jueves, 25 de julio de 2013

Volviendo al templo


He entrado de puntillas a las sombras de las velas votivas. Acobardado por la diosa, sorprendido de seguir vivo, me miro las manos. El perro fui yo y el perro soy yo.
Pero ya no soy el que fui. He crecido en las sombras del norte, he saboreado el silencio. He comido sangre. Y ahora sé cosas que ella siempre supo y olvido cosas que nunca debí saber.

La diosa no está. Tampoco los altares brillan con los dorados iconos, ni los bancos vibran con sus adoradores. Estará en otro sitio y este, sin ella, es apenas una carcasa, como la piel vacía de una serpiente que ha mudado.
Contemplo una mancha de sangre en el suelo. Un sacrificio? Un recuerdo de tiempos pasados? La victima de un asalto, violencia, pillaje?
Tanto dolor y extasis. Tanta pasión y hastío. Tanto tirar de las cadenas, solo para volver a verlas tensarse. Y para qué? Me paso la mano por la parte trasera del craneo, recien afeitado, y descubro las cicatrices en forma de arrugas que cruazn mi rostro. Algunas las puso ella allí. Algunas las besó ella. Quizás eso me convierte en una reliquia viviente?
A lo lejos aulla el lobo. Me llaman, ya he perdido demasiado tiempo en este templo esteril, vacío. Una tumba del recuerdo. Pero cuando me voy, brillando bajo una alfombra rota y cubierta de polvo alcanzo a verlo. Un mechón de su pelo. Me lo trenzaré ahora? Lo acaricio y sonrío. En la puerta el perro me espera. El perro que soy yo y es él. Le sonrió, esa sonrisa cansada del que lo ha perdido todo y ya solo le queda el orgullo, y camino sin mirar atrás, sabedor de que no existen segundas oportunidades, sino nuevas historias con cada paso que damos.


- Escrito en abril de este año, en Ferrol -

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