Hoy estoy en otra fase de mi reinicio. Ya pasé mi periodo de noches, después la carrerilla de "tengo qeu hacer cosas y aprovechar lo que compré hace tres semanas y hasta ahora no he podido disfrutar", y hoy ya, por fin, parece que paro. De hecho, hoy espero dormir. Aunque, ¿quién sabe? Hace más de diez días que no duermo más de cinco horas, está siendo otro mes de dormir cuatro-cinco días con suerte. Me queda un año y pico así, veremos si soy capaz de resistirlo.
El caso es que, en plena ola de calor, me doy cuenta de que para poder reiniciar mentalmente necesito jugar. Igual que otra gente necesita hacer deporte, comer algo, irse al jardín o tocar hierba, yo necesito jugar a algo. Cambiarme de ropa. Hacer una serie de rituales que le expliquen a mi cabeza y a mi cuerpo que, no, ya no estoy en el trabajo. He salido. Aunque cada vez me cuesta más.
Y eso es natural. Donde estoy no hay nada. Lo decía mi parienta ayer, que me fuera a España porque aquí "no hay nada que hacer". Y suena muy triste, pero en cierto sentido es verdad. Colecciono y pinto cientos de muñequitos para... para distraerme y pensar que no estoy donde estoy, que no hago lo que hago.
Necesito otra cosa. Necesito algo que haga que merezca la pena, algo que esperar con ganas. Esperemos que, si Dios quiere, en otoño la cosa se normalice un poco y podamos tener algo de tregua y de control sobre mi vida. Porque insisto, es uan carrera de fondo. Hay que llegar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario