Hace poco he "redescubierto" a Sabina. Es musica de mi madre y siempre me ha resultado bastante molesto su aire de poeta antisistema, rebelde sin causa bohemio, borracho y drogadicto. Más que nada porque yo, lo poquito que he creado en mi vida, ha sido a base de disciplina y esfuerzo, mezclado con un porcentaje adecuado de creatividad. Lo cual no quita que, creado por él, canibalizado o surgido de una conjunción planetaria, tenga canciones grandiosas y letras dignas de ser escuchadas.
Princesa es una de ellas. Y esta mañana me he despertado escuchandola, deslizandome entre esos versos donde se destila soledad y tragedia, hasta llegar a un punto en que uno termina aceptandose a si mismo, cerrando una puerta y mirando hacia atrás, no con orgullo, sino con la libertad que da sentirse desvinculados de obligaciones anteriores.
Alguna vez se ha hablado de Sabina como el antiheroe. Es un concepto interesante, ¿como puede ser uno un antiheroe? ¿Triunfando de forma poco heroica? Pero eso es un triunfo al fin y al cabo. La aceptación de las pequeñas victorias diarias -y de las ocasionales derrotas-, de los encontronazos con la suerte, de el esfuerzo que supone apretar los dientes y pelear cuando nadie te mira... Eso es la vida. No tiene nada heroico, pero tampoco tiene nada "anti". Es lo que hay que hacer, y punto.
La vida pasa. Hoy me he dado cuenta de que, en un entorno tan agresivo como el mío, incluso la amistad termina convirtiendose en un lujo. Puedo entenderlo. El pensamiento tactico nos impulsa a mantener una pose contra viento y marea. En mi caso, el bozal presiona y cada vez tengo más ganas de quitarmelo y gritar un par de cosas. Escucho heavy para expulsar la bilis. Ya falta menos para el fin de semana. Sigo teniendo que aprender fuera lo que deberían enseñarme dentro, bien por incompetencia de los profesores, bien porque directamente yo me niego a jugar con niños. El tiempo pasa y la rabia crece, lo cual es mal negocio.
Por eso me apetece escuchar a Sabina. O a Gala Évora cantando "que yo me voy pa Cai". Me apetece oler a sal, sentir el viento en la cara, tener raices postizas que me quitaré en cuanto apriete un poco el nervio de la mochila. Me apetece tener ilusiones y desengaños. ¿Y lo demás? Lo demás ya irá viniendo. El otro día decía Ojeda que ojalá pudiera vivir en una burbuja. Yo ya estoy camino de hacerlo, cayendo días del calendario como hojas otoñales, mientras el Invierno ya está aquí. Y aunque mi hermanita alemana pudo ser una gran amiga, como tantas otras, ahora es demasiado tarde princesa.
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