miércoles, 17 de julio de 2013
Tiempos extraños
Tiempos de transición. Aún miras al horizonte y enderezas la espalda, pero ya no llevas ropa que te mande nadie ni te afeitas. Tu cara pica y el sol te golpea despiadadamente. ¿Recordabas que el horizonte estuviera tan lejos? Parece mentira.
A tu alrededor hay hombros encogidos y miradas bajas. La elegancia es un recuerdo, y si bien la alegria y la belleza compensan la falta de estilo, sigues tan fuera de lugar aquí como entre los arboles. I see her through the pines.
En este momento, paseas, resuelves cosas, lees. Disfrutas del Hesse profundo, solitario, intenso, del Lobo Estepario y te reencuentras en ese personaje asocial, pero con miedo para saltar al vacio. Descubres parrafos maravillosos, como aquel en el que dice que el hombre aspira a ser amado en su totalidad. Las palabras fluyen. Encuentras que el movimiento sin objeto es a la vida lo que el ruido a la musica, un destructor de la armonia, entendiendo como armonia la capacidad para la belleza y para la consecución de objetivos. Pero a la vez que lees eso, en dos novelas distintas te reencuentras con el amigo Einstein y su concepto del tiempo no lineal. Todo tiempo contiene en si mismo todos los espacios y todo espacio contiene en si mismo todos los tiempos. Y te preguntas si, siendo la energia la constante, alguna vez podrás vislumbrarlo.
Enloqueces y te deslizas por una pendiente de pensamientos imposibles. Te preguntas si existe salida a la soledad, si tus ansias bestiales y monstruosas encontrarán satisfación más allá del onanismo mental y, que demonios, físico. Te encuentras, en el libro y en tu vida, que existe un amor elevado dedicado a las palabras, a los conceptos, a las sensaciones, y un amor banal dedicado a las pasiones absurdas y sin sentido, obscenas que arden sin llama y te preguntas si podrías experimentarlo. Si realmente podrías querer como los niños, dado que odias como ellos. ¿Alguna vez fuiste un niño?
Las preguntas se suceden unas a otras y el tiempo pasa muy despacio mientras sudas el sufrimiento y las cadenas se van soltando. Y poco a poco te relajas, duermes, comes, sonríes. ¿Puedes sonreír? No lo sabes. Pero mientras avanzas sorteando palabras y la locura se te insinua constantemente, tienes miedo de que este tiempo se prolongue demasiado y, cuando vuelvas a la orilla del gris, no recuerdes quién eres.
Que tontería. Como si pudieras olvidarlo.
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