martes, 5 de septiembre de 2017
Tenemos la historia escrita en la cara
Hoy me ha pasado algo curioso. Estaba esperando el autobus con una amiga cuando ha pasado alguien que, en teoría, debía ser muy importante en mi vida. Alguien que yo pensaba que no reconocería, porqué hace muchísimos años desde la última vez que nos vimos. Pero no era tan difícil, algunas caras son bastante obvias.
Y según se alejaba, después de que lo mirara de reojo, llegué a la conclusión de que nuestra biografia está escrita en nuestra cara. Y que me alegro de mirarme en el espejo y no encontrar nada ni remotamente parecido a esa persona. No encuentro en mí la cobardía, el egoismo, la miseria... en general, el desprecio que produce ese rostro. No en mí particularmente, porque puedo estar condicionado, sino objetivamente. Es una cara por la que es muy difícil sentir aprecio o respeto. También tiene que ver la edad, claro. A medida que los años avanzan, cada vez se marcan más determinados rasgos y se acentúan otros.
Y luego pensé en otras caras que han crecido a mi lado y comparé. Que van envejeciendo o que ya conocí viejas. Manos duras, asperas de callos, que me llevaban a pasear y me enseñaban el muelle, mientras amagaban pasos de boxeo con una rodilla que ya no estaba para esos trotes, si es que alguna vez lo estuvo. Rostros amplios, redondos, de persona confiada y buena. Cejas altas de sorprenderse, hoyuelos de sonreír. Narices pequeñas de ratón, ojeras de preocuparse por los demás. Y me encuentro con que la nobleza, esa que te hace sentir una natural deferencia y afinidad por los demás, es algo que se trabaja pero que se imprime en la cara.
Y vuelvo a casa. A entrenar y a cuidarme y a sentirme bien. Y veo mucho más en mi de esas caras esforzadas, de gente seria, trabajadora, valiente, que me cuidó y me hizo quién soy. Y doy las gracias a Dios porqué, si bien algunas cosas la Naturaleza insiste en transmitir geneticamente, otras no. Y que mucho de lo que somos lo hacemos día a día, pero al cabo del tiempo eso se queda y permanece.
Y que padre no es quién engendra, sino quién educa, quién cuida, quién apoya, quién cria. Así que gracias, a mi padre y a mi hijo que están al otro lado, y a los que echo tanto de menos. A mi madre que me hizo quién soy y a quién, comparando hoy, veo por lo que vale. El tiempo nos pone a todos en nuestro sitio. Aunque sea en la cara
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