martes, 2 de septiembre de 2014

Porqué no son raros los ikikimoris


Para los que no conozcan el termino, es uno empleado por los medios de comunicación para referirse a personas, generalmente adolescentes asiaticos, que se encierran en su cuarto y se pueden pasar tranquilamente meses ahí metidos.

Una vez hecha la aclaración, procedo. Me levanto por la mañana y aún no ha salido el sol. Más allá de mi ventana, la oscuridad es absoluta, solo punteada por pequeños circulitos de luz en los que imagino gente. Otras personas como yo, levantandose para ir a trabajar, o durmiendo, o viendo la tele, o viviendo cincuenta mil historias diferentes. No lo sé. No me importa.
El silencio es absoluto. El aire acondicionado haría ruido si lo encendiera, pero no quiero. En el pasillo ha sonado una puerta. ¿Será alguien? Tampoco lo sé ni me importa.
Se está bien aquí. No hay problemas. No hay presiones, no hay prisas, no hay gente. Estoy solo con mis pensamientos y puedo leer, puedo escribir, puedo escuchar musica, puedo estudiar. Puedo hacer lo que quiera, pero elijo sentarme en el ordenador y perder mi tiempo en el facebook. Son cosas que pasan.
Sé que cuando salga la vida recuperará el tiempo perdido. Y sentiré historias, miraré a la gente con una empatia exagerada, querré hacer tantas y tantas cosas... pero este oasis de calma, este vacio personal me satisface. A veces me canso de correr, de pelear, de existir. A veces me canso de ser hombro en el que te puedes apoyar, de ser colega en el que puedes confiar, de ser un tío que hace aquello que debe. Entonces me entran ganas de ser travieso, de jugar, de perderme entre la gente, de olvidar. Internet es una valvula de escape demasiado buena. Es adictivo.

Por eso puedo entender aquellos que se hacen su propia mazmorra y tiran la llave. Pero sé que es una fase. Que volveré a coger la mochila y viajar, volveré a fascinarme con cosas e historias, volveré a querer aprender, volveré a querer conocer gente y tocar sus espiritus. Porque soy una persona de contrastes y me gusta la soledad y la muchedumbre, la playa y la montaña, el ruido y el silencio. Porque estoy vivo, en el sentido amplio de la palabra, y quiero seguir estandolo.
Dios, mataría por un abrazo de verdad.

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