo, en la medida de mis posibilidades, lo quise tanto como pude.
Por eso hoy, recordando lo del pendiente, me queda un sabor un poco agridulce. Porque todo adolescente es contrario a la autoridad y debe saltarse las normas. Es nuestra forma de construirnos como individuos; tenemos que romper con lo anterior y crea algo nuevo. Da igual cuan lógicas y coherentes sean las normas; debemos enfrentarlas para poder crecer. Después nos estabilizamos y dejamos de hacer el idiota, pero existe una edad en la que basta con que te digan "sí" para que tu digas "no". Hoy, mirando por la ventana salir el sol, me acordaba de mi abuelo y pensaba. Valiente gilipollas fui a esa edad. Escapandome para colgarme un trozo de metal ridículo de la oreja, sabiendo que le molestaba, solo para molestarle. Y recuerdo esas tardes en Vigo junto a las sardinas, donde tanto presumía él de mi, o en mesas enormes con la familia, o con sus amigos cuando intentaban burlarme y lo conseguían, inocente enano que se creía todo lo que le decían.
Hoy, sigo pensando que yo soy ese chico que se dejó crecer el pelo y llevaba camisetas oscuras. Pero también soy ese hombre serio, que camina con las manos a la espalda, y me da mucha pena no poder mirar a los ojos al abuelo, enseñarle todo lo que he ido construyendo y darle las gracias. Porque si he hecho esto, en buena parte, es porque alguien en su momento supo decirme que con ese pendiente ridículo parecía maricón y que más me valía ponerme a estudiar y ser un poco más serio. Y fijate. De alguna forma, parece que lo he hecho y puedo estar orgulloso de mí mismo.
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