martes, 6 de agosto de 2013

El tiempo de la siega


Hubo una epoca, no hace demasiado tiempo, en que mi vida rebosaba literatura. Un tiempo en el que mi vida estaba llena de viajes, poesia, amistades curiosas, conversaciones intensas. Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que fui joven y apasionado, inquieto, y mi vida ardia como una llama alimentada por salpicaduras de aceite, de repente con un brillo oleoso gris y sucio, de repente con un aspecto de arco iris combustible.
Pero eso me lo quitó el curso. A medida que el gris lo invadía todo, mi personalidad ganaba definición y mi vampirismo social se acusaba. Primero la necesidad dio lugar a la miseria y, como un yonqui, a medida que el hambre se hacía más aguda la dignidad comenzó a caer. Hasta que llegó un punto en el que los viajes al sur o al norte eran solo peregrinaciones del deseo y una prostitución del espiritu, y la conversación dejó de tener sentido por si misma y se convirtió en un medio para... ¿qué? Huir de la soledad por huir de la soledad, alimentarse de compañia sin mirar si esta aportaba algo. Comencé a saborear veneno, comencé a olvidarme de mi dignidad y a excederme en mi tolerancia. Comencé a deslizarme por una pendiente hacia lo que quizás antaño fui, pero lo que ahora no soy. Internet, este escenario donde se baila con mascaras, de repente se convirtió en el estercolero donde mi nueva personalidad, sobria, oscura, dura, llena de aristas, se convertía en estiercol.
Estoy rediseñandome por fases. Una vez acaba el curso vuelve mi barba y, como decía ayer Estefi, que siempre acude al rescate, parezco más yo. Porque soy más yo, una vez paso por la fase de transición y emerjo no como lo que debo ser, sino como lo que yo elijo ser. Y no es una diferencia pequeña.

Hubo un tiempo en que en mi vida había princesas emo griegas, antropologas, archienemigas, poetisas, princesas rusas, personajes intrigantes y apasionados. Ayer, según caminaba de vuelta en la noche, escuché a una piba decirle a otra que no quiere llamarlo "su mejor amigo", porque da mala suerte, aunque ella no sea supersticiosa. Asentí. Hasta hace un cuarto de hora, todo el que era alguien en mi mundo tenía un alias, y ese alias era su nombre de combate. Pero a medida que yo gano en solidez y definición, el brillo de las palabras ya no me deslumbra tanto y siento menos necesidades que satisfacer. No es una cuestión de cantidad, es una cuestión de calidad. Cuando aceptamos la diversidad, aceptamos a cada persona como es, aceptamos dejar los juicios fuera de la ecuación, estamos estableciendo un compromiso indirecto de respeto con el mundo. Estamos diciendole "eh, yo pongo de mi parte", dando por hecho que él cumplirá con la suya. Pero cuando no lo hace, está bien recordarle al mundo que uno vale mucho, y que no tiene ni un minuto que perder con gente que es incapaz de tratarnos con la debida consideración. ¿Qué cuanta es? La misma que nosotros le mostramos. Así que llega el momento de recordarse que mejor solo que mal acompañado, que nadie es imprescindible y que, al final, la gente que te aprecia y te valora de verdad es aquella que merece la pena. Aunque a veces os peleeis porque pensais diferentes, o porque sois muy distintos. Pero si se preocupan por ti y te quieren, te lo demostrarán. Y si no, es que nunca se preocuparon, ni te quisieron, ni les importas.

P.D:Y una cosa importante a aprender. Todo tiene un tiempo y un lugar y, cuando se acaba, intentar alargarlo inutilmente solo sirve para pudrirlo. Yo suelo entender bastante el concepto de tiempo presente... pero no así el concepto de espacio presente. Y tengo que trabajar en ese sentido, porque la distancia para muchas cosas es una barrera insalvable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario