martes, 11 de junio de 2013

La lujuria me visita


No la acabo de perder de vista. Terrible compañera en noches de soledad y largas vigilias inutiles, el ansia, el deseo, el poder. A veces observo tu espalda y me vuelvo loco. Me pierde la forma de tus hombros, la silueta de tu cuello, la curva de tu figura. Me hipnotizan tus manos, tus ojos me hechizan. Y tu sonrisa... esa puñalada de blanco en tu tez morena. ¿De donde sacáis el moreno? Aquí arriba, donde el sol brilla por su ausencia y nunca mejor dicho. Me recuerdas a mi abuelo, ni sé cuantos años de gallegos de ojos estrechos y piel morena, manos asperas y duras, sonrisas que saben a sal. ¿A qué sabrán tus labios? Los observo y me sonrío, pero vuelvo a enterrar la lujuria. Lejos de aquí, lejos de los disfraces, las mascaras, las conversaciones que esconden significados como las capas esconden puñales. Esa escena de Annie Hall, donde Woody Allen y Diane Keaton comentan sobre su afición a la fotografia mientras la sexualidad queda reflejada en voces en off. Tanta tensión y yo reculo. No quiero participar, no quiero vivir, no quiero sentir. Y tu me estremeces de esa forma...

A veces en la noche me visitan mis fantasmas. Miro al techo en la oscuridad y me encuentro con rostros conocidos. Con una diosa de pies descalzos, que deja huellas ensangrentadas cuando se acerca a mi cama, a recorrer con sus manos delgadas las cicatrices que ella misma me hizo en el alma. A mi chica del este, piel palida y ojos que te cortan, mujer gato de uñas afiladas y lengua aún más peligrosa. Siempre he preferido las buenas historias a las buenas mujeres, y así me ha ido. A veces son fantasmas más benevolos. A veces me traen cariño y a veces me traen soledad, a veces me traen pasión y a veces me despierto con hielo en las articulaciones. Vuestros besos ya no me calientan. Tampoco los de los amores que no fueron pero podrían haber sido, ni los de los que serían solo si... ningun solo si te abraza con fuerza y te dice que no te vayas.
Pero siempre te vas. Y al igual que la lujuria viene para quemarme y luego convertirme en cenizas, que se queman sin levantar humo, vosotros también os iréis con el tiempo. Y solo estaré yo. Porque mi cama con una sola almohada me mira acusadora. ¿Y qué pretendes? Nadie que carece de voluntad de victoria puede vencer. Ferrol será la tumba de mi pasión.

En cambio tu eres otra cosa. Como cuando después del impulso animal, la ternura sustituye a la lujuria y te miro con ojos tiernos y comparto palabras que saben a caricias. Estoy en paz en tu silencio, que me abraza comodo. Sin esfuerzos.
Pero quitate. Sal de mi. Todo esto es mentira, todo esto está en mi mente. Tu no me has dado nada ni puedes darmelo. ¿Qué pretendo? ¿Placebos del alma? No gracias. Vivo rodeado de mentiras, no quiero enredarme en otra más. Por eso digo que es mejor no pensar, no sentir, no ser. Y dejar que la proxima oleada de lujuria pase por encima mía como si yo no existiera, aunque los fantasmas vuelvan a visitarme y la almohada me mire acusador. Sobreviviré. Soy demasiado cabezota y demasiado idiota como para rendirme, pero también soy demasiado orgulloso como para mendigar cariño.

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