martes, 13 de octubre de 2026

La paz derivada de la aceptación

Desde que estuve en Cádiz con Carlos, he conseguido alcanzar un estado mental de aceptación que me viene muy bien para enfrentar muchos de los problemas de mi vida. De una vida que no me gusta, pero en la que tengo que trabajar porque es donde mis decisiones vitales me han metido.
Y desde esa postura, de aprender lo que he hecho mal y corregirlo para no volver a hacerlo, estoy enfrentando situaciones actuales que, hace apenas unos meses, me habrían generado un agobio insoportable.
Ayer tuve una bronca muy mala. Una bronca generada del cansancio acumulado y de las expectativas. Como decía Jimmy Carr, las expectativas son agravios futuros. Hablad. Decid que queréis, como lo queréis, expresad vuestros deseos. Comunicaros. Así que ayer, después de hacer un esfuerzo de introspección grande sobre qué quiero y qué no quiero, llegué a casa y me planté con mi costilla, a aclarar cosas. En primer lugar, a intentar ayudarla a ella, porque su visión del mundo y de la gente es lesiva principaplmente para ella misma. Pero en segundo lugar y sobre todo, para defenderme a mí mismo.
Todos, cuando nacemos, venimos con una carga de expectativas. Nuestros padres quieren algo de nosotros, nuestros profesores, nuestros amigos. El mundo, a nuestro alrededor, va a intentar confeccionarnos en una determinada forma y medida. Y depende de nosotros elegir si queremos encajar en ella o no.
Yo, hace muchísimos años, decidí que iba a ser yo quién eligiera como quiero vivir. Hay cosas que comparto plenamente y participo con todo, y cosas que no comparto en absoluto y con las que me niego a participar. Y es una decisión consciente, de la que estoy dispuesto a pagar las consecuencias. Si no, no lo haría.
El problema viene cuando la persona que tienes al lado, constantemente, está moviendo la porteria. Cuando acordáis unas condiciones y, por lo que sea, decide aumentar la apuesta. Una vez. Otra vez. Otra vez. Suele pasar con padres ambiciosos, que nunca están satisfechos con lo que consigues. Y pocas cosas son más terribles que escuchar, para alguien como yo, " lo normal ". Porque lo normal es una convención, es algo que elegimos aceptar. Yo puedo reconocer lo normal, pero no tengo porqué comulgar con ello.
Y ahí empiezan los problemas. Cuando lo que se espera de mí no es realizable, pero la otra parte no lo quiere ver. Cuando, como le pasaba a mi colega Carlos, das el 200% de ti para satisfacer lo que crees que deberías, pero para los demás eso se convierte en un miércoles. Y claro, te desgastas, de forma constante, haciendo esfuerzos que nadie valora, porque ellos no lo perciben como esfuerzos. Y entra el desequilibrio, entre lo que te está costando lo que das, y lo que está recibiendo la otra persona. Ineficiencias. Calor que se disipa en el aire.
Por poner un ejemplo, mi costilla hace un esfuerzo tremendo para preparar la cena cuando yo llego a casa. Y a mí me da igual. Llego tan cansado que podría cenar un trozo de pan e irme a dormir, no me importa. Pero a ella le desgasta mucho, porque para ella eso es importante. Desajustes. Son corregibles, si existe voluntad, dialogo y capacidad de adaptación. Si no, es una fricción constante.
Pero he hecho las paces con eso. Si de algo me sirvió leer a Marco Aurelio es para entender que, muchas veces, el sufrimiento es una elección. El dolor es inevitable, el cuerpo te manda la señal. Pero podemos poner el foco en ello o poner el foco en otra cosa, y dejar que pase a través de nosotros.
Yo estoy tranquilo. Soy una buena persona. Hago las cosas hasta el límite de mis capacidades. Y si no es suficiente para alguien, entonces quizás esa persona no debería estar en mi vida, ni yo en la suya. Es una cuestión de ajustes. Y sí se quiere, se puede. Como decía Autumn Christian en X, "No divorciarse es una opción". Pero es una opción que debe ser tomada, conscientemente.

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