domingo, 9 de julio de 2017
La paradoja de la anormalidad
Ya la propia palabra lo dice a-normalidad. Para poder definirse "anti" o "a" algo, uno necesita de ese algo. Es la paradoja del ateismo, tan bien definida en "Dioses Menores" de Terry Prattchet; para poder definirse uno mismo como ateo, tienen que existir creyentes.
Claro que, cuando uno tiene quince años, se cree que el mundo existe para contradecirlo y que, si no fuera por el esfuerzo consciente y coherente, esa cruzada para hacernos distintos, todo el mundo sería un uniforme hasta el infinito. Luego con la edad nos damos cuenta de que eso no es así y de que, dentro de esa uniformidad tan absoluta que vemos de pibes, existe una cantidad increíble de matices y de diferencias.
Aunque no todo el mundo supera esa etapa. O la supera sin alguna tara. Recuerdo ese video, en el Imperial War Museum, de una superviviente del Holocausto a la que preguntaban si el ser humano había aprendido. Y la mujer, con ese enfado profundo, de fuego lento, que te deja marcas en los costados del alma, decía que claro que no. Que si lo hubiera hecho, después de lo que ellos pasaron, no volvería a haber guerras por raza, religión, cultura. El ser humano no ha superado la tribu, la aldea, desde la que señala la aldea de enfrente como "el enemigo". Por eso, desde muy lejos, el esfuerzo por subrayarse como diferente no hace más que acentuar lo iguales que sois. Que somos. En nuestra busqueda de identidad, terminamos haciendo realidad aquella frase que leí hace mucho tiempo y que me encantó.
"Eres único y especial, como todos los demás. "
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