martes, 12 de abril de 2016

Estereotipos y prejuicios



El otro día charlaba con Luichi en un sofá, tomando una cerveza eslovaca, sobre el tema de los prejuicios. Sobre como les damos un matiz negativo, y cada vez que alguien te dice "tienes un prejuicio" parece que te está mentando a la madre. Cuando es algo extremadamente extendido y asumido como natural.
Ejemplo. Le cuento a Luis que tengo problemas con una chica. Su primera pregunta es "¿cuantos años tiene?". Necesita una referencia temporal. Porque, en función de la edad, será una chica madura y responsable o no, se le exigirá y se esperará de ella una serie de actitudes y comportamientos.
¿Por qué? Ya sabemos que eso es irreal. La experiencia nos demuestra que, en una argumentación cíclica, es la experiencia la que nos permite "encasillar" a la gente. Personas de la misma edad no tienen las mismas experiencias, en ocasiones ni parecidas, y eso hace que sus perspectivas y actitudes sean distintas.
Pero seguimos agarrándonos al prejuicio. Porque es cómodo, aunque no sea eficaz. Y hablando de estereotipos, eso debe ser algo muy del sur. En lugar de esforzarte en optimizar y encontrar la mejor solución, te quedas con la primera que encuentras porque así te ahorras el trabajo de seguir buscando. Somos victimas de nuestro entorno y nuestra cultura. Pero eso no es malo. Simplemente nos da un referente desde el que trabajar, que es para lo que deberían de servirnos los prejuicios. El extremo contrario, al que yo intento aferrarme, es tan poco practico como el exceso de prejuicio.
Ejemplo. Parece un pato. Anda como un pato. Se mueve como un pato. ¿Será un pato? Voy a averiguarlo. Y mientras estoy comprobando algo que para cualquiera es obvio, pierdo tiempo que debería emplear en otras cosas.
Al final, como he dicho otras veces, en el equilibrio está la virtud. No en el termino medio, porque para cada persona el equilibrio es distinto, sino en ese punto en el que la suma de fuerzas es igual a cero. Donde ni tiras, ni empujas. Donde simplemente eres.

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