miércoles, 3 de agosto de 2016

Sobre la destrucción de la fé


Soy un hombre para algunas cosas anarquico, inquieto, relativista moral, irreverente. Soy un hombre al que le gusta cuestionarlo todo, mezclar ideas, hacerme mis propias opiniones y luego volver a contrastarlas. Gracías a Dios, dejé de corregir mis escritos porque nunca encontraría algo totalmente de mi gusto.
Siendo así, mantengo unas pocas fés y las mantengo contra viento y marea. Me refugio en ellas ante un mundo en el que no encuentro sentido a casi nada. Abandonada la infancia, el amor inquebrantable se convierte en cinismo y empezamos a mentirnos constantemente para llegar al final del día, prestos a ocultar bajo una capa de sueños las miserias del día. Y nos levantamos con una sonrisa, porque al fin y al cabo el mundo es maravilloso y porque, al menos por un día más, el mundo sigue en pie.
Soy un hombre de honor. El honor surge de la integridad, que a su vez se basa en la honestidad, el orgullo, el respeto. El honor existe cuando nosotros mismos nos exigimos algo y lo mantenemos, porque creemos en algo más grande que nosotros mismos. El honor (Ehre, esa palabra que compartí con Dominik en Northwood), hace que determinados crimenes sean mucho más que la acción cometida, porque atentan contra nuestras creencias, el origen de esa imagen de nosotros mismos y del mundo que nos da fuerzas cuando creemos que todo lo demás ha fallado.

Ayer me dijeron una cosa que aún me tiene dando vueltas. Decían en "Algunos hombres buenos" que el honor no es un parche que te pongas en el uniforme. Decía Calderón de la Barca que no hace el vestido al hombre, sino el hombre al vestido. Tratando de ser lo más y parecer lo menos. Que grande es ese poema. El caso es que ayer me dijeron algo que me resulta aberrante, no tanto por el hecho en sí como por lo que dice de nosotros. Si eso es posible, el crimen es atroz. No por el hecho en sí, que es una traición relativamente menor, sino por el atentado a la lealtad reciproca, al espiritu de equipo. A la esencia misma de lo que somos. O de lo que deberiamos ser si queremos respetarnos a nosotros mismos, si queremos... si queremos ser dignos de ser lo que somos. Porque al final, el honor consiste en ese impulso que nos lleva a querer un poquito más, a pelear un poquito más. A creer que, si queremos, podemos hacer un mundo mejor. Y cuando perdemos eso... entonces hemos perdido mucho más que nuestra dignidad. Hemos perdido el presente y hemos manchado el futuro y esa mancha es muy difícil de borrar.
Que lastima, morir por dentro y seguir viviendo, ajenos a la podredumbre que expandimos a nuestro alrededor. Creyendo que, en nuestro celo por defender una visión del mundo o unos privilegios todo está justificado, incluyendo faltar a la promesa o juramento realizado, lo único que hacemos es escupir a todo aquello que es digno, noble o merecedor de admiración en nosotros. Que pena. De verdad que, yo que evito criticar o insultar por considerarlo un desperdicio de esfuerzo, que me mancha tanto o más a mí que a la persona a la que va dirigido esto, me siento superado por esto. Y ojo, no porque me perjudique más o menos, sino por la destrucción de la confianza en unos principios basiquisimos, el abc de esto. Yo he jurado muy pocas cosas en mi vida, pero vive Dios que no pienso dejar de cumplir ninguno de mis juramentos. Ojalá más gente pensara igual, jurara menos y viviera más. Ojalá.


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