viernes, 26 de julio de 2013

Recogiendo pedacitos


Ayer por fin escribía sobre el regreso al templo. Hoy camino por la playa, descalzo, y aparto con el pie piedrecitas que luego recojo y tiro al mar. El mar me las devuelve, lo cual no deja de ser una metafora bastante interesante de lo que es la vida.
Vuelvo a estar en la ciudad que duerme. Camino con el perro a mi lado, el perro que soy yo y es él. Nos miramos y sonreímos, sabedores de un secreto que nadie más conoce. El aburrimiento me produce hambre, el hambre me produce frustración, la frustración me produce deseo que luego me aburre. Estoy anestesiado, algo que no deja de ser curioso en si mismo porque me permite observarme desde diferentes angulos.
A eso era a lo que jugabamos. Ella se miraba en el espejo y ahí nos veía a los dos. Yo me miraba en el espejo y ahí nos veía a los dos. Pero eramos demasiado egocentricos, demasiado seguros de nosotros mismos, demasiado intolerantes. Y aquella herida, sangrante y profunda, de bordes irregulares que yo mismo me hice al fallarme, usandote, va dejando una cicatriz ahusada, con forma ridicula rodeada de espuma. Me levanto la camiseta y la observo, ahí, sobre las costillas. Una sonrisa de dolor.
El templo, aquel viejo edificio de paredes carmesies donde se te adoraba entre cadenas y mascaras, es ahora un recuerdo más. Con la distancia y el tiempo, las paredes del templo se han convertido en cartón y las ofrendas en arena que se lleva el viento. Lo que somos y lo que seremos, piedras que la marea arrastra. Me detengo junto al viejo templo y dejo mi maleta en el suelo. Pesa más. El perro pone una pata sobre la maleta y la mira, inquieto. Parece que va a levantar la pata pero le recomiendo no hacerlo. Mi maleta tiene forma de petate blanco, ese que tanto critican mis compañeros y que es tan parte de mi como el perro o mi cabello. Recojo algunos pedazos del templo, los meto en una bolsa de plastico y le hago un par de nudos. Cuando se cierra la bolsa creo atisbar un trozo de tu sonrisa, un punteo de tus ojos brillantes, ese saltito que dabas antes de hacer una travesura.
Son recuerdos. Otros más que añadir a la mochila. Llegará un día en el que, al igual que esa iglesia se convirtió en otra iglesia y esa ciudad se convirtió en otra ciudad, tu sonrisa se convierta en otra sonrisa. Y las promesas de lo que pudieron ser y no fueron, ese casi arrepentimiento por primera vez en años, termine de pudrirse y se caiga.

Miro el mar y el mar me mira, desde la ciudad que duerme. Ahí fuera está la respuesta, al igual que está aqui dentro. Porque no existe uno sin el otro, al igual que hay luz porque hay oscuridad y tiempo, espacio y vida confluyen en posibilidades infinitas. Me alegro irte enterrando, muchacha llena de dientes, aunque siempre te llevo conmigo. Buena suerte y adios, creadora de futuro.

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